Los cuervos del Zangre
- Автор: Bujold Lois Mcmaster
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los cuervos del Zangre». Краткое содержание книги:
La provincara desechó su cansancio con un impaciente aleteo de los dedos y siguió con un:
– ¿Y qué hay de vos? Lo último que supe de vos es que cabalgabais como correo para el provincar de Guarida.
– Eso ocurrió… hace algunos años, vuestra gracia.
– ¿Cómo habéis venido? -Lo examinó, bajas las cejas-. ¿Dónde está vuestra espada?
– Ah, la espada. -Se llevó vagamente la mano al costado, donde no pendía cinto ni arma alguna-. La perdí en… Cuando el marzal de Jironal condujo las tropas del roya Orico hacia la costa septentrional para la campaña de invierno de hace… ¿tres?, sí, hace tres años, me nombró castellano de la fortaleza de Gotorget. Luego de Jironal sufrió aquel desafortunado revés… defendimos la torre contra las fuerzas roknari durante nueve meses. Lo habitual, como sabéis. Juro que no quedaba una rata sin espetar en Gotorget cuando recibimos la noticia de que de Jironal había firmado un nuevo tratado y se nos ordenaba deponer las armas y abandonar la fortaleza a nuestros enemigos. -Ofreció una breve sonrisa desprovista de sentimiento; cerró la mano izquierda sobre el regazo-. Para mi consuelo, se me informó de que nuestra fortaleza les había costado a los roknari trescientos mil reales adicionales, en la tienda donde se firmó el tratado. Además de considerablemente más que nueve meses en el campo de batalla, según mis cálculos. -Flaco consuelo, para las vidas que perdimos-. El general roknari reclamó la espada de mi padre; dijo que pensaba colgarla en su tienda, para acordarse de mí. Fue la última vez que vi mi filo. Después de aquello… -La voz de Cazaril, que había cobrado fuerza a lo largo del relato, vaciló. Carraspeó, y continuó-: Se produjo un error, una confusión. Cuando llegó la lista de hombres por los que se había pagado rescate, junto al cofre de reales, se había omitido mi nombre. El oficial de intendencia roknari juraba que no había ningún error, porque el total casaba con el número de nombres, pero… se trataba de un error. Todos mis oficiales fueron rescatados… A mí me pusieron con los hombres convictos, y todos juntos desfilamos hasta Visping, para ser vendidos como galeotes a los corsarios roknari.
La provincara contuvo la respiración. El alcaide, que había ido inclinándose cada vez más en su silla conforme se desgranaba el relato, estalló:
– ¡Protestaríais, sin duda!
– Oh, cinco dioses, sí. Protesté durante todo el camino a Visping. Seguía protestando cuando me arrastraron hasta la plancha y me encadenaron a mi remo. Todavía protestaba cuando zarpamos, y luego… aprendí a dejar de protestar. -Sonrió de nuevo. Se sentía como si llevara puesta una máscara de payaso. Afortunadamente, nadie reparó en esa pequeñez-. Pasé… mucho tiempo en una nave u otra. -Diecinueve meses y ocho días, los había contado después. Por aquel entonces, no habría sabido distinguir un día de otro-. Y luego tuve la mayor de las suertes, cuando mi corsario se dio de bruces con una flota del roya de Ibra que estaba de maniobras. Os aseguro que los voluntarios de Ibra remaban mejor que nosotros, y no tardaron en alcanzarnos.
Dos hombres habían muerto decapitados encadenados a su puesto por los roknari, cada vez más desesperados, por abandonar los remos deliberada o accidentalmente. Uno de ellos estaba sentado junto a Cazaril, habían sido compañeros de banco durante meses. Se le metió algo de sangre en la boca; todavía la saboreaba cuando cometía el error de pensar en ello. Podía saborearla ahora. Cuando el corsario hubo sido reducido, los ibranos habían remolcado a los roknari, algunos de ellos aún con vida, detrás del barco sujetos por cuerdas que eran sus propias entrañas, hasta que los grandes peces hubieron dado cuenta de ellos. Algunos de los galeotes liberados se habían ofrecido voluntarios para remar. Cazaril no pudo. La última tanda de latigazos lo había dejado al borde de ser arrojado por la borda, destrozado e inservible, por el oficial de galeras roknari. Se quedó sentado en la cubierta, presa de espasmos incontrolables, llorando.
– Los buenos ibranos me dejaron en tierra en Zagosur, donde permanecí enfermo durante algunos meses. Ya sabéis lo que ocurre con algunos hombres cuando se ven liberados repentinamente de su carga. Se vuelven… bastante infantiles. -Sonrió contrito a nadie en particular. Para él, habían sido el desmayo y la fiebre, hasta que hubieron cicatrizado las heridas de su espalda; luego la disentería, después los escalofríos. Y, durante todo ese tiempo, los ataques de llanto inconsolable. Lloraba cuando le traía la cena un acólito. Cuando salía el sol. Cuando se ponía. Cuando lo sobresaltaba un gato. Cuando le ayudaba a acostarse. En cualquier momento, sin motivo-. Me acogieron en el Templo Hospital de la Piedad de la Madre. Me sentí un poco mejor cuando se me hubieron secado las lágrimas casi por completo -y los acólitos decidieron que no estaba loco, simplemente nervioso-, me dieron algo de dinero y caminé hasta aquí. Llevo tres semanas caminando.
En la estancia imperaba un silencio sepulcral.
Alzó la mirada, y vio que la rabia había tensado los labios de la provincara. El terror le atenazó el estómago vacío.
– ¡Era el único sitio en el que podía pensar! -se apresuró a disculparse-. Lo siento. Lo siento.
El castellano exhaló y se incorporó en su asiento, mirando fijamente a Cazaril. La compañera de la dama tenía los ojos abiertos de par en par.
Con voz vibrante, la provincara declaró:
– Eres el castelar de Cazaril. Deberían haberte dado un caballo. Deberían haberte ofrecido una escolta.
Cazaril agitó las manos en atemorizada negativa.
– ¡No, no, mi señora! Era… era suficiente. -Bueno, casi. Comprendió, tras un parpadeo tembloroso, que la ira de la dama no iba dirigida contra él. Oh. Se le hizo un nudo en la garganta y la habitación se tornó borrosa. No, otra vez no, aquí no… Raudo, añadió-: Era mi deseo ponerme a vuestro servicio, señora, si creéis que puedo seros útil. Admito que… no puedo hacer gran cosa. Todavía.
La provincara se acomodó, con la barbilla ligeramente apoyada en la mano, y lo estudió. Transcurrido un momento, dijo:
– Tocabais muy bien el laúd, cuando erais paje.
– Ah… -grajeó Cazaril, intentando cubrir una mano encallecida con la otra por un espasmódico instante. Sonrió con renovado pesar y las exhibió brevemente sobre las rodillas-. No creo que ahora pudiera, mi lady.
La dama se inclinó hacia delante; su mirada se demoró un momento en la zurda mutilada.
– Ya veo. -Volvió a reclinarse, con los labios fruncidos-. Recuerdo que solías leer todos los libros que había en la biblioteca de mi marido. El oficial de pajes siempre andaba quejándose de ti por ese motivo. Le dije que te dejara en paz. Aspirabas a componer poemas, según creo recordar.
Cazaril no estaba seguro de que su mano derecha pudiera cerrarse en torno a una pluma, en esos momentos.
– Creo que Chalion se libró de una plaga de poesía infecta cuando me enviaron a la guerra.
La provincara se encogió de hombros.
– Vamos, vamos, castelar, tu solicitud de empleo es desalentadora. No sé si la pobre Valenda tiene vacantes en las que ocuparte. Has sido cortesano, capitán, alcaide, correo.
– Dejé de ser un cortesano el día que murió el roya Ias, mi lady. Y capitán… ayudé a perder la batalla de Dalus. -Y me pudrí durante casi un año entero en las mazmorras de la royeza de Brajar, después de aquello-. Alcaide, en fin, sucumbimos al asedio. En cuanto a lo de correo, casi me ahorcan por espía. En dos ocasiones. -Reflexionó. Y las tres veces que le habían aplicado torturas quebrantando los tratados-. Ahora… ahora, bueno, sé cómo se gobiernan los remos de un barco. Y cómo cocinar la rata de cinco maneras distintas.
A decir verdad, ahora mismo no le diría que no a un buen plato de rata.
No sabía qué inferir de la expresión de la provincara, de aquellos ojos ancianos que sondeaban su alma. Quizá fuera cansancio, pero esperaba que fuese apetito. Estaba casi seguro de que era hambre, porque al final la mujer esbozó una sonrisa maliciosa.
– Acompáñanos a la cena, en ese caso, castelar, aunque me temo que nuestro cocinero no podrá ofrecerte rata. No es la temporada, en la pacífica Valenda. Consideraré tu petición.
Cazaril asintió dando las gracias en silencio, temiéndose que se le quebrara la voz.