El Príncipe de la Niebla
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Príncipe de la Niebla». Краткое содержание книги:
Finalmente, Max, exhausto, decidió que no era necesario conocer todo el pueblo en una mañana y que si, como parecía, iba a pasar unos cuantos años allí, tiempo habría de descubrir sus misterios si es que los había.
- También es verdad -coincidió Roland -. Oye, casi todas las mañanas en verano voy a bucear al barco hundido. ¿Quieres venir conmigo mañana?
- Si buceas como montas en bicicleta me ahogaré -dijo Max.
- Tengo gafas y unas aletas de sobra -explicó Roland.
La oferta sonaba tentadora.
- De acuerdo. ¿Tengo que llevar algo?
Roland negó.
- Yo traeré todo. Bueno,… bien pensado, trae el desayuno. Te recojo a las nueve en tu casa.
- Nueve y media.
- No te duermas.
Cuando Max empezó a pedalear de vuelta a la casa de la playa, las campanas de la iglesia anunciaban las tres de la tarde y el Sol empezaba a ocultarse tras un manto de nubes oscuras que parecían presagiar la lluvia. Mientras se alejaba, Max se volvió un segundo a mirar atrás. De pie junto a su bicicleta, Roland le saludaba con la mano.
La tormenta se abatió sobre el pueblo como un siniestro espectáculo de feria ambulante. En unos minutos, el cielo se transformó en una bóveda plomiza y el mar adquirió un tinte metálico y opaco, como una inmensa balsa de mercurio. Los primeros relámpagos vinieron acompañados de la ventisca que empujaba la tormenta desde el mar. Max pedaleó con fuerza, pero el aguacero le alcanzó de pleno cuando todavía le quedaban unos quinientos metros de camino hasta la casa de la playa. Cuando llegó a la cerca blanca, estaba tan empapado como si acabase de emerger del mar. Corrió a dejar la bicicleta en la caseta del garaje y entró en la casa por la puerta del patio trasero. La cocina estaba desierta, pero un apetitoso olor flotaba en el ambiente. En la mesa Max localizó una bandeja con bocadillos de carne y una jarra de limonada casera. Junto a ella había una nota escrita con la estilizada caligrafía de Andrea Carver. "Max, ésta es tu comida. Tu padre y yo estaremos en el pueblo toda la tarde por asuntos de la casa. No se te ocurra utilizar el baño del piso de arriba. Irina viene con nosotros".
Max dejó la nota y se llevó la bandeja a su habitación. El maratón ciclista de aquella mañana le había dejado exhausto y hambriento. La casa parecía vacía. Alicia no estaba o se había en cerrado en su habitación. Max se dirigió directamente a la suya, se cambió de ropa y se tendió en la cama a saborear los exquisitos bocadillos que su madre había dejado para él. Afuera la lluvia golpeaba con fuerza y los truenos hacían temblar las ventanas. Max encendió la pequeña lamparilla de su mesita y tomó el libro sobre Copérnico que Maximilian Carver le había regalado. Había empezado a leer cuatro veces el mismo párrafo cuando descubrió que se moría de ganas por ir a bucear al día siguiente junto al buque hundido con su nuevo amigo Roland. Engulló los bocadillos en menos de diez minutos y luego cerró los ojos, escuchando sólo el repiqueteo de la lluvia sobre el techo y los cristales. Le gustaba la lluvia y el sonido del agua resbalando por el canalillo de desagüe que recorría el borde del tejado. Cuando llovía con fuerza, Max sentía que el tiempo se detenía. Era como una tregua en la cual uno podía dejar de hacer cualquier cosa que le ocupase en aquel momento y sencillamente acercarse a contemplar el espectáculo de aquella infinita cortina de lágrimas del cielo desde una ventana, durante horas. Dejó de nuevo el libro sobre la mesita y apagó la luz. Lentamente, envuelto en el sonido hipnótico de la lluvia, se rindió al sueño.
Capítulo cinco