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Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:

En la vida de Elizabeth Egan todo tiene su sitio, desde las tazas para caf? expr?s en su reluciente cocina hasta los muestrario y los botes de pintura de su negocio de dise?o de interior. El orden y la precisi?n le dan una sensaci?n de control sobre la vida y mantienen el coraz?n de Elizabeth apartado del dolor que sufri? en el pasado. ejercer de madre de su sobrino de seis a?os al tiempo que saca adelante su empresa es un empleo a jornada completa, que deja poco margen al error y la diversi?n. Hasta que un d?a alguien muy singular aparece inesperadamente en sus vidas. El misterioso Ivan es despreocupado, espont?neo y amante de la aventura, todo lo contrario que Elizabeth. Reconoce a su verdadero amor antes de que ella le vea siquiera, y le ense?a que la vida s?lo merece la pena ser vivida cuando se nos presenta con todo su color y una pizca de desorden. Pero ?qui?n es Ivan en realidad? P?cara y por momento profundamente conmovedora, esta novela nos permite recuperar toda la ternura y la emotividad caracter?sticas de la autora de Posdаta: Te amo, novela que ser? llevada al cine con Hillary Swank como protagonista.
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– ¡Búa, búa, búa…! -se mofó su madre haciéndose oír por encima de los demás-. Vayamos todos a salvar a mamá, ¿no es eso? -dijo con voz pastosa. Clavó los ojos en Elizabeth. Los tenía inyectados en sangre y oscuros, sin el menor parecido con los ojos que Elizabeth recordaba tan bien; pertenecían a otra persona.

– Mierda -maldijo Kathleen levantándose de un salto en el otro extremo del bar para correr junto a Elizabeth-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– He ve-ve-venido -tartamudeó Elizabeth en el local ahora silencioso mirando apabullada a su madre-, he venido a buscar a mamá para irme a vivir con ella.

– Bueno, pues no está aquí-chilló su madre-. ¡Lárgate! -La señaló con un dedo acusador-. No se permite la entrada de ratas mojadas en este pub -agregó con una risa socarrona, y quiso apurar su copa de un trago, pero no acertó a llevársela a la boca y casi toda la bebida le cayó sobre el pecho y el cuello reemplazando el aroma de su delicado perfume por el del whisky.

– Pero, mamá… -gimoteó Elizabeth.

– Pero, mamá -la imitó Gránnie y unos cuantos hombres rieron-. No soy tu mamá -prosiguió con aspereza apoyándose en las teclas del piano, que emitieron un sonido desagradable-. Las pequeñas Elis mojadas no merecen tener mamá. Deberían envenenaros a todas -espetó.

– ¡Kathleen! -gritó el señor Flanagan-, ¿a qué esperas? Sácala de aquí. No debería estar viendo esto.

– No puedo -contestó Kathleen como clavada en su sitio-. Tengo que vigilar a Gránnie, tengo que llevármela conmigo.

El señor Flanagan abrió la boca, escandalizado.

– ¿No ves cómo está la niña?

La piel olivácea de Elizabeth había palidecido. Tenía los labios morados de frío y le castañeteaban los dientes. La humedad le pegaba al cuerpo el vestido floreado y las piernas le temblaban dentro de las botas de goma.

Kathleen miró alternativamente a Elizabeth y a Gránnie, atrapada entre ambas.

– No puedo, Tom -dijo entre dientes.

Tom la miró enojado.

– Tendré la decencia de acompañarla a casa yo mismo.

Agarró un llavero de debajo de la barra y echó a andar para reunirse con Elizabeth.

– ¡No! -gritó Elizabeth. Después de echar un vistazo a su madre que, aburrida ya de la escena, se había entregado a los brazos de un desconocido, la niña se volvió hacia la puerta y salió corriendo otra vez a la noche fría.

Elizabeth se quedó junto a la puerta del bar; tenía el pelo chorreando, las gotas de lluvia se le deslizaban por la frente hasta la punta de la nariz, los dientes le castañeteaban y sentía los dedos entumecidos. Los ruidos del local no eran los mismos. Dentro no se oía música, nada de vítores ni ovaciones, ninguna canción, sólo el tintineo de algún vaso y el murmullo de las conversaciones. Únicamente había cinco clientes en aquella tranquila noche de martes.

Un avejentado Tom seguía sin quitarle los ojos de encima.

– Mi madre… -dijo Elizabeth levantando la voz desde la puerta. La voz infantil que le salió la pilló desprevenida- era una alcohólica.

Tom asintió con la cabeza.

– ¿Venía aquí a menudo?

Tom asintió de nuevo.

– Pero había semanas -ella tragó saliva-, semanas seguidas en las que no se movía de casa.

La voz de Tom fue amable.

– Era lo que suele llamarse una bebedora juerguista.

– Y mi padre… -Elizabeth hizo una pausa pensando en su pobre padre, que aguardaba noche tras noche en casa-, mi padre lo sabía.

– La paciencia de un santo -dijo Tom.

Elizabeth paseó la vista por el pequeño bar, el mismo viejo piano que seguía en su rincón. Lo único que había cambiado en el establecimiento era la edad de todo lo que contenía.

– Aquella noche… -dijo Elizabeth y se le arrasaron los ojos de lágrimas-, quiero darle las gracias.

Tom se limitó a asentir con pesadumbre.

– ¿Ha vuelto a verla desde entonces? -preguntó ella

Tom negó con la cabeza.

– ¿Y cree… cree que la verá? -preguntó Elizabeth con la voz un poco rota.

– No en esta vida, Elizabeth -respondió Tom confirmándole lo que siempre había sabido en lo más hondo de su ser.

– Papá… -susurró Elizabeth para sí y se fue del bar para regresar a la noche fría.

La pequeña Elizabeth se alejó corriendo del pub; notaba cada gota de lluvia que azotaba su cuerpo, el dolor en el pecho cada vez que inhalaba aire frío, y el agua que le salpicaba las piernas al pisar los charcos. Corría hacia casa.

Elizabeth subió al coche dando un pequeño salto y salió a toda velocidad del pueblo hacia el camino recto que conducía a la morada de su padre. Unos faros que venían de frente la obligaron a dar marcha atrás y aguardar a que el coche pasara antes de continuar su viaje.

Su padre lo había sabido todo este tiempo y nunca le había dicho nada. No había querido destrozar sus ilusiones acerca de su madre, a quien ella había tenido siempre en un pedestal. La había considerado un espíritu libre y a su padre le había tenido por una fuerza opresiva, como un cazador de mariposas. Tenía que verle cuanto antes para disculparse, para poner las cosas en su sitio.

Enfiló de nuevo el camino y se topó con un tractor que avanzaba hacia ella resoplando, cosa inaudita a tan altas horas. Retrocedió una vez más hasta la entrada del camino. Pero su creciente impaciencia la empujó a abandonar el coche y a ponerse a correr. Corrió tanto como pudo por el camino que la llevaba a casa.

– Papá -sollozaba la pequeña Elizabeth mientras corría por el camino de su casa. Lo llamaba con voz cada vez más fuerte y por primera vez aquella noche el viento la ayudó trasladando sus palabras hasta la vivienda.

Se encendió una luz, luego otra y vio que se abría la puerta principal.

– ¡Papá! -gritó todavía más fuerte y corrió aún más deprisa.

Brendan estaba sentado ante la ventana del dormitorio tomando a sorbos una taza de té con la vista perdida en la noche oscura, esperando con toda su alma que la visión que estaba aguardando se dignara aparecer. Las había ahuyentado a todas, había hecho exactamente lo contrario de lo que deseaba y él era el único culpable. Lo único que podía hacer era esperar. Esperar a que una de sus tres mujeres apareciera. Aunque una de ellas, lo sabía a ciencia cierta, nunca podría ni querría regresar.

Un movimiento a lo lejos atrajo su atención y se enderezó en el asiento como un perro guardián. Una mujer corría hacia él, su melena negra flotaba tras ella, su imagen se desdibujaba por culpa de la lluvia que arremetía contra la ventana y chorreaba por el cristal.

Era ella.

La taza y el platillo se le cayeron al suelo y se levantó derribando la silla hacia atrás.

– Gránnie -susurró.

Agarró el bastón y se dirigió, tan deprisa como le permitieron las piernas, a la puerta principal. La abrió y forzó la vista en la noche tormentosa para ver a su esposa.

Oyó los lejanos jadeos de la mujer que corría.

– Papá -le oyó decir.

No, imposible que estuviera diciendo eso, su Gránnie no diría eso.

– Papá -oyó sollozar otra vez.

Esos sonidos le hicieron retroceder más de veinte años en el tiempo. Era su niña, su niña que corría otra vez hacia casa bajo la lluvia porque le necesitaba.

– ¡Papá! -volvió a gritar Elizabeth.

– Estoy aquí -respondió Brendan, en voz baja al principio y luego a voz en cuello-. ¡Estoy aquí!

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