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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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¿Y a qué vienen estos sentimientos contradictorios y esta depresión?

A que deseo ver muerto a Plunkett.

Anderson no me molesta como Plunkett; ¡si hasta se echó a llorar cuando le comuniqué que dos de sus primos habían sido asesinados! Plunkett, en cambio, no puede albergar tales sentimientos, ni ninguno que no sea su propia intransigencia. Parece como si me estuviera justificando, de modo que voy a hacerlo. No soy un hombre vengativo, ni de ideología ultraderechista, y sé distinguir entre la necesidad de justicia y la sed de venganza. No me atenaza ningún sentimiento de culpabilidad irracional por no haber puesto bajo vigilancia la casa de Croton, pues di crédito a Anderson cuando me dijo que no había visto a Plunkett desde 1979. Pese a ello, sigo queriendo que Plunkett muera. Lo quiero muerto porque nunca sentirá remordimiento, ni culpa, ni la menor pena o ambivalencia respecto al dolor que ha causado, y porque ahora se dispone a escribir su biografía, representado por un agente literario que le aportará documentos oficiales de la policía para ayudarle a contarla. Lo quiero muerto porque está explotando aquello en lo que más creo para dar satisfacción a su propio ego. Lo quiero muerto porque ahora ya no me pregunto por qué. Ahora, sencillamente, lo sé: el mal existe.

Un mes antes del juicio de Plunkett, Ducky Buckford y yo mantuvimos una charla con el director del Buró. Éste comentó que me veía muy agotado y me ordenó que me tomara unas vacaciones y viajara. Carol no podía acompañarme porque tenía clases, de modo que me marché solo. ¿Dónde estuve? En Janesville, Wisconsin, y en Los Ángeles, donde crecieron Anderson y Plunkett. ¿Qué descubrí? Nada, salvo que lo que es, es, y que el mal existe.

Hablé con unas cuarenta personas que los conocían. Siendo adolescente, Anderson obligaba a chicos de menor edad a practicar actos homosexuales; también torturaba animales. Plunkett merodeaba por el vecindario mirando por las ventanas. El traficante de marihuana al que Anderson mató en el cumplimiento del deber era un antiguo amigo suyo convertido en enemigo y estoy seguro de que lo hizo premeditadamente. La primera muerte de Plunkett tuvo lugar, casi con certeza, en 1974, en San Francisco: el DPSF lo interrogó tres días después de que un hombre y una mujer que vivían delante de su casa apareciesen asesinados a golpes de hacha. Revisando sus informes escolares, encontré al típico chico americano y al chico extraño de inteligencia superior, pero ninguna mención de nada parecido a un trauma significativo, de los que se arrastran toda la vicia. De regreso a casa, en el avión, me emborraché y brindé por la Iglesia holandesa reformada. El mal existe, preempaquetado desde el nacimiento, predestinado desde el útero. Si, como sugiere el doctor Seidman, Plunkett y Anderson son homosexuales sádicos, su mutua pasión no se basa en el amor, sino en el reconocimiento del mal por parte de un mal equivalente. Mamá, papá, reverendo Hilliker, Calvino, teníais razón. Por más que me pese, os la concedo.

Ya en casa, enseguida que llegué, hice algo que no había hecho en veinticuatro años de matrimonio. Inspeccioné los cajones de la cómoda de Carol. Descubrí que el diafragma no estaba en su caja y empecé a tirar cosas por todas partes. Cuando me serené un poco, volví a recogerlas y en ésas llegó Carol. No dijo una palabra y yo no le pregunté nada, y últimamente se ha mostrado tan cariñosa y atenta que todavía no puedo decirle nada. Es evidente que algo ha de pasar, pero temo que si doy el primer paso, nos llevemos una buena sorpresa.

Unas reflexiones finales sobre Plunkett:

A veces pienso que lo único bueno que ha salido de lo que ese monstruo me ha enseñado es mi decisión de continuar mirando al mal cara a cara. Si mi destino es convertirme en un típico policía de Homicidios implacable, sea. Si Plunkett ha sido un indicador de dirección, un villano preempaquetado que me mandaba Dios para impulsarme a seguir buscando asesinos, sea. Si todo eso es verdad, seré capaz de reconciliar mi propia faceta lógica y metódica con la parte mística y desilusionada para seguir adelante.

Lo único que no está a la altura de todo ello soy yo mismo. Tengo casi cincuenta años y no me considero con la energía necesaria para volverme frío, duro y motivado. Eso queda para los jóvenes… y para Plunkett.

27

15 de junio de 1984.

Estaba tumbado en el camastro cuando oí movimiento en el pasillo de delante de la celda. Pensé que se trataba de otro funcionario o de un administrador curioso por ver al asesino silencioso en carne y hueso y no aparté la vista del techo. Entonces olí a alcohol, miré hacia fuera y vi a Dusenberry agarrado a los barrotes.

– Háblame -ordenó.

Decidí no hacerlo. Había roto mi silencio durante la contratación de mi agente literario y había hablado con los administradores de Sing Sing presentes en el acto, pero el agente del FBI que me había capturado, borracho a las dos de la tarde, no merecía respuesta. Continué mirando al techo y pasando películas mentales de colores.

– ¿Le diste por culo a Anderson, o te dio él a ti?

Los remolinos que veía eran rosa pastel y beis.

– Seguramente lo segundo. Van a por ti, muchacho. Ronnie ha llenado el Tribunal Supremo de jueces despiadados. Colorado ha formado un equipo de los mejores abogados para que encuentren la manera de freírte el culo.

Ahora, el marrón oscuro y el rojo se fundían suavemente.

– Si te fríen, nunca llegarás a escribir el libro. Serás olvidado. El marrón y el rojo se convirtieron en azul y éste se volvió más intenso.

– ¡Mírame, hijo de puta!

Los colores seguían intensificándose y se separaban lentamente para regresar a los tonos originales, sólo que más bonitos.

– ¡No permitiré que me vuelvas como tú!

Más intensos, más tenues, más bonitos.

– ¡Hijo de puta! ¡Nunca, nunca! ¡No seré nunca una mierda como tú!

Mientras oía a los carceleros que se llevaban a Dusenberry, los colores se difuminaron, más bellos que nunca.

Del diario de Thomas Dusenberry:

19/6/84

Lo sucedido con Plunkett llegó a oídos del Director. Éste envió una reprimenda vía Ducky Buckford. «No permitas que vuelva a suceder nada parecido.» Ducky recomienda que me mantenga en segundo plano y algún resultado rápido y espectacular en el Grupo Especial, aunque haya de hurtarle el mérito a otro agente. Esto no puedo hacerlo, por supuesto; sería demasiado pragmático, al estilo Plunkett.

Anoche me encaré con Carol. Reconoció que tenía una aventura con uno de sus profesores. Fui capaz de mantener la calma hasta que empezó a racionalizar por qué había ocurrido. Tenía razones lógicas para todo y, cuando comenzó a enumerarlas, le pegué. Lloró y lloró y, al cabo de diez minutos, recuperó la lógica y la racionalidad y me dijo: «Tom, no podemos seguir así.»

Yo lo sabía antes incluso de que lo dijera.

Una buena noticia, si así puede decirse: ayer, Anthony Joseph Anzerhaus, el que arrancaba el cuero cabelludo a los niños, murió de un disparo cuando cruzaba la frontera mexicana para entrar en Tejas. Un agente de fronteras lo reconoció y fue a sacar la pistola. Al verlo, Anzerhaus metió la mano bajo el asiento y el agente, creyendo que escondía un arma, le disparó. No era un arma; era un oso panda de peluche. Anzerhaus murió acunándolo como un bebé.

Llamé a Jim Schwartzwalder, le di la noticia y se derrumbó; entonces se puso al teléfono Su esposa y repetí la historia. Cuando le pregunté por qué Jim se lo había tomado tan mal, me contestó: «No quieras saberlo.»

Tiene razón. No quiero saberlo.

Lo que sí quiero saber es si alguien honrado puede sacar provecho del punto muerto al que he llegado con Plunkett. En cuanto logre determinarlo, me olvidaré para siempre de ese maldito hijo de puta.

Del New York Times, 24 de junio de 1984:

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