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El último detective

Электронная книга - «El último detective». Краткое содержание книги:

Elvis Cole se enfrenta a uno de los momentos más delicados de su vida: acaba de recibir la llamada de un hombre que asegura tener secuestrado a Ben, el hijo de Lucy, su compañera sentimental. El niño, que estaba al cuidado de Cole mientras su madre se hallaba de viaje, salió al jardín a jugar y pocos minutos después desapareció sin dejar rastro. Según las palabras del hombre que retiene a Ben, el secuestro está relacionado con un oscuro suceso del pasado de Cole. Éste fue el único superviviente de un batallón americano que fue aniquilado en Vietnam, y aunque en su momento fue premiado por su heroicidad, parece que alguien sigue resentido por el hecho. Para complicar aún más las cosas, Cole tiene que enfrentarse con Richard, ex marido de Lucy y padre de Ben, quien además de culparle por lo acontecido entorpece La búsqueda al insistir en la participación de su propio equipo de investigadores. Ayudado por su socio, Joe Pike, y la policía Carol Starkey, Cole se vuelca de pleno en el rescate en una carrera contra el reloj, mientras revive unos espinosos episodios que creía haber enterrado. Robert Crais ahonda en cuestiones vitales al retomar el pasado de su protagonista en esta novela que aúna con acierto una clásica trama detectivesca con un thriller de gran intensidad.
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Lucy entró en el salón. Llevaba un traje sastre negro y una blusa de color crema, pero se había quitado la chaqueta y la sostenía con la mano; se le habían arrugado los pantalones de ir sentada en el coche tanto rato. Era evidente que estaba cansada, pero aun así hizo un esfuerzo por sonreír.

– Oye, que aquí no huele a hamburguesas.

Eran las seis y dos. Hacía exactamente cien minutos que Ben había desaparecido. Lucy había tardado exactamente cien minutos en llegar a casa desde la última llamada. Y yo sólo había necesitado esos cien minutos para perder a su hijo.

Enseguida detectó el miedo en mi expresión. La sonrisa se desvaneció de su rostro.

– ¿Qué pasa?

– Ben ha desaparecido -respondí.

Echó un vistazo alrededor, como si el niño pudiera estar escondido detrás del sofá, riéndose de la broma. Pero no, Lucy sabía que no era ninguna broma. Se daba cuenta de que hablaba en seno.

– ¿Cómo que ha desaparecido?

La explicación me resultó pobre, como si estuviera buscando excusas.

– Ha salido más o menos cuando hablaba contigo, y ahora no lo encuentro. Lo he llamado, pero no contesta. He recorrido todo el cañón, buscándolo, pero no lo he visto. No está en casa de los vecinos. No sé dónde está.

Lucy meneó la cabeza, como si yo hubiera cometido un error frustrante y no estuviese contándole bien la historia.

– ¿Se ha ido sin más?

Le mostré el Game Freak como si se tratara de una prueba.

– No lo sé. Estaba jugando con esto cuando ha salido. Me lo he encontrado en la pendiente.

Pasó por mi lado y salió al porche.

– ¡Ben! ¡Benjamin, haz el favor de contestar! ¡Ben!

– Luce, ya lo he llamado.

Volvió a entrar en la casa, dando grandes zancadas, y desaparecio por el pasillo.

– ¡Ben!

– No está. He llamado a las empresas de seguridad. Estaba a punto de llamar a la policía.

Regresó y salió otra vez al porche.

– ¡Joder, Ben, más te vale contestarme!

Salí tras ella y la agarré por los brazos. Estaba temblando. Se volvió y nos abrazamos. Hablaba con una vocecilla cargada de culpabilidad, la cara pegada contra mi pecho.

– ¿Crees que se ha escapado?

– No. Si no le pasaba nada, Luce. Hemos hablado un poco y estaba bien. Se reía con este juego tan tonto.

Le expuse mi teoría de que probablemente se había hecho daño jugando en la ladera, y después debía de haberse perdido al intentar encontrar el camino de vuelta.

– Esas calles de ahí abajo son un lío. Dan mil vueltas. Seguro que se ha desorientado y ahora tiene mucho miedo y no se atreve a pedir ayuda, de tanto que se le ha repetido que no hable con desconocidos. Si se ha equivocado de calle y ha seguido andando seguramente se ha alejado todavía más. Ahora debe de estar tan asustado que se esconderá cuando pase un coche, pero lo encontraremos. Deberíamos llamar a la policía.

Lucy asintió sin despegarse de mí. Quería creerme. Luego miró hacia el cañón. Las luces de las casas empezaban a centellear.

– Es casi de noche -observó.

Aquella palabra, «noche», resumía los peores miedos de cualquier padre.

– Vamos a llamar -propuse-. La policía hará que enciendan las luces de todas las casas del cañón hasta que lo encontremos.

En el momento en que entrábamos en casa sonó el teléfono.

Lucy dio un respingo aún más marcado que el mío.

– Es Ben.

Contesté, pero la voz que escuché no fue la de Ben ni la de Grace González, ni la de las patrullas de seguridad.

– ¿Hablo con Elvis Cole? -preguntó un hombre.

– Sí. ¿Quién es?

Era una voz fría y grave.

La 5-2 – dijo.

– ¿Con quién hablo?

– La 5-2, gilipollas. ¿Te acuerdas de la 5-2?

Lucy me tiró del brazo. Albergaba la esperanza de que tuviera que ver con Ben.

Con un gesto le dije que no, que no entendía de qué iba aquello, pero ya sentía bien dentro de mí una punzada intensa que presagiaba la reaparición de un recuerdo doloroso.

Cogí el auricular con las dos manos. De otro modo no habría podido sostenerlo.

– ¿Quién es? ¿De qué está hablando?

– Vas a saber lo que es bueno, cabrón. Esto lo hago por lo que me hiciste tú.

Agarré el teléfono con más fuerza todavía y me di cuenta de que estaba gritando.

– ¿Qué te he hecho? ¿De qué me estás hablando?

– Ya sabes lo que me hiciste. Tengo al crío.

Se cortó la comunicación.

Lucy tiró de mí con más fuerza.

– ¿Quién era? ¿Qué ha dicho?

No la sentía. Apenas la oía. Estaba atrapado entre las páginas amarillentas de un álbum de fotos de mi propio pasado, navegando por imágenes de un verde intenso en las que aparecía otro yo, un yo muy distinto, con unos jóvenes con las caras pintadas, la mirada vacía y el olor húmedo y agrio del miedo.

Lucy tiró con más fuerza aún.

– ¡Di algo! ¡Me estás asustando!

– Era un hombre, no sé quién. Dice que se ha llevado a Ben.

Lucy me aferró el brazo con ambas manos.

– ¿Lo han secuestrado? ¿Qué ha dicho ese hombre? ¿Qué quiere?

Yo sentía la boca seca y el cuello tenso, como si estuviese lleno de nudos que me provocaban dolor.

– Quiere castigarme. Por algo que pasó hace ya mucho tiempo.

Cosas de chicos

Habían transcurrido dos días de los cinco de la visita. Ben había esperado a que Elvis Cole se pusiera a lavar el coche para subir al piso de arriba a hurtadillas. Hacía muchas semanas que planeaba el asalto a las pertenencias de Elvis. Era detective privado, lo que de por sí sonaba apasionante, y también tenía cosas muy guapas: una colección enorme de vídeos y DVD de películas viejas de ciencia ficción y de terror que Ben podía ver siempre que quisiera, unos cien imanes de superhéroes pegados por toda la nevera y un chaleco antibalas colgado en el armario de la entrada. Eso no se veía todos los días. También tenía tarjetas de visita que decían que era «el mejor detective privado del mercado».

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