Hombres de armas [Men at Arms - es]
- Автор: Пратчетт Теренс Дэвид Джон
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Plaza y Jan
- ISBN: 978-84-01-32993-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
—¿Para qué iba a hacer eso?
—¿Y toda esa… historia… duele?
—Es un poco como un estornudo de cuerpo entero. Lo lógico sería pensar que Zanahoria tendría un peine, ¿verdad? Quiero decir que, vamos a ver, ¿un peine? Todo el mundo tiene un peine…
—¿Un estornudo… realmente… grande?
—Hasta un cepillo para la ropa sería algo.
Los dos se quedaron totalmente inmóviles cuando la puerta se abrió con un crujido.
Zanahoria entró en la habitación. No los vio en la penumbra, sino que fue hacia la mesa. Hubo un destello y un olor a azufre cuando encendió primero una cerilla y luego una vela.
Se quitó el casco, y luego se encorvó como si finalmente hubiera permitido que un peso cayera encima de sus hombros. Le oyeron decir:
—¡No puede ser!
—¿Qué no puede ser? —preguntó Angua.
Zanahoria se volvió en redondo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Te robaron el uniforme mientras estabas espiando en el Gremio de Asesinos —le sopló Gaspode.
—Me robaron el uniforme —dijo Angua—, mientras estaba en el Gremio de Asesinos. Espiando. —Zanahoria todavía la miraba fijamente—. Había un viejo que no paraba de mascullar —siguió diciendo Angua con desesperación.
—¿Quelejodan? ¿Mano de milenio y gamba?
—Sí, eso es…
—Viejo Apestoso Ron. —Zanahoria suspiró—. Probablemente vendió tu uniforme para pagarse una copa. Pero sé dónde vive. Recuérdame que vaya a tener unas palabras con él cuando tenga un momento libre.
—No quieres preguntarle qué llevaba puesto encima cuando estaba en el Gremio de Asesinos —dijo Gaspode, que se había metido debajo de la cama.
—¡Calla! —dijo Angua.
—¿Qué? —dijo Zanahoria.
—Me enteré de lo de la habitación —se apresuró a decir Angua—. Alguien llamado…
—¿Edward de M’uerthe? —la interrumpió Zanahoria, sentándose en la cama. Los viejos muelles del colchón hicieron groing-groing-glink.
—¿Cómo supiste eso?
—Creo que De M’uerthe robó el debólver. Creo que mató a Beano. Pero… ¿Asesinos matando sin cobrar por ello? Es peor que los enanos y las herramientas. Es peor que los payasos y las caras. He oído decir que Cruces está muy enfadado. Tiene a asesinos buscando al muchacho por toda la ciudad.
—Oh. Bueno. No me gustaría estar en los zapatos de Edward cuando den con él.
—A mí no me gustaría estar en sus zapatos ahora. Y el caso es que sé dónde están esos zapatos. Están en sus pobres pies. Y ellos están muertos.
—¿Quieres decir que los asesinos han dado con él?
—No. Alguien más dio con él. Y luego Cuddy y Detritus dieron con él. Si entiendo un poco de esas cosas, lleva varios días muerto. ¿Lo ves? ¡Eso no puede ser! Pero le quité el maquillaje a Beano y saqué la nariz roja, y no cabe duda de que era él. Y la peluca tiene la clase de pelo rojo correcta. Tuvo que ir directamente a Martillogrande.
—Pero… alguien le disparó a Detritus. Y mató a la joven mendiga.
—Sí.
Angua se sentó junto a él.
—Y no pudo haber sido Edward…
—¡Ja! —dijo Zanahoria, desatándose la coraza y quitándose la camisa de cota de malla.
—Así que estamos buscando a alguien más. Un tercer hombre.
—¡Pero no hay pistas! ¡Solo hay un hombre con un debólver! ¡En algún lugar de la ciudad! ¡En cualquier sitio! ¡Y estoy cansado!
Los muelles del colchón volvieron a hacer glink cuando Zanahoria se levantó y fue con paso vacilante hacia la mesa y la silla. Se sentó, cogió una hoja de papel, inspeccionó un lápiz, le sacó punta con la espada y, tras unos instantes de reflexión, empezó a escribir.
Angua le contempló en silencio. Zanahoria llevaba un chaleco de cuero de manga corta debajo de la cota de malla. Tenía una marca de nacimiento en la parte de arriba del brazo izquierdo. Con forma de corona.
—¿Lo estás poniendo todo por escrito, como hacía el capitán Vimes? —le preguntó pasado un rato.
—No.
—¿Qué haces, entonces?
—Estoy escribiendo a mi mamá y a mi papá.
—¿De veras?
—Siempre escribo a mi mamá y a mi papá. Se lo prometí. Y de todas maneras, me ayuda a pensar. Siempre escribo cartas a casa cuando estoy pensando. Mi papá también me envía montones de buenos consejos.
Delante de Zanahoria había una caja de madera. Dentro de ella había apilado un montoncito de cartas. El padre de Zanahoria tenía la costumbre de contestarle escribiendo en el dorso de las mismas cartas de Zanahoria, porque el papel costaba mucho de encontrar en el fondo de una mina de enanos.
—¿Qué clase de buenos consejos?
—Sobre la minería, normalmente. Cómo mover rocas. Ya sabes. Apuntalar y reforzar. Dentro de una mina no puedes equivocarte. Tienes que hacer las cosas bien.
El lápiz de Zanahoria empezó a chirriar sobre el papel.
La puerta seguía entreabierta, pero de pronto hubo una vacilante llamada en ella que decía, en una especie de código morse metafórico, que el que llamaba podía ver con claridad que Zanahoria estaba en su habitación con una mujer escasamente vestida y por eso estaba intentando llamar sin que se le llegara a oír. El sargento Colon tosió. La tos contenía una risita burlona.
—¿Sí, sargento? —dijo Zanahoria sin volverse a mirar.
—¿Qué quiere que haga a continuación, señor?
—Mándelos por ahí en pelotones, sargento. Que haya al menos un humano, un enano y un troll en cada uno.
—Siseñor. ¿Qué quiere que hagan, señor?
—Ser visibles, sargento.
—Claro, señor. ¿Señor? Uno de los voluntarios que se acaban de presentar… es el señor Bleakley, señor. El de la calle Olmo, ya sabe. Es un vampiro, bueno, técnicamente hablando, pero trabaja en el matadero, así que en realidad no…
—Agradézcaselo efusivamente y mándelo a casa, sargento.
Colon miró a Angua.
—Siseñor. Claro —dijo de mala gana—. Pero el señor Bleakley no representa ningún problema, es solo que necesita tener todos esos homoglobins extra en su…
—¡No!
—Claro. Muy bien. Entonces, ejem, le diré que se vaya.
Colon cerró la puerta. La bisagra chirrió burlonamente.
—Te llaman señor —dijo Angua—. ¿Te has dado cuenta de eso?
—Lo sé. No está bien. El capitán Vimes dice que la gente debería pensar por sí misma. El problema es que las personas solo piensan por sí mismas si les dices que lo hagan. ¿Cómo deletreas «eventualidad»?
—Nunca lo hago.
—Vale —Zanahoria seguía sin levantar la mirada del papel— Creo que conseguiremos mantener entera la ciudad durante lo que queda de noche. Todos han visto que lo que estaban haciendo era una insensatez.
Eso no es lo que han visto, dijo Angua dentro de la intimidad de su propia cabeza. Te han visto a ti. Es como hipnotismo.
La gente vive tu visión, pensó Angua. Tú sueñas, igual que Gran Fido, con la única diferencia de que él soñaba una pesadilla y tú sueñas para todos. Realmente piensas que todo el mundo es básicamente bueno. Y mientras están cerca de ti, todos los demás también lo creen por un instante.
Un sonido de nudillos en marcha llegó hasta ellos desde algún lugar de las calles. La tropa de Detritus estaba haciendo otro circuito.
Oh, bueno. Tiene que saberlo más pronto o más tarde…
—¿Zanahoria?
—¿Mmm…?
—Sabes… cuando Cuddy y el troll y yo nos alistamos en la Guardia… Bueno, tú ya sabes por qué éramos tres, ¿verdad?
—Claro. Representación de los grupos minoritarios. Un troll, un enano, una mujer.
—Ah.
Angua titubeó. Fuera aún había luz de luna. Podía decírselo, bajar corriendo por la escalera, Cambiar y estar lejos de la ciudad cuando amaneciera. Tendría que hacerlo. Ya era toda una experta en lo de huir de ciudades.