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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Quería que él se pegara a mi espalda; quería sus fríos labios en mi cuello. Quería sus manos blancas recorriendo mi estómago. Quería hablar con él. Quería que desterrara mis terribles sospechas a golpe de carcajada. Quería contarle mi día; el estúpido problema que había tenido con la compañía del gas, y los pocos canales que el proveedor de televisión por cable me había añadido. Quería recordarle que necesitaba una nueva lavadora, hacerle saber que mi hermano Jason había descubierto que, después de todo, no iba a ser padre (lo cual estaba bien, porque tampoco era marido).

Lo más dulce de estar en pareja es compartir tu vida con alguien.

Pero mi vida, evidentemente, no había sido lo suficientemente buena para ser compartida.

3

Cuando amaneció, había podido dormir un total de media hora. Me dispuse a levantarme y hacer café, pero no parecía existir ningún motivo para ello. Así que me quedé en la cama. El teléfono sonó durante la mañana, pero no lo cogí. Llamaron a la puerta, pero no la abrí.

En cierto momento, hacia media tarde, recordé que tenía una cosa que hacer, la tarea que Bill había insistido tanto que hiciera si él se retrasaba. Y esta situación encajaba perfectamente dentro de lo que me había dicho.

Ahora duermo en el dormitorio más grande, que antes era el de mi abuela. Me tambaleé por el pasillo en dirección a mi antigua habitación. Un par de meses atrás, Bill había sacado el suelo de mi viejo armario y lo había convertido en una trampilla. Se había preparado un rinconcito a prueba de sol en el espacio hueco debajo de la casa. Había hecho un gran trabajo.

Me aseguré de que nadie me pudiera ver desde la ventana antes de abrir la puerta del armario. Sobre el suelo de éste no había nada a excepción de una alfombrilla, hecha con lo que había sobrado de enmoquetar el suelo del dormitorio. La aparté y hundí una navaja de bolsillo en la rendija del suelo para levantar la tapa. Miré la caja negra que había dentro. Estaba llena de cosas: el ordenador de Bill, una caja atestada de discos, su monitor y una impresora.

Así que Bill había previsto que esto pudiera ocurrir y había ocultado todo su trabajo antes de irse. Había tenido fe en mí a pesar de lo escéptico que pudiera ser. Asentí con la cabeza y volví a desenrollar la alfombrilla haciendo que encajara perfectamente en las esquinas. Sobre el suelo del armario puse cosas de fuera de temporada, como cajas de zapatos de verano, una bolsa de playa llena de toallas de baño, uno de mis muchos tubos de loción bronceadora y la hamaca plegable que usaba para tomar el sol. Coloqué una gran sombrilla en la esquina y decidí que el armario tenía un aspecto lo suficientemente realista. Mis vestidos de verano colgaban de las perchas, junto con algunas batas de baño muy ligeras y algunos camisones. Mi subidón de energía se desvaneció cuando me di cuenta de que estaba realizando el último favor que Bill me había pedido y que no tenía forma de decirle que había cumplido con sus deseos.

Una mitad de mí (patéticamente) quería hacerle saber que había mantenido la fe; la otra quería entrar en el cobertizo de las herramientas y ponerse a afilar estacas.

El conflicto era demasiado pronunciado para mantener un curso de acción coherente, así que me volví a arrastrar hasta la cama y en ella me apalanqué. Abandonando una vida que había dedicado a sacar lo mejor de las cosas, ser fuerte, alegre y práctica, volví a revolearme en mi pena y en un abrumador sentimiento de traición.

Cuando me desperté, había vuelto a anochecer y Bill estaba en la cama conmigo. ¡Oh, gracias a Dios! El alivio me recorrió de arriba abajo. Ahora todo iría bien. Sentí su frío cuerpo detrás de mí y me volví, medio dormida, para rodearlo con los brazos. Me aflojó el camisón largo y me acarició la pierna con una mano. Puse la cabeza sobre su pecho silencioso y hundí la cara en él. Sus brazos me rodearon con más fuerza y yo lancé un suspiro de alegría, introduciendo una mano entre los dos para desabrocharle los pantalones. Todo había vuelto a la normalidad.

Salvo que olía diferente.

Abrí los ojos de golpe y traté de apartarme, empujando contra unos hombros tan duros como la piedra. Lancé un escueto grito de horror.

– Soy yo -dijo una voz familiar.

– Eric, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

– Acurrucarme.

– ¡Serás hijo de perra! ¡Pensaba que eras Bill! ¡Creí que había vuelto!

– Sookie, necesitas una ducha.

– ¿Qué?

– Tienes el pelo sucio y podrías tumbar a un caballo con el aliento.

– Me importa un bledo lo que pienses -le solté.

– Anda, ve a lavarte.

– ¿Por qué?

– Porque tenemos que hablar, y estoy convencido de que no te apetecerá tener una larga conversación en la cama. Y que conste que no es porque a mí me moleste compartir lecho contigo -se apretó contra mí para demostrar lo poco que le molestaba-, pero lo disfrutaría más en compañía de la Sookie higiénica que un día conocí.

Probablemente nada de lo que hubiera podido añadir me habría hecho salir de la cama más deprisa que eso. La ducha caliente le sentó de maravilla a mi cuerpo helado, mientras que mi mal humor se encargó de subirme la temperatura interior. No era la primera vez que Eric me sorprendía en mi propia casa. Tendría que rescindir su invitación de entrada. Lo que me había detenido ante ese drástico paso hasta el momento, lo que me detenía entonces, era la idea de que si alguna vez necesitaba ayuda y él no podía entrar, quizá estuviera muerta antes de poder gritar «¡Adelante!».

Entré en el baño llevando conmigo unos vaqueros y mi ropa interior, junto con un jersey navideño de color rojo y verde con el motivo de un reno, más que nada porque era lo primero que había encontrado en el cajón. Sólo te puedes poner esas cosas un mes al año, y yo trato de aprovecharlas al máximo. Me sequé el pelo con el secador, añorando la presencia de Bill para que me lo cepillara. Disfrutaba mucho haciéndolo, y yo disfrutaba dejándole. Ante esa imagen mental casi volví a quebrarme, y permanecí de pie, con la cabeza apoyada contra la pared, durante un buen rato mientras acumulaba la voluntad necesaria para seguir adelante. Respiré hondo, miré al espejo y me puse algo de maquillaje. Con el invierno tan avanzado, mi moreno empezaba a flaquear, aunque no dejaba de tener un buen color, gracias a la cama de bronceado del videoclub de BonTemps.

Prefiero los veranos. Me gusta el sol, los vestidos cortos y la sensación de tener muchas horas de luz para hacer lo que quieras. Incluso Bill disfrutaba de los aromas del verano; le encantaba la fragancia del aceite bronceador (eso me dijo) y el del propio sol en la piel.

Pero lo bueno del invierno era que las noches eran mucho más largas… Al menos eso pensaba cuando tenía a Bill para compartirlas conmigo. Lancé el cepillo del pelo al otro extremo del cuarto de baño. Emitió un reconfortante sonido cuando rebotó en la bañera.

– ¡Maldito bastardo! -grité a pleno pulmón. Escucharme decir aquello a plena voz me calmó como nada lo hubiera conseguido.

Cuando salí del cuarto de baño, Eric estaba completamente vestido. Llevaba una de esas camisetas que le regalaba alguno de los proveedores de cerveza de Fangtasia («Esta sangre es para ti», ponía) y unos vaqueros. Había hecho cuidadosamente la cama.

– ¿Pueden entrar Pam y Chow? -preguntó.

Atravesé el salón hasta la puerta delantera y la abrí. Los dos vampiros estaban sentados silenciosamente en el columpio del porche. Estaban en lo que me dio por considerar una especie de modo de reposo. Cuando los vampiros no tienen nada que hacer en particular, es como si se quedaran en blanco; se retiran a su interior, sentados o de pie, pero completamente inmóviles, con los ojos abiertos y vacíos. Parece que eso les ayuda a descansar.

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