Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– ¿Vamos a cenar juntos esta noche?
Le sonrío.
– No puedo.
– Venga, me gustaría hacer las paces contigo.
– Pero si ni siquiera hemos reñido. Es demasiado tarde para avisar a mis padres, no me dejarán.
– Invéntate algo.
En realidad podría decir que voy a casa de Alis. A veces cenamos allí, como la otra noche, cuando decidimos preparar una de esas pizzas precocinadas. La cocinera no estaba y la madre de Alis había salido para acudir a una fiesta. De manera que en la casa sólo estaban los perros y, como no podía ser de otro modo, la pareja de criados filipinos, que por lo general no suelen darnos la lata. ¡Clod organizó un lío! Quería aderezar las pizzas, que eran unas simples Margaritas congeladas, con jamón de York, alcaparras y anchoas. Después encontró también en la nevera calabacines y beicon. En resumen, ¡que le echó de todo y acabó siendo una pizza demasiado pesada! ¡Pero cómo nos reímos! ¡De haber tenido a mano castañas, seguro que Clod le habría añadido también algunas! Mis padres me dejan escaparme a casa de Alis si se lo advierto, al menos., con dos días de antelación, y siempre y cuando Clod pase a recogerme y me lleve de vuelta a casa a las once. Ahora sería difícil inventarse algo y, sinceramente, no sé… Tal vez sea por lo que acaba de suceder, el caso es que no tengo muchas ganas.
– Lele, mis padres me reñirían…
Él se queda en silencio por unos segundos. Agacha la cabeza. Después se convence de lo que le he dicho y vuelve a levantarla risueño.
– Vale. ¿Y qué me dices de mañana, te apetece jugar?
– ¿Por qué no?, ¡te reto a un partido!
Le doy un beso en la mejilla, pero cuando me separo veo que se enfurruña, como si le hubiese molestado. Tiene dieciocho años y parece más infantil que yo. Me mira.
– ¿Por qué te despides así de mí? -me pregunta.
Me acerco y lo beso fugazmente en los labios, pero él no me da tiempo a separarme porque me abraza y me da un beso más largo. ¡Y profundo! ¡Desde luego! Justo aquí, junto al portón. Está chiflado. No me suelta. Me abandono. Sigue besándome. Con la lengua, y no se lo impido. Y me resulta extraño recibir aquí fuera, con el frío que hace, un beso tan… cálido. Por suerte, Rusty James ya no vive aquí. Parece el título de una película. Si me pillase, me mataría. Pero ¿cómo es posible que no deje de pensar en todas esas cosas mientras beso a Lele? ¿Qué es lo que se supone que debe pensar uno mientras besa? Tengo que preguntárselo a Alis. A Clod, por descontado, no. ¡O mejor aún, a mi hermana Ale! En cualquier caso, sigue besándome. ¿Y si viniese alguien?
– Esto, eh…
Ojalá no lo hubiese dicho. Al oír esas palabras, Lele y yo nos separamos. Ya está. Justo lo que no debía suceder. La señora Marinelli. Segundo piso. Una de las vecinas más cotillas del edificio. Mi madre no se cansa de repetir que esa mujer siempre tiene algo que decir sobre todo y sobre todos.
– Su hijo aparca mal la moto. Su hija tira los cigarrillos delante del portón…
– Pero si usted no sabe maniobrar, ¿qué podemos hacer nosotros? -le responde mi madre-. Además…, se equivoca usted, ¡mi hija Alessandra no fuma!
Y ahora, ¿qué le dirá? «Su hija Carolina nos impide entrar en el edificio mientras se besa delante del portal.»
Qué mala suerte. La señora Marinelli saca las llaves y me sonríe de una manera extraña, forzada.
– Perdonad, ¿eh?, tengo que entrar.
– Disculpe…
Me hago a un lado. Lele aprovecha la ocasión para despedirse.
– Adiós, a lo mejor te llamo después.
También él parece ligeramente cohibido, así que desaparece de repente demostrando una habilidad que superaría la de más de un mago. La señora Marinelli tarda un poco en encontrar la llave del portón y, cuando por fin lo logra, oigo una voz a mis espaldas.
¡Dejad abierto!
Mi madre. ¡No me lo puedo creer! ¿Qué es esto?¡The Ring! ¡No, peor aún, Saw 1, 2,3 y 4 juntas! Una superpelícula de terror.
Mi madre llega exultante, parece un poco cansada, pero va cargada con dos bolsas de la compra.
– ¡Hola, Caro!
– ¡Espera, mamá, te echo una mano!
Corro hacia ella y le cojo una de las bolsas.
– No cojas ésa.
– ¡Pero si pesan lo mismo!
– Sí, pero en ésa llevo los huevos.
La consabida confianza en mí. ¿Y si hubiese llegado un poco antes? ¡Más que romper los huevos, habríamos hecho una buena tortilla! Miro a mi madre y le sonrío. Ella me devuelve la sonrisa. A continuación alza los ojos al cielo como si dijese: «Teníamos que encontramos justamente a la señora Marinelli.» Mejor evitarla, es una auténtica plasta. ¡Pues sí, a mi me lo vas a decir!… Arqueo las cejas como si quisiese darle a entender «Ya lo creo…». Pero en realidad ha sido gracias a su «Esto, eh…» que Lele y yo nos hemos separado, así que, ¡en el fondo le debemos un favor! ¡De no haber sido por ella, el «esto, eh…» lo habría dicho mi madre! ¡Socorro!
Y ahora, ¿qué hago? Las tres estamos delante del ascensor. ¿Subo por la escalera como siempre y las dejo solas? En ese caso, ¿de qué hablarán? La señora Marinelli lo está deseando, faltaría más… Hablará, se lo contará todo, nuestro secreto… Tengo que evitar que se queden solas. En cuanto llega el ascensor y se abren las puertas, me precipito dentro. Mi madre me mira sorprendida.
– ¿No subes a pie?
– No, no. Voy con vosotras. -Le sonrío-, Así te ayudo a llevar la compra.
La señora Marinelli me mira como si pensase: «Sí, claro, ¿seguro que sólo vienes por eso?»
De modo que iniciamos nuestro viaje en ascensor. Las tres permanecemos calladas con una expresión que lo dice todo.
La señora Marinelli arquea las cejas, desaprobándome aguda y maliciosa, y a continuación me mira con una sonrisa interrogativa que parece querer decir: «Se lo contarás a. tu madre, ¿verdad?»
Y yo le devuelvo la mirada con semblante de arrepentimiento como si le respondiese: «Claro, claro, he cometido un error, pero se lo diré todo…»
Ella parece asentir con la cabeza y esboza una sonrisa más tranquila que da a entender: «Ya sabes que, si no se lo dices tú, tarde o temprano se lo diré yo.»
Y yo sonrío imperturbable como si le respondiese: «Sí, lo sé, quizá también ése sea el motivo de que haya decidido contárselo todo.»
El ascensor se para en el piso de la señora Marinelli y ella sale.
– Adiós -dice, y acto seguido me sonríe de forma extraña-. Buenas noches -añade, como si en realidad quisiese decir: «Buena charla.»
Mi madre pulsa el botón de nuestro piso. Apenas se cierran las puertas, me mira.
– ¿Se puede saber qué le pasaba a la señora Marinelli?
– ¡No sé…, yo qué voy a saber!
– Parecía muy extraña y además te miraba con una cara…
Es inevitable, a mi madre no se le escapa nada.
– Bueno, sí… -Quizá sea mejor coger el toro por los cuernos-. ¿Sabes, mamá? ¿Recuerdas a Lele, ese chico con el que juego al tenis de vez en cuando?
– Sí, dime.
La curiosidad de mi madre se acrecienta, parece también un poco preocupada. El ascensor llega a nuestro piso y yo me apresuro a salir de él.
– Oh, mamá, ya sabes…, lo de siempre.
Mi madre corre detrás de mí, se planta delante de la puerta y deja la compra en el suelo.
– No. No sé en absoluto de qué me hablas. -Ahora parece muy inquieta-. ¿Qué es «lo de siempre»?
– Lo que puede suceder entre un chico y una chica…
Mi madre me mira y casi pone los ojos en blanco. Es demasiado aprensiva. De manera que decido contárselo todo.
– ¡Quería que le diese un beso y yo le dije que no!
– ¡Ah!
Exhala un suspiro de alivio a medias.
– Eso es todo, te lo he contado todo.
Bueno, la verdad es que se lo he dicho casi todo, ¿no? Es decir, en un primer momento no quería darle ese beso. Eso es, digamos que le he contado esa parte de la historia… Pues bien, lo sabía, no ha sido suficiente. Al final hemos hablado durante toda la noche. Dado que mi padre había dicho que volvería tarde y que Ale había salido, nos hemos quedado solas. Mi madre me ha dicho algo precioso: «¡Por fin! ¡Como dos verdaderas amigas, tú y yo, nosotras dos solas!»