Contacto
- Автор: Саган Карл Эдуард
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Год: Plaza & Jan
- Переводчик: Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Contacto». Краткое содержание книги:
— ¿Ustedes dos pueden tomar semejante decisión sin consultarlo?
— Esto estaría dentro de nuestras responsabilidades expresas. Calculamos que en seis meses podríamos llegar a la etapa que había alcanzado la Máquina de Wyoming. Desde luego, deberíamos tener mucho más cuidado para prevenir los actos de sabotaje. Pero si los componentes no tienen fallos, no habrá problemas con la Máquina. Además, piense que Hokkaido es un sitio de muy difícil acceso. Después, cuando todo haya sido verificado, le preguntaremos al Consorcio Mundial si no quieren intentar ellos ponerlo en funcionamiento. Si la tripulación está dispuesta, el Consorcio no va a negarse. ¿Qué opina usted, Yamagishi-san?
El anciano no oyó la pregunta. Entonaba en voz baja «Caída Libre», una canción muy en boga, llena de gráficos detalles acerca de la idea de sucumbir a la tentación en la órbita de la Tierra. Él no sabía toda la letra, explicó cuando le repitieron la pregunta.
Impertérrito, Hadden prosiguió.
— En ese entonces, a algunos de los componentes se los habrá hecho girar, o lo que fuere, pero de todas formas habrán pasado las pruebas de rigor. No creo que esto baste para desalentarla… me refiero a usted personalmente.
— ¿Y por qué supone que voy a ser uno de los tripulantes? Nadie me lo pidió, y además, ahora se agregan muchos otros factores.
— Creo que hay enormes posibilidades de que el Comité de Selección se incline por usted, y la Presidenta avalará la decisión con entusiasmo. Vamos — dijo, sonriendo —, no va a decirme que quiere pasar el resto de su existencia en la aldea.
Había nubes sobre Escandinavia y el Mar del Norte, y el Canal de la Mancha se veía cubierto por un velo transparente de niebla.
— Sí, usted va. — Yamagishi estaba de pie, con las manos caídas a los costados. Le hizo una profunda reverencia —. En nombre de los veintidós millones de empleados de la empresa que dirijo, fue un placer conocerla.
Dormitó entrecortadamente en la cabina que le asignaron. El minúsculo dormitorio estaba atado a dos paredes para que, al girar en gravedad cero, Ellie no se desplazara y fuese a chocar contra algo. Se despertó cuando todos al parecer dormían aún, y caminó sosteniéndose de unas asas hasta llegar al enorme ventanal. La Tierra se veía a oscuras, salvo unos toques de luz aquí y allá, valeroso esfuerzo de los humanos para compensar la opacidad del planeta cuando su hemisferio quedaba de espaldas al sol. Veinte minutos más tarde resolvió que, si se lo pedían, diría que sí.
Hadden se le acercó por detrás.
— La vista es estupenda, lo reconozco. Pese a que hace años que estoy aquí, todavía me impresiona. Pero, ¿no le molesta pensar que está rodeada por una nave espacial?
Una experiencia que nadie ha hecho sería andar con un traje espacial, sin cables, sin nave, quizá con el sol a nuestras espaldas, rodeados de estrellas por todos los costados.
Podría estar la Tierra debajo de uno, o tal vez otro planeta. Yo, por ejemplo, me imagino a Saturno. Y nosotros volando en el espacio, como si realmente estuviésemos identificados con el cosmos. Hoy en día los trajes espaciales vienen con lo necesario como para durar unas horas. La nave que nos dejó allí quizá volvería a buscarnos al cabo de una hora. O no.
«Lo mejor sería que no regresara, y así poder vivir nuestras últimas horas en el espacio, circundados por estrellas y mundos. Si uno padeciera un mal incurable, o si sólo quisiera darse un último gusto, ¿acaso habría algo mejor que esto?
— ¿Lo dice en serio? ¿De veras piensa comercializar este… proyecto?
— Bueno, tal vez sea pronto para comercializarlo. Digamos que estoy pensando en un estudio de factibilidad.
Ellie resolvió no contarle la decisión que había tomado unos minutos antes, y él tampoco se la preguntó. Más tarde, cuando el Naarnia comenzaba a atracar en Matusalén, Hadden la llevó a un lado.
— Comentábamos que Yamagishi es el más anciano aquí. Bueno, si hablamos de los que residimos en forma permanente — o sea, excluyendo a los astronautas, las coristas — yo soy el más joven. Sé que tengo un interés particular en la respuesta, pero existe la posibilidad médica concreta de que la gravedad cero me mantenga vivo durante siglos.
Como ve, he emprendido un experimento sobre la inmortalidad.
«No le he sacado este tema para fanfarronear sino por una razón práctica. Si nosotros estamos estudiando el modo de prolongar la vida, piense en lo que seguramente han hecho los seres de Vega. Probablemente sean inmortales, o casi inmortales. Yo, que soy quien se ha dedicado más tiempo y con mayor seriedad al análisis de esta cuestión, puedo asegurarle una cosa de los inmortales: esos seres son muy cautos, no dejan nada librado al azar. Yo no sé qué aspecto tienen ni qué pretenden de nosotros, pero en caso de que llegue a verlos, lo único que puedo aconsejarle es esto: lo que para usted sea algo rotundamente seguro y digno de confianza, para ellos constituirá un riesgo inaceptable. Si tuviera que realizar cualquier negociación allá arriba, no se olvide de lo que le digo.
Capítulo diecisiete — El sueño de las hormigas
El lenguaje humano es como una olla vieja sobre la cual marcamos toscos ritmos para que bailen los osos, mientras al mismo tiempo anhelamos producir una música que derrita las estrellas.