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Muerte En Hong Kong

Электронная книга - «Muerte En Hong Kong». Краткое содержание книги:

James Bond
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En su Bentley Mulsanne Turbo, bien oculto en el aparcamiento subterráneo, Bond examinó la pistola ASP automática de 9 mm, los cargadores de repuesto y la varilla telescópica de acero de Operaciones Ocultas. Con su maleta de huida en la que llevaba ropa para una semana, ya estaba preparado para lo que los instructores llamaban trabajo de calle. Puso en marcha el motor, y el vehículo salió de su plaza y empezó a subir por la rampa hasta llegar a la soleada primavera de las calles de Londres, donde la muerte le aguardaba a un tiro de piedra.

Unos veinte minutos más tarde, pasó por delante de la Langan's Brasserie de Stratton Street, con su llamativo rótulo de neón rojo encendido en plena tarde.

Al llegar al Hotel Mayfair, Bond confió su automóvil al conserje de librea azul con su discreta insignia del Regimiento de Paracaidistas en la solapa, sabiendo que se lo colocaría en un parquímetro y lo vigilaría en su ausencia. Tardó apenas tres minutos en desplazarse desde allí al salón de belleza «Atrévete A Ser Guapa», situado al final de Stratton Street. Comprendía que a la chica le hubieran puesto el apellido de Dare [atreverse], por ser una traducción literal de su apellido de origen alemán Wagen. Sin embargo, sólo el cielo y los funcionarios de recolocación del Servicio sabían por qué le habían puesto el nombre de Heather [brezo].

Las ventanas del salón eran de color negro y las atrevidas letras doradas que desafiaban a las mujeres a ser guapas iban acompañadas de un diseño modernista en el que figuraba una dama de corta melena, sosteniendo en la mano una boquilla. Dentro había un pequeño vestíbulo con una mullida alfombra y un grabado en madera de Kurosaki que a Bond se le antojó la caja de un mago abierta frente a una hilera de pirámides. La puerta del ascensor era dorada y en el pulsador figuraba también el diseño de Dare. Bond pulsó el botón, entró en el camarín revestido de espejos y subió en silencio. Al igual que el vestíbulo, el ascensor tenía una mullida alfombra de color carmesí. Cuando el ascensor se detuvo, Bond se encontró en otro vestíbulo. Una puerta de doble hoja conducía a las estancias donde las clientas se sometían al calor, los tratamientos faciales y los hábiles manejos de peluqueros y masajistas. La alfombra también era roja, en la pared colgaba otra grabado de Kurosaki y, a la derecha, se podía ver una puerta con una placa que decía «Privado». Frente a él, una rubia vestida con un severo traje chaqueta negro y una deslumbradora blusa blanca de seda permanecía sentada junto a un mostrador que tenía forma de riñón. En su rostro no se advertía la menor partícula de polvo o grasa y todos los mechones de su cabello estaban en el sitio correspondiente. Sus labios se abrieron en una alentadora sonrisa mientras sus ojos preguntaban en silencio qué demonios hacía un hombre en aquel coto vedado exclusivamente femenino. Bond se sintió tan incómodo como cuando visitaba el Servicio hermano MI-5.

– ¿Puedo ayudarle en algo, señor?

La rubia hablaba con el acento propio de las dependientas que quieren imitar el deje característico de los aristócratas.

– Seguramente, sí. Quisiera ver a miss Dare -contestó Bond, dedicándole la más hipócrita de sus sonrisas.

La recepcionista le dijo muy seria que lo lamentaba mucho, pero que miss Dare no estaba allí aquella tarde. La respuesta carecía de autenticidad y los ojos parpadearon un instante hacia la puerta cerrada. Bond lanzó un suspiro, sacó una tarjeta en blanco, anotó en ella una frase y se la pasó a la chica.

– Tenga la bondad de entregársela. Yo vigilaré la tienda. Es sumamente importante, y estoy seguro de que no querrá usted que entre a verla sin ser invitado.

Al ver que la muchacha vacilaba, Bond añadió que miss Dare podía examinarle a través del monitor -levantó los ojos hacia la cámara de seguridad instalada arriba, junto al marco de la puerta-; en caso de que no le gustara lo que viera, él se iría. La rubia no sabía qué hacer. Fue entonces cuando Bond le dijo que se trataba de un asunto oficial y le mostró un impresionante carné de identidad laminado con letras en color, a diferencia de los normales, que sólo eran de plástico y tenían una pequeña funda de cuero.

– Si espera un momento, voy a ver si ha vuelto. Miss Dare se ha ido muy temprano, esta tarde.

La muchacha desapareció al otro lado de la puerta y Bond se volvió de cara a la cámara. En la tarjeta había escrito: «Vengo en son de paz, con regalos. Recuerde a los valientes del submarino». Tuvo que esperar cinco minutos, pero el ardid dio resultado. La rubia le franqueó el paso a través de la puerta y le acompañó por un estrecho pasillo y unos peldaños que conducían a otra puerta de aspecto muy sólido.

– Dice que ya puede usted entrar.

Bond entró e inmediatamente se vio encañonado por un objeto de metal azulado que, por su tamaño y forma, identificó como una Colt Woodsraan, modelo Match Target. En los Estados Unidos la hubieran llamado una pistolita, pero una pistolita puede matar y Bond se mostraba siempre respetuoso en presencia de un arma como aquella; sobre todo, cuando alguien la empuñaba con firmeza y le apuntaba directamente con ella.

– Irma -dijo en tono levemente admonitorio-. Irma, guarde la pistola, por favor. He venido para ayudarla.

Mientras hablaba, observó que no había ninguna otra puerta y que Heather Dare, nacida Irma Wagen, de la Operación Pastel de Crema, mantenía la posición más correcta en semejantes casos; las piernas ligeramente separadas, la espalda apoyada contra el lado izquierdo de la pared y los ojos clavados fijamente en él.

– Es usted -dijo ella sin bajar la pistola.

– En carne y hueso -contestó Bond, dirigiéndole su más sincera sonrisa-, aunque, a decir verdad, no hubiera podido reconocerla. La última vez que estuvimos juntos, era usted un manojo de jerseis, pantalones vaqueros y miedo cerval.

– Ahora sólo me queda el miedo cerval -dijo la chica sin sonreír.

Su acento no conservaba la menor traza de alemán. Se había identificado por entero con su nueva identidad. Era una hermosa y elegante dama de cabello oscuro, esbelta figura y largas piernas bien torneadas. Sus refinados modales encajaban a la perfección con el negocio que había conseguido levantar en el transcurso de los últimos cinco años, pero, por detrás de aquella fachada, Bond intuía una dureza y, probablemente, una innata obstinación.

– Ya. Lo del miedo lo comprendo muy bien -dijo Bond-. Por eso precisamente estoy aquí.

– No creía que enviaran a nadie.

– Y no lo han hecho. Sólo me han soplado la información. Vengo por mi cuenta y riesgo, pero poseo toda la capacidad y experiencia necesarias. Ahora, guarde el arma para que yo la pueda llevar a un sitio seguro. Voy a salvar a las tres que todavía quedan con vida.

La chica sacudió lentamente la cabeza.

– Oh, no, señor…

– Bond. James Bond.

– Oh, no, míster Bond. Los muy cerdos han liquidado a Franzi y Elli. Quiero estar segura de que no atraparán a mis restantes amigas.

La joven apellidada Hammond se llamaba en realidad Franziska Trauben; mientras que el verdadero nombre de Millicent Zampek era Eleonore Zuckermann.

– Eso es 1o que yo le he dicho -Bond dio un paso al frente-. Irán ustedes a un lugar seguro donde nadie las podrá encontrar. Después, yo mismo me encargaré de eliminar a estos hijos de puta.

– Pues, entonces, dondequiera que usted vaya, iré yo; hasta que todo termine, de una u otra forma.

Bond tenía la suficiente experiencia con las mujeres como para comprender que aquella clase de obstinación no admitía razonamientos ni discusiones. La miró por un instante y apreció su esbelta figura y la feminidad que se ocultaba bajo el impecable traje de chaqueta gris, realzado por una blusa rosa y una fina cadena de oro con un colgante. El vestido parecía francés. De París, pensó; probablemente de Givenchy.

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