Cántico a San Leibowitz [A Canticle for Leibowitz - es]
- Автор: Miller Walter M.
- Год: 1972
- Язык: испанский
- Год: Bruguera
- Переводчик: Irene Peypoch
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Cántico a San Leibowitz [A Canticle for Leibowitz - es]». Краткое содержание книги:
Son muchos los misterios que perduran. Por ejemplo, el documento que reza: “Libra de pastrani, lata de kraut, traer a casa para Emma”. Es un enigma. Pero los monjes saben que la luz se hará algún día y que, con ella, la antigua cultura retornará.
¿Ridículo? ¿Grotesco?
Bien, si nuestro civilizado y orgulloso mundo sucumbe un día ante una catástrofe de proporciones millones de veces superiores a las del hundimiento del mundo clásico, ¿qué ocurrirá? ¿Qué quedará de nuestra civilización? ¿Cómo y por quién serán conservados, interpretados y aprovechados los vestigios tecnológicos que heredarán los hombres del mañana?
El hermano Francis musitó una oración por el difunto. Después, muy suavemente, levantó el cráneo de su lugar de reposo y le dio vuelta de modo que mirase a la pared. Fue entonces cuando descubrió la caja oxidada.
Tenía la forma de un maletín y estaba evidentemente dedicada a transportar alguna cosa. Podía haber servido para gran número de menesteres, pero había quedado muy maltrecha por las piedras arrojadas. Con sumo cuidado la separó de los escombros y la acercó al fuego. La cerradura parecía estar rota, pero la tapa se había atascado con la herrumbre. Al agitarla, la caja resonó. No era el lugar idóneo para buscar papeles o libros, pero — también era evidente — estaba destinada a ser abierta y cerrada y podía contener algún papel interesante para la Memorabilia. De todas maneras, recordando el destino del hermano Boedellus y otros, la roció con agua bendita antes de intentar abrirla y manejó la antigua reliquia tan reverentemente como le fue posible, mientras golpeaba sus oxidados goznes con una piedra.
Por fin los goznes cedieron y la tapa cayó. Pequeñas piezas metálicas saltaron de las cubetas y se desperdigaron entre las piedras, algunas de ellas perdiéndose de modo irreparable entre las hendiduras. Pero en el fondo de la caja, en el espacio debajo de las cubetas, pudo ver… ¡papeles! Después de una rápida oración de gracias, reunió tantas piezas metálicas como le fue posible y, tras colocar la tapa, empezó a trepar por el montón de escombros hacia la escalera y el pequeño pozo de cielo, con la caja fuertemente apretada bajo un brazo.
Al salir de la oscuridad del refugio, el sol le deslumbró; pero no prestó atención al hecho de que se hundía peligrosamente por el oeste, sino que enseguida empezó a buscar una piedra plana en la que poder extender el contenido de la caja y examinarlo sin peligro de perder algo en la arena.
Minutos más tarde, sentado sobre una losa rota, empezó a sacar los artilugios de metal y vidrio que llenaban las cubetas. La mayoría eran pequeñas cosas tubulares con un bigote de alambre en cada extremo del tubo. Ya las conocía. El diminuto museo de la abadía contenía algunas de diversas formas, tamaños y colores. Una vez había visto a un hechicero de los paganos de la colina usarlas como «collar de ceremonia». La gente de la colina las consideraba como «parte del cuerpo del dios» — de la legendaria Machina Analytica, aclamada como el más sabio de sus dioses —. Decían que tragándose una de ellas, un hechicero podía adquirir la «infalibilidad». De aquel modo, lo que ciertamente adquirían era autoridad ante su propia gente, a no ser que tragasen una de la especie venenosa. Los artefactos similares que tenían en el museo también estaban conectados entre sí, no en forma de collar, sino como un complejo y muy desordenado amasijo, en el fondo de una pequeña caja metálica, expuesta con el título: «Chasis de radio: Uso incierto».
En su cara interna, la tapa de la caja tenía pegada una nota; la cola se había secado; la tinta, desvanecido, y el papel estaba tan oscurecido por las manchas de herrumbre, que aunque la caligrafía hubiese sido buena, resultaba difícil de leer; pero aquello estaba apresuradamente garrapateado. Lo estudió, con muchas interrupciones, mientras vaciaba las cubetas. Parecía ser inglés de alguna especie, pero pasó más de media hora antes de poder descifrar la mayor parte del mensaje:
CARL:
Dentro de veinte minutos debo abordar el avión para [indescifrable]. Por el amor de Dios, haz que Em se quede ahí hasta saber si estamos en guerra. ¡Por favor, trata de meterla en la lista de suplentes para el refugio! No puedo conseguirle asiento en el avión. No le digas por qué la envío con esta caja de herramientas; pero trata de que se quede ahí hasta que sepamos [indescifrable] lo peor, uno de los de la lista no se presenta.
P. D. He sellado la cerradura y he puesto ALTO SECRETO en la tapa para evitar que Em la abra. Es la primera caja de herramientas que he encontrado. Guárdala en mi armario o donde quieras.