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Muerte en el Exilio

Электронная книга - «Muerte en el Exilio». Краткое содержание книги:

Laureen O'Donnell trabaja en la Casa de Acogida para Mujeres de Glasgow, donde conoce a Anne Harris, una chica que llega al centro con dos costillas rotas y en plena batalla contra el alcoholismo. Dos semanas después, el cuerpo de Anne aparece en el río, grotescamente mutilado y envuelto en una manta. Todo apunta a que el marido de Anne es el asesino, pero ¿no puede haber un culpable menos evidente?
Maureen y su amiga Leslie tratan de romper con la indiferencia que rodea el asesinato de Anne, aunque, misteriosamente, Leslie mantiene la boca bien cerrada y no cuenta todo lo que sabe. En un intento por aclarar la confusión en la que se ve sumida su vida, Maureen viaja a Londres. Sin embargo, en lugar de solucionar sus problemas, pronto se verá inmersa en un mundo de violencia y drogadicción.
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Alguien había tirado un contenedor de basura en la zona trasera de Dumbarton Court, esparciendo un olor putrefacto a comida preparada de hacía una semana, y a pañales usados. Maureen subió las escaleras despacio, parándose en cada rellano para recuperar el aliento. Cuando llegó frente a la puerta, casi quería que Moe no estuviera en casa, pero sí estaba.

– ¿Qué quiere? -dijo Moe, añadiendo un «hah» como si se hubiera acordado tarde.

– No soy del seguro -dijo Maureen, con suavidad, que estaba más preocupada porque se le pasara la resaca que por hablar en un tono amable-. Puede dejar todo el cuento de resoplar y jadear.

– Hah, no sé que quiere decir, hah.

– Moe, ¿dónde está el libro de la asignación familiar de Ann?

Moe se enderezó, la miró fijamente, abrió la puerta, la cogió por las solapas y la metió en su casa. La angina había desaparecido de repente. Cerró la puerta y se giró hacia Maureen.

– ¿Quién coño eres?

Maureen se sentía muy cómoda en la oscuridad y se rascó los ojos, porque le picaban.

– Moe, ¿tienes el libro de la asignación familiar de Ann? -susurró Maureen.

– ¿Eres policía?

– No -dijo Maureen-. Sólo soy una amiga de la familia de Jimmy. Mira, Ann murió hace diez días y alguien sigue sacando el dinero del libro. ¿Lo tienes tú?

– Si sólo eres una amiga de Jimmy, no tengo por qué contestarte, ¿no?

– No, Moe, no tienes que hacerlo, pero yo sé lo del libro y sé lo de sus viajes a Glasgow con la bolsa grande, y también sé por qué quieres la Polaroid. ¿Qué crees que debería hacer con esa información?

Arrugó la barbilla y empezó a llorar mientras jugaba con su anillo de casada. Se le sonrosó la cara, como la de Ann. Maureen estaba muy bien en el recibidor oscuro y las frías paredes, pero le temblaban las rodillas.

– Venga, sentémonos -dijo, y llevó a la mujer llorosa al salón.

Moe lloró un buen rato, con la cara escondida entre las manos, y cada vez que se calmaba un poco, la cara de Maureen la hacía volver a llorar.

– Moe -dijo Maureen, tranquilamente-. Tienes una hermana alcohólica que no vive contigo. Viene a visitarte, se va y dos días más tarde denuncias su desaparición. Podía haberse ido a casa y no llamarte, podía estar tirada en algún sitio borracha después de una noche de juerga. Es absurdo que denunciaras su desaparición. -Moe estaba mirando al suelo, frotándose los ojos mojados. Maureen suspiró-. ¿Te importa que fume?

Moe agitó la cabeza. Maureen sacó el paquete y encendió un cigarro. Se echó hacia delante y se agachó para coger el cenicero de debajo de la silla. Lo cogió y lo dejó en el brazo del sillón. Moe la observaba mientras se tranquilizaba.

– ¿Quieres uno? -preguntó Maureen amablemente.

Moe volvió a agitar la cabeza y se puso la mano encima del corazón, entre sollozos, y se giró. Maureen, con una resaca demasiado importante como para discutir con una mujer sobre su enfermedad del corazón, esperó pacientemente a que Moe dejara de llorar. Le ofreció un pañuelo.

– Gracias -dijo Moe, con voz de niña, y levantando la mirada-. ¿Puedo llamar por teléfono?

– No. Quiero que te sientes y que hables conmigo cinco minutos. Luego podrás llamar a quien tú quieras.

Moe se rascó la nariz.

– Pero quiero llamar a mi marido.

– Después.

Moe la miró para ver si hablaba en serio y se encontró con los ojos rojos de Maureen y los nudillos llenos de heridas.

– Vale -dijo, encogiéndose de hombros-. ¿Qué quieres?

– Háblame del libro.

Moe jugueteó con la tela del brazo del sillón.

– Lo tengo yo -dijo-. No creí que tuviera importancia, ahora que Ann está muerta.

– Sí que importa. Significa que no lo reciben los niños. Quémalo.

– Vale. -Moe todavía tenía los últimos síntomas nasales después de llorar.

Maureen dio una calada al cigarro y la miró.

– ¿Te suena un hombre llamado Tam Parlain?

– Claro. Todo el mundo lo conoce. Son los tipos como él los que hacen que vivir por esta zona sea un infierno. Le compran droga y vienen aquí a pincharse.

Maureen dio otra calada al cigarro.

– Sé que Ann pasaba droga -dijo Maureen, pausadamente-. ¿Cuál es su historia, Moe? ¿Por qué te habló de Leslie Findlay, en realidad?

Moe empezó a llorar otra vez, con la cara tapada y jadeando, e intentó hacer una representación aceptable de ella misma la última vez que se había puesto a llorar.

– No, por favor, ya es suficiente -dijo Maureen, en un tono muy apático-. Sé que esto no va en serio, déjalo ya.

Viéndose descubierta, Moe se incorporó, recuperó la compostura, se puso colorada y miró el cigarro de Maureen.

– ¿Me das uno? -dijo.

– Claro. -Maureen le dio un cigarro y se lo encendió, y puso el cenicero en el otro brazo del sillón para que Moe no tuviera que estirarse demasiado al tirar la ceniza-. Ahora cuéntame. ¿Para quién pasaba drogas Ann?

– No lo sé -dijo Moe-. Alguien pagó sus deudas y, a cambio, la obligaron a hacerlo. Sabía que corría peligro, me habló de la foto y me dio la dirección de la casa de acogida para que pudiera decírselo a la policía si le pasaba algo. Estaba muy preocupada por sus hijos… -rompió a llorar, esta vez de verdad-… estaba preocupada por ellos, por si les pasaba algo.

– ¿No sabía que la policía acusaría a Jimmy de pegarla?

– No -dijo Moe-. Pensó que al final se sabría todo.

– Debió haberles dicho la verdad a la gente de la casas de acogida.

– Pero si se lo hubiera dicho, no la habrían dejado quedarse, ¿no? La habrían enviado a la policía y ella no podía ir a la policía.

Moe tenía razón, Ann no podía decírselo. La hubieran echado inmediatamente.

– ¿Por qué le dieron aquella paliza tan brutal? -preguntó Maureen.

– Perdió un paquete entero de droga.

– ¿Lo perdió?

– La atracaron.

– ¿Qué pasa con la Polaroid?

– El hombre de la foto era su novio -dijo Moe-. Iba a protegerla. Me dijo que, si algo iba mal, que hablara con él.

– ¿Cómo se llama?

– No lo sé. Me dijo que dejaría una foto y que con eso lo encontraría.

– ¿Y por qué la quieres?

– Sólo quiero saber qué estaba haciendo -dijo Moe, desesperada-. Por qué trabajaba para esos… traficantes. Nuestra familia nunca ha tenido nada que ver con ese mundo. Venimos de una familia decente. ¿Puedo quedarme la foto?

– No -dijo Maureen-. Ya no la tengo pero ese hombre se llama Frank Toner y bebe por esta zona.

– ¿En Streatham?

– No, en Brixton. Coach and Horses.

– Pensaba que vivía en Escocia. ¿Qué pasó con la foto?

– Se la di a un hombre que conocí en un bar.

Moe estaba muy indignada.

– ¿Y por qué se la diste si te la había pedido yo?

– Tuve la sensación de que me mentías, Moe, y no quise dártela.

Maureen apagó el cigarro en el cenicero y, mientras lo hacía, Moe se echó hacia delante y le cogió la mano, apretándosela fuerte, juntando los dedos doloridos de Maureen.

– Siento haberte mentido -dijo, estableciendo un contacto visual deliberado-. No sé en quien confiar. Gracias por ser tan amable conmigo. Nunca lo olvidaré.

Maureen se soltó de la mano de Moe y se levantó.

– Mira, cuídate mucho. Y quema ese libro.

– Lo haré -dijo Moe, insegura-. Lo haré.

– Ahora ya puedes llamar a quien quieras.

Moe acompañó a Maureen hasta la puerta y la cerró por dentro con una doble vuelta de llave.

La luz del sol y el tiempo benigno acentuaban el olor de los cubos de basura y Maureen contuvo el aliento mientras salía corriendo del patio trasero. Recibió otro mensaje por el busca. Lo sacó y vio que Leslie le había dejado el número de un móvil y quería que la llamara urgentemente. Bajó por una calle hasta la estación y pronto llegó a una bonita calle con casas bajas y adosadas, con plantas enredaderas en las paredes y jardines. Encendió un cigarro y caminó despacio. Un coche pasó junto a ella lentamente, frenando al pasar por encima de las líneas, acelerando en los espacios intermedios. Si Moe tenía el libro entonces Ann debió de firmarle los cheques por adelantado. Lo debía de saber, pensó Maureen de repente, debía de saber que iba a morir.

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