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Электронная книга - «Una Imagen En El Espejo». Краткое содержание книги:

Para las gemelas Olivia y Victoria Henderson, nacidas con once minutos de diferencia, su relación fue tan compleja como maravillosa, y muchas veces, cuando solo ellas conocían su secreto, maliciosamente juguetona… Olivia y Victoria deslumbran con su extraordinaria belleza a la alta sociedad de Nueva York en los años de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, pese a su absoluta semejanza física ambas son muy distintas: Olivia, tímida, hogareña y seria; Victoria, independiente, sufragista y sin ningún interés en formar una familia. Pero las circunstancias determinan que sea Victoria quien contraiga un matrimonio que la hará infeliz hasta que… la sustituya Olivia. Una de las novelas más divertidas de la autora más leída del mundo.
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– No puedo más -se lamentó Olivia.

Charles deseaba tomarla en sus brazos y huir de allí, pero de pronto el rostro de Olivia se retorció de dolor y oyeron llorar al bebé. Era una hermosa niña.

– Bueno, no ha sido tan terrible después de todo -dijo el médico.

Olivia hizo una nueva mueca de dolor, y Charles la contempló asustado.

– ¿ Qué sucede? -preguntó.

– Pasa algunas veces, es la placenta -explicó el doctor.-Expulsarla puede resultar incluso más doloroso que parto.

Olivia seguía gritando.

– Otra vez no… por favor…

– No creo que sea eso…-observó Bertie.

– Ahora expulsará la placenta -afirmó el médico.

Olivia empezaba a sangrar y empujar de nuevo.

– ¿Es esto normal? -preguntó Charles, que en ese instante vio asomar una minúscula cabeza-. Empuja, Victoria, empuja, vamos a tener otro.

– ¿Qué dices? Dios mío…

Olivia pujó con más fuerza y salió otra niña, seguida y una sola placenta. Eran gemelas idénticas, como ella y Victoria. La madre las contempló con incredulidad y comenzó a reír.

– No me lo puedo creer.

Eran poco después de las diez de la mañana. La hemorragia casi se había detenido, y Olivia sostenía una niña en cada brazo.

– Te quiero mucho -le susurró Charles. Le dio un beso y luego tomó a las criaturas en brazos para enseñárselas Geoff.

Mientras tanto, el médico aplicó unos puntos a Olivia y Bertie le lavó el cuerpo y la cara con agua perfumada.

Cuando el doctor se hubo marchado, Bertie miró a joven y sonrió.

– ¿Qué has hecho, chiquilla?

Olivia sabía muy bien a qué se refería, y le sorprendía que no la hubieran descubierto antes.

– Me obligó.

Bertie asintió y se rió.

– ¿También te obligó a hacer esto?

– La verdad es que no -respondió Olivia feliz.

– ¿Dónde está?

– En Europa.

Antes de que pudiera dar más detalles, Charles entró con Geoff.

– Son una preciosidad, tía…-Enseguida se corrigió-. Victoria.

Olivia le dio un beso.

– Dice tu padre que son iguales que tú cuando eras pequeño.

Geoff se marchó para comunicar la noticia a los vecinos, y Bertie se llevó a las niñas para bañarlas, de modo que Charles se quedó a solas con su esposa.

– Lamento haberte hecho pasar por este calvario. -Se sentía orgulloso y culpable a la vez.

– No me importaría repetir la experiencia. No ha sido tan terrible.

Charles la miró asombrado.

– ¿Cómo puedes decir eso?

– Ha valido la pena.

– Dudo de que sobreviva a sus trucos y artimañas. Tu padre decía que jamás consiguió distinguiros.

– Yo te enseñaré -aseguró Olivia.

Unos minutos más tarde Bertie entró con las niñas y las acomodó en los brazos de su madre. No podía evitar preguntarse qué haría Olivia cuando Victoria regresara de Europa.

– Esa noche, en Chalons-sur-Marne, Victoria dormía plácidamente cuando de pronto se sintió como si la atravesaran con un cuchillo candente. Profirió un grito y se incorporó al instante. Entonces comprendió que era Olivia a la que estaban apuñalando. Su hermana no dejaba de chillar, y se tapó los oídos con las manos. Minutos después le acometió un fuerte dolor y notó que estaba empapada. Édouard despertó e intentó tranquilizarla.

– Eh… petite… arréte… es una pesadilla… ce n'est qu'un cauchemar, ma chérie.

– No sé qué me pasa… -susurró en la oscuridad.

Édouard encendió la luz y observó que Victoria yacía en medio de un charco de agua y sangre y se apretaba el vientre.

– Ça vient maintenant? ¿ Ya viene? -A menudo le hablaba en francés cuando estaba medio dormido. Victoria asintió con expresión asustada-. Iré a buscar al médico.

– No… No me dejes -suplicó.

A diferencia de su hermana, Victoria tenía mucho miedo al parto. Sólo deseaba que Édouard estuviera a su lado.

– He de avisarle… No tengo ni idea de cómo traer un niño al mundo.

– No te vayas, por favor -rogó Victoria mientras se retorcía de dolor por una nueva contracción-. Ya viene…lo sé…Édouard, no te vayas.

– Por favor, cariño, necesitas ayuda. Traeré una enfermera y a Chouinard. -Era el mejor cirujano del hospital.

– No les quiero a ellos -exclamó ella aferrándose a su muñeca-, sino a ti…-A continuación balbuceó-: Estaba soñando que Olivia tenía un niño.

– Eso es algo que ella no puede hacer por ti, y yo tampoco -repuso Édouard con dulzura-. Ojalá pudiera absorber yo tu dolor.

Él sabía que podía seguir así durante horas y estaba decidido a buscar ayuda, de modo que se levantó para ponerse la camisa.

– Ya viene, Édouard… Lo noto… ya viene.

Él se asustó al ver cómo sangraba. Comenzó a gritar, pero esa noche estaban solos en la casa, pues los demás se hallaban de servicio.

– Volveré pronto -repitió.

Sin embargo Victoria no le permitió marchar. Tenía miedo de quedarse sola. Édouard se sentó a su lado y le cogió la mano. En ese mismo instante, en Nueva York Olivia sintió una nueva contracción. Charles dijo en broma que esperaba que no fueran trillizos, y Bertie repuso que en ocasiones se tenían contracciones después del parto. Olivia apoyó la cabeza sobre la almohada y comenzó a soñar con su hermana.

– Édouard, por favor… -exclamó Victoria de nuevo mientras se acercaba al borde de la cama. Él no entendía qué pretendía hacer-. Tengo que empujar…

– Agárrate a mí -indicó Édouard.

Sentada, Victoria empujó con fuerza y después se desplomó sobre el lecho. No sabía qué hacer para expulsarlo. Édouard la instó a empujar tumbada. Victoria obedeció y se sintió mejor. Lo intentó de nuevo y de pronto asomó una cabecita.

– Dios mío… -exclamó Édouard-. Ya viene. Sigue empujando.

Le sujetó las piernas mientras ella pujaba. La criatura salió por fin y comenzó a llorar. Édouard la cogió en brazos con cuidado para enseñársela a la madre.

– Mira.,. -Las lágrimas rodaban por el rostro de Victoria, que no acababa de creer lo que había sucedido en cuestión de minutos. Era igual que Édouard-. Es tan guapo…

Era una bendición que en un lugar cercado por la pena y la muerte les visitara un ángel.

– Es lo más hermoso que he visto en mi vida -afirmó Édouard-, con excepción de su madre.Je t'aime, Victoria, más de lo que puedas imaginar.

Depositó al niño junto a ella y fue a buscar toallas. Era lo más extraordinario que había visto nunca. Victoria había dado a luz en menos de una hora.

– Lo has hecho muy bien. -Victoria sonrió

– Lamento haberme asustado tanto… me sorprende que haya ido tan rápido. -El parto había sido más fácil de lo que pensaba-. Gracias a Dios que no hemos tenido gemelos.

– Creo que me habría gustado -dijo Édouard. Encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Victoria, que esta vez no lo aceptó porque todavía se sentía débil. El niño ya estaba mamando. Édouard los contempló y pensó que Victoria debía regresar a casa, ése no era lugar para criar a un bebé. Retiró un mechón de su cara mientras yacía en la cama desnuda con su hijo, cubierta tan sólo por una manta del ejército.

– ¿Qué nombre le pondremos al futuro barón? -preguntó Édouard.

– ¿Qué te parece Olivier Édouard? Olivier por mi hermana, y Édouard por ti y mi padre.

– ¿ Comunicarás la noticia a tu marido?

Habían decidido que debían informar a Charles, pues de lo contrario ignoraría la verdad durante años y Olivia permanecería atrapada para siempre en el papel de su hermana. Victoria tenía previsto escribir a Olivia. Estaba segura de que sería un alivio para ella, aunque Charles se pondría furioso. Detestaba dejar que se enfrentara sola a la situación, pero no deseaba regresar a Estados Unidos. A pesar de todo, pensaba en ella con frecuencia y deseaba poder mostrarle a su hijo. Hubiera dado cualquier cosa por poder abrazarla.

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