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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Roy, Ishbel y sus amigas estaban muy unidas, ¿verdad? -preguntó ella.

– Sí.

– ¿Por qué se iría sin decirles una palabra a ninguna de las dos?

El joven se encogió de hombros.

– ¿Se lo ha preguntado a ellas?

– Te lo pregunto a ti.

– No sé la respuesta.

– Bien, a ver, entonces, esto: ¿por qué rompisteis?

– Me imagino que nos fuimos distanciando.

– Pero tuvo que haber un motivo -añadió Les Young dando un paso hacia Brinkley-. Vamos a ver, ¿te dejó ella o fue al revés?

– Fue más bien de mutuo acuerdo.

– ¿Y por eso seguisteis siendo amigos? -aventuró Siobhan-. ¿Qué es lo primero que pensaste al enterarte de que se había marchado?

El joven se rebulló en la silla, haciéndola crujir.

– Sus padres vinieron a casa a preguntarme si la había visto. Pero la verdad…

– ¿Qué?

– Yo pensé que era culpa suya. Porque nunca superaron lo del suicidio de Tracy; siempre estaban hablando de ella y de cosas del pasado.

– Mientras que Ishbel… ¿quieres decir que lo había superado?

– Yo creo que sí.

– ¿Y por qué se teñía el pelo y se peinaba como Tracy?

– Escuchen, yo no digo que sean mala gente… -alegó apretando las manos.

– ¿Quién? ¿John y Alice?

Él asintió con la cabeza.

– Lo que sucedió es que Ishbel comenzó a pensar… que querían que volviera Tracy. Quiero decir que preferían a Tracy más que a ella.

– ¿Y por eso empezó a imitar a Tracy?

El joven volvió a asentir con la cabeza.

– Es que es difícil de sobrellevar, ¿no? A lo mejor se marchó por eso… -añadió bajando la vista desconsolado.

Siobhan miró a Les Young, quien frunció los labios reflexionando. El silencio duró casi un minuto hasta que lo rompió Siobhan.

– ¿Sabes dónde está Ishbel, Roy?

– No.

– ¿Mataste a Donny Cruikshank?

– Una parte de mí lo habría deseado.

– ¿Quién crees que lo mató? ¿Has pensado en el padre de Ishbel?

Brinkley alzó la cabeza.

– Pensado… sí; de pasada.

Siobhan asintió con la cabeza.

Les Young hizo una pregunta:

– Roy, ¿viste a Cruikshank después de salir de la cárcel?

– Lo vi.

– ¿Hablasteis?

El joven negó con la cabeza.

– Lo vi un par de veces con otro tipo.

– ¿Quién?

– Sería un amigo suyo.

– ¿Tú no le conocías?

– No.

– Entonces, no sería del pueblo.

– A lo mejor sí… Yo no conozco a todo el mundo en Banehall. Como usted ha dicho, siempre estoy enfrascado en un libro.

– ¿Podrías describirlo?

– Una vez visto no se olvida -respondió Brinkley esbozando una especie de sonrisa.

– ¿Por qué?

– Es que tenía un tatuaje que le cubría todo el cuello. Una tela de araña -dijo el joven señalando con la mano su garganta.

* * *

Para que no pudiera oírles Roy Brinkley se sentó en el coche de Siobhan.

– Un tatuaje en forma de tela de araña -comentó ella.

– No es la primera vez que surge ese detalle -dijo Les Young-. Lo mencionó uno de los clientes de The Bane, y el camarero confesó que en una ocasión había servido a ese individuo y que tenía mala catadura.

– ¿Sabemos el nombre?

Young negó con la cabeza.

– Aún no, pero lo averiguaremos.

– ¿Sería alguien a quien conoció en la cárcel?

Young, en vez de contestar, le preguntó:

– ¿Qué era lo del Albatros?

– No me diga que también lo conoce.

– Cuando yo era adolescente y vivía en Livingston, si no iba uno a Lothian Road para eso, se probaba suerte en el Albatros.

– ¿Ya tenía fama entonces?

– De mal sonido, de cerveza aguada y de pista de baile pegajosa.

– ¿Y la gente seguía yendo?

– Durante cierto tiempo fue lo único que había, y algunas noches acudían más mujeres que hombres, mujeres de cierta edad.

– O sea, ¿que era un burdel?

Él se encogió de hombros.

– No llegué a comprobarlo.

– Estaría demasiado ocupado jugando al bridge -dijo ella en broma.

Young no se dio por aludido.

– Lo que me extrañó es que usted supiera de su existencia -dijo.

– ¿Ha leído en los periódicos el caso de los esqueletos?

– No hace falta -dijo él sonriendo-. Se ha comentado bastante en la comisaría. No es frecuente que el doctor Curt meta la pata.

– No metió la pata -replicó ella haciendo una pausa-. De todos modos, yo también me equivoqué.

– ¿Cómo?

– Tapé el esqueleto infantil con mi chaqueta.

– ¿El de plástico?

– Estaba cubierto de tierra y cemento.

Él alzó una mano para dar por zanjado el tema.

– De todos modos, no acabo de ver la relación.

– No hay mucha -admitió ella-. Es que el gerente del pub fue dueño del Albatros.

– ¿Es una coincidencia?

– Supongo.

– ¿Pero va a hablar con él para ver si conocía a Ishbel?

– Probablemente.

Young suspiró.

– Así que nos queda el del tatuaje y poco más.

– Es más de lo que teníamos hace una hora.

– Pues sí -añadió él mirando al aparcamiento-. ¿No hay un café decente en Banehall?

– Podríamos ir por la M8 a Harthill.

– ¿Por qué? ¿Qué hay en Harthill?

– La cafetería de la autopista.

– He dicho un café decente, Siobhan.

– Es sólo una sugerencia -dijo Siobhan mirando también por el parabrisas.

– De acuerdo, usted conduce y yo invito -accedió Young finalmente.

– Vale -contestó ella dándole al contacto.

Capítulo 23

Rebus volvió a George Square. Ante el despacho de la doctora Maybury oyó voces dentro, pero llamó a la puerta.

– ¡Entre!

La abrió, asomó la cabeza y vio que rodeaban la mesa ocho alumnos con cara de sueño.

– ¿Podemos hablar un minuto? -preguntó sonriente a Maybury.

Ella dejó resbalar de la nariz sus gafas, que quedaron colgando de un cordón sobre su pecho, se levantó sin decir nada y, estrujándose entre las sillas y la pared, cerró la puerta y lanzó un hondo suspiro.

– Lamento tener que volver a molestarla -dijo Rebus.

– No, no es eso -replicó ella pellizcándose el puente de la nariz.

– ¿Son alumnos tontos?

– No sé por qué damos clases los lunes a primera hora -dijo ella estirando el cuello a derecha e izquierda-. Bueno, no es problema suyo. ¿Localizó a esa mujer senegalesa?

– Bueno, es la razón de mi visita…

– Dígame.

– Nuestra última hipótesis es que tal vez ella conozca a estudiantes de su país. -Rebus hizo una pausa-. En realidad, puede que incluso sea estudiante.

– Ya.

– Bueno, lo que no sé… es cómo averiguarlo con certeza. Ya sé que no es de su incumbencia, pero podría orientarme.

Maybury reflexionó un instante.

– Lo mejor será que vaya al departamento de matrículas.

– ¿Dónde?

– En la Universidad Vieja.

– ¿Enfrente de la librería Thin?

Ella sonrió.

– Inspector, ya veo que hace tiempo que no compra libros. Esa librería cerró; ahora es de Blackwell -dijo ella sonriendo.

– Pero la Universidad Vieja sigue allí, ¿no?

– Perdone por la impertinencia -repuso ella asintiendo con la cabeza.

– ¿Cree usted que me atenderán?

– Allí sólo van estudiantes a matricularse y usted les resultará algo exótico. Cruce Bristol Square, tome el pasadizo subterráneo y entre por West College Street.

– Sí, gracias, creo que sé el camino.

– Figúrese -dijo ella como volviendo a la realidad-, yo aquí de cháchara para retrasar lo inevitable porque aún me quedan cuarenta minutos… -añadió mirando el reloj.

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