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El Valle De Las Sombras

Электронная книга - «El Valle De Las Sombras». Краткое содержание книги:

Sor Fidelma ha sido enviada por su hermano, rey de Cashel, ante el jefe de Gleann Geis, el «valle prohibido». Con el temible Laisre deberá negociar el permiso para construir en su territorio una iglesia cristiana y una escuela que reemplacen los santuarios paganos de los druidas. Laisre es famoso por su hostilidad hacia la nueva religión, y Fidelma sabe que tiene entre manos una misión nada fácil. En efecto, a la entrada de Gleann Geis, la recibe una visión espeluznante: los cuerpos desnudos de treinta y tres jóvenes asesinados, dispuestos en un círculo. Cada cadáver muestra las señales de haber sido apuñalado y estrangulado; cada cráneo ha sido destrozado. ¿Quién puede ser el responsable de un acto tan siniestro sino el salvaje Laisre?
A medida que avanza con el hermano Eadulf a través del valle de las sombras, Fidelma se ve enfrentada a un peligro que nunca antes había conocido.
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Lanzó una mirada intensa sobre todos los atónitos presentes y dio media vuelta a la puerta, haciendo una señal a Eadulf para que la siguiera.

Cuando cruzaban el patio, el joven monje casi tenía que correr para ir a su paso.

– ¿Habéis visto cómo os miraba Colla? -preguntó sin aliento-. Al decir que resolveréis el problema mañana, estáis invitando a Colla y a Orla a atacaros esta noche.

Fidelma sonrió con gravedad.

– Espero que lo hagan. Sería el modo más rápido de resolver la cuestión.

A Eadulf no le hacía ninguna gracia.

– Será una noche muy larga antes de que Ibor llegue -anunció, y luego hizo una pausa-. Espero que no estéis diciendo con esto que no tenéis más plan para resolver el asunto que asustar a Colla y a Orla; ¿acaso pretendéis esperar a que os ataquen para demostrar así que son culpables?

– Eclesiásticos en el libro de los textos apócrifos -respondió enigmáticamente.

– ¿Yeso qué significa? -preguntó Eadulf de malhumor.

– No reveléis vuestros pensamientos a nadie, para no ahuyentar la buena fortuna.

Entraron en la casa de huéspedes. Estaba vacía. Eadulf llevó las alforjas a las habitaciones, mientras Fidelma avivaba el fuego en la cocina preparando agua para los baños. Estaban colocando los troncos, cuando entró Rudgal con un cesto.

– Dejad que yo lo haga, hermana -insistió en cuanto la vio, depositando el cesto sobre la mesa.

Fidelma, que estaba de rodillas tratando de encender el fuego, se levantó con una sonrisa de agradecimiento.

– Acepto encantada, Rudgal. Supongo que Cruinn sigue enfadada con nosotros, ¿no?

Rudgal se inclinó para echar leña al fuego.

– Cruinn tiene devoción por el jefe y su familia. Supongo que sigue estando enfadada con vos por haber acusado a la señora Orla y a su esposo, Colla.

– Es bastante intransigente para ser una hostalera -observó Eadulf al bajar las escaleras-. Debería mantenerse al margen y no juzgar a las personas a las que debe atender.

Rudgal lo miró con cara de pocos amigos.

– Cierto, cada uno debería mantenerse al margen de lo que hacen los demás.

Eadulf recordó entonces la curiosa actitud de Rudgal al encontrarle con Esnad la noche anterior.

– Entonces, Rudgal, ¿nos habéis traído comida? -preguntó Fidelma para desviar la atención, dirigiéndose hacia el cesto, como si no hubiera advertido la mala cara de Rudgal.

– Así es, hermana -contestó Rudgal, lacónico.

Había atizado la leña hasta obtener un intenso fuego. Se irguió y fue hasta el cesto.

– El agua no tardará en calentarse -añadió-. ¿Preferís comer antes o después del baño?

– Nos bañaremos antes de comer.

– En tal caso, iré a preparar los baños -se ofreció Rudgal-. ¿Os importa estar atenta al fuego mientras tanto?

Cuando hubo entrado en el cuarto de baño, Eadulf miró a Fidelma con una mueca y le susurró:

– Tengo la impresión de que me guarda rencor por algo, y me temo que tiene que ver con esa niña, Esnad. ¿Creéis que podría estar celoso o algo parecido? No, no, eso sería absurdo.

– Quizá deberíais averiguar qué le sucede -reflexionó Fidelma-. Después de comer algo, podrías ir a ver a Esnad para intentar saber de qué se trata.

Eadulf parecía incómodo.

– No quiero dejaros sola antes de que llegue Ibor. Si vais a hacer de señuelo para atrapar a Colla y a Orla, entonces corréis un grave peligro.

Fidelma movió la cabeza.

– Después del baño y la cena, tengo intención de ir a la sala de festejos de Laisre para incomodar a Orla y a Colla. No pueden hacerme nada delante de la asamblea. Creo que, si intentan algo, lo harán por la noche, cuando todo esté en silencio -dijo, y le sonrió con picardía-. Puede que vos corráis más peligro con Esnad que yo con Orla y Colla.

Eadulf se sonrojó.

– No es más que una niña -murmuró-. Pero tenéis razón, hay algo en el comportamiento de Rudgal que debe explicarse.

Después de una hora más o menos, Eadulf dejó a Fidelma en la puerta de la sala de festejos y se dirigió hacia el aposento de Esnad. Sabía dónde estaba porque recordaba su visita al edificio que albergaba la biblioteca de Murgal; era el mismo edificio que alojaba a Marga, la boticaria, y a Orla y Colla.

Al cruzar el patio, vio la oronda figura de Cruinn salir de la botica de Marga, y la saludó ostentosamente. La mujer se dio la vuelta en la penumbra del atardecer, le lanzó una mirada y, sin decir nada, se apresuró a marcharse. Saltaba a la vista que la hostalera se empecinaba en mostrar su hostilidad hacia él.

Eadulf entró en el edificio y se topó con Laisre en el vestíbulo. Al jefe no pareció gustarle el encuentro, y le preguntó con voz bronca qué hacía allí. Eadulf consideró que no convenía mencionar a Esnad, y dijo que se dirigía a la biblioteca de Murgal. Laisre dio un gruñido por respuesta y, sin decir más, salió. Se veía que tenía tantas ganas de perder de vista a Eadulf como el monje de salir de Gleann Gleis.

Eadulf se dirigió hacia la estancia donde recordaba haber visto a Esnad. Esperó un momento para armarse de valor y llamó a la puerta. Cuando la voz de la joven le pidió que pasara, Eadulf puso las manos dentro de las mangas y entró.

Esnad, que estaba sentada en una silla, levantó la vista con un gesto de sorpresa. Luego sonrió; casi era una sonrisa señorial. Ante ella tenía una tabla de madera desplegada, sobre la cual había dispuesto el tablero y las piezas para jugar al Brandub. Estaba sentada frente a la tabla, y era evidente que había estado analizando una partida para dar con un movimiento estratégico. Eadulf miró a su alrededor. Esnad estaba sola. En la chimenea ardía un fuego, ya que, pese a ser verano, refrescaba. La tenue luz del atardecer entraba por un ventanuco, pero la joven ya había encendido una lámpara, que había colgado en el techo, sobre la mesa.

– ¡Ja, sajón! Había oído que habíais regresado. ¿Habéis venido a jugar al Brandub conmigo? -dijo a modo de saludo.

– Eh… no exactamente -musitó, preguntándose cómo iba a abordarla.

– No os preocupéis: yo os enseñaré a jugar.

Eadulf tuvo el impulso de rechazar la propuesta, pero entendió que no obtendría nada de la hija de Orla si se dejaba dominar por sus escrúpulos.

– Pasad y cerrad la puerta -le ordenó con la autoridad de una persona mayor.

Eadulf entró y cerró la puerta.

Ella lo miró con una expresión ambigua.

– ¿Nunca habíais jugado al Brandub?

Eadulf iba a reconocer que no había jugado a otra cosa con sus compañeros de estudios en Tuam Brecain, pero se contuvo a tiempo y negó con la cabeza.

– Seguiré vuestras instrucciones -anunció con gravedad, sentándose en la silla que había frente a ella.

Era una buena ocasión, ya que durante el desarrollo del juego podría hacerle preguntas.

Esnad no bajó la vista para jugar.

– ¿Sabéis qué significa Brandub?

– Es fáciclass="underline" cuervo negro.

– Pero, ¿sabéis por qué llamamos así al juego?

Eadulf había oído la explicación varias veces, pero afectó ignorancia.

– El cuervo es el símbolo de la diosa de la muerte y la batalla. Simboliza el peligro. El propósito del juego es sobrevivir al ataque de la fuerza hostil del oponente…, un jugador ataca, y el otro se defiende.

El monje hizo ver que estaba enfrascado en la explicación, como si fuera la primera vez que la oía. Esnad señaló el tablero con la mano y prosiguió:

– Como veis, el tablero está dividido en cuarenta y nueve cuadrados; siete cuadrados por siete cuadrados. En el cuadrado de en medio se coloca esta pieza grande que veis, el rey.

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