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Электронная книга - «Casi Un Caballero». Краткое содержание книги:

A instancias de su padre, Lady Victoria Wexhall se ve forzada a viajar de Londres a la finca rural del vizconde Sutton, en Cornualles, donde no se interesa tanto por el noble como por su hermano menor, el doctor Nathan Oliver, un antiguo espía. El destino ha vuelto a unir a Victoria con el primer hombre a quien besó, hace tres años, antes de que desapareciera del mapa tras el fin turbio de una de sus misiones. Espoleada por la búsqueda de unas joyas robadas y la persecución del ladrón, la relación entre Victoria y Nathan avanza a fogonazos por una novela donde abundan los pretendientes de alcurnia, los diálogos incisivos y la sensualidad de la Regencia.
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«No.»

– Sí, estoy bien. -Nada más lejos. Y tú eres la única culpable, pensó. Se apartó de ella y se acercó al hogar a grandes zancadas para coger las toallas olvidadas. Se aseó en el lavabo, dándole la espalda. Les separaban unos metros. Nathan inspiró hondo, aliviado al sentir que recuperaba el autocontrol. Excelente. Como había sospechado, lo único que necesitaba era poner un poco de distancia entre ambos. ¿Cómo se podía esperar de él que pensara adecuadamente teniéndola desnuda debajo? No, no podía. Aunque por fin sí lo logro. Una distracción… eso era ella. Una hermosa distracción con olor a rosas. Le inundó una oleada de alivio. A Dios gracias, todo estaba de nuevo en orden.

Después de escurrir el exceso de agua de la toalla, se volvió. Sus ojos se encontraron con los de Victoria, que le miraban desde el otro extremo de la habitación, y el alivio y supuesto orden se desvanecieron como una nube de humo en un vendaval.

La amaba.

Maldición.

Dando muestras de una calma que no sentía, volvió a la cama con la toalla humedecida. Apoyó una cadera en el colchón y limpió suavemente la prueba de la agotada pasión que ambos habían compartido. Se obligó a concentrarse en la labor, evitando en todo momento mirar a Victoria por miedo a que ella leyera en sus ojos sus sentimientos, a que descubriera lo que su corazón anhelaba proclamar pero no podía: «Te amo».

Una griega de enfado consigo mismo se abrió en él. Demonios, durante los años que había prestado sus servicios a la Corona, se había convertido en un experto en el arte de la mentira. Había aprendido a ocultar sus emociones tras una máscara inexcrutable. No sería difícil volver a hacer uso de esas habilidades. «Ya no eres ese hombre», susurró su voz interior. No, no lo era. Y tampoco deseaba serlo. Sin embargo, durante el tiempo que se prolongara su estancia en Cornwall, tendría que fingir serlo.

Dejando a un lado la toalla usada, tapó a Victoria con la sábana. Solo cuando la pálida y desnuda belleza de ella quedó por fin cubierta se atrevió a mirarla. Y sintió paralizarse su interior.

Victoria tenía los ojos muy abiertos de puro desconsuelo y colmados de lágrimas no vertidas. Le temblaba el labio inferior; una visión que golpeó a Nathan en pleno corazón.

– Te he disgustado -susurró.

Nathan entrelazó suavemente los dedos, impidiéndoles moverse con gesto nervioso sobre el edredón y se maldijo por haber causado en Victoria una impresión equivocada.

– No, Dios. No.

Victoria levantó la cabeza de aquel modo que a él le resultaba tan atrayente. No obstante, ni siquiera esa muestra de valor pudo ocultar el dolor y la confusión que asomaron a su mirada.

– No estoy ciega, Nathan. Si he hecho algo que te haya decepcionado, quiero que me lo digas.

– Nada -dijo él, llevándose sus manos a los labios y posando en el dorso de sus dedos un ferviente beso-. Lo juro. Si algo has hecho ha sido complacerme demasiado. -Se obligó a esbozar una sonrisa torcida-. Me has descolocado por completo, querida, cosa que, me temo, me ha sorprendido.

Parte de la preocupación se desvaneció de los ojos de Victoria con un atisbo de comprensión.

– Y no te gustan las sorpresas.

– Confieso que me resultan… inquietantes. Aunque, en este caso en particular, la he encontrado encantadora.

El alivio que embargó a Victoria no dejó lugar a dudas.

– Podría decir lo mismo.

– ¿Podrías… o lo dices? -bromeó.

Ella rió y sintió como si el sol asomara tras las nubes.

– ¿No te parece una vergonzante oferta por un cumplido?

Nathan soltó un suspiro exageradamente victimista.

– Estoy dispuesto a escuchar cualquier elogio con el que desees regalarme el oído.

– Muy bien. Creo que por fin sé qué es lo que haces mejor.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Y me encantaría que volvieras a mostrármelo.

Nathan hizo girar la mano de Victoria y le besó la palma.

– ¿Y si te dijera que todavía no te mostrado lo que mejor hago?

Una oleada de calor le recorrió al ver que los ojos de Victoria se oscurecían, dilatándose. Ella se sentó en la cama y la sábana que la cubría se deslizó sobre el lecho, revelando sus pechos.

– En ese caso, estoy más que ansiosa por descubrir qué es lo que mejor haces.

Nathan alargó la mano y frotó con los dedos los rosados pezones de Victoria, viendo cómo se endurecían al tiempo que su cuerpo experimentaba el mismo arrebato de deseo.

– Sé con certeza lo que tú mejor haces, Victoria.

Victoria arqueó la espalda bajo el poder de su mano y suspiró.

– ¿Y qué es?

– Cautivas simplemente entrando en una habitación. Fascinas… con tus inesperadas facetas. Hechizas… con una simple sonrisa. Seduces… con poco más que una mirada.

– Eso son cuatro cosas -dijo ella con un jadeante suspiro.

– Y sobresales en todas ellas.

Victoria le pasó los dedos por el cabello y tiró de su cabeza hacia ella.

– Bésame -dijo con cierto deje de impaciencia en la voz.

Conteniendo una sonrisa, Nathan le permitió que tirara de él hacia ella. Frotó sus labios contra los de Victoria y trazó la carnosidad de su labio inferior con la lengua.

– Eres muy exigente, ¿sabes?

– He decidido que resulta mucho más efectivo que ser recatada.

Al instante Nathan recordó el primer beso que habían compartido y las impacientes palabras que Victoria le había devuelto como respuesta: «Otra vez».

– Pero ¿alguna vez fuiste recatada?

Victoria se inclinó hacia atrás y una expresión confusa asomó a sus rasgos.

– No lo sé. Lo que sé es que eso es lo que se espera de mí. Aunque reconozco que me gusta… mostrarme exigente cuando la situación lo requiere. Antes de que empezara a hacerlo, lo único que conseguía eran unas palmaditas en la cabeza y verme relegada al rincón como un objeto de adorno. -Su mirada quedó prendida en la boca de Nathan y se inclinó entonces hacia delante-. Otra vez.

– Será un placer. -Pero incluso cuando sus labios se fundían con los de Victoria y la empujaba de nuevo contra el colchón y cubría su cuerpo con el suyo, Nathan supo que el placer que compartirían en los días venideros le dejaría con el dolor de un corazón roto.

Capítulo 19

La mujer moderna actual que se encuentre en una situación en la que deba elegir entre dos o más caballeros probablemente se debatirá entre la naturaleza práctica de su mente y la naturaleza emocional de su corazón. En tales casos, debería preguntarse si es mejor elegir en función a las consideraciones sociales y económicas o seguir los dictados de su corazón.

Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima.

Charles Brightmore.

Victoria corrió por el pasillo hacia su habitación, colmada de una vertiginosa y excitante sensación de anticipación. Siguiendo un acuerdo previo, Nathan se había retirado poco después de cenar mientras ella se quedaba un cuarto de hora más en el salón con tía Delia y con el padre de Nathan, tras lo cual también ella se retiró a su habitación. Sin embargo, el sueño no tenía cabida en sus planes.

Nathan… ¿De verdad había transcurrido una semana entera desde la primera noche en que él había acudido a su habitación? Parecía que el tiempo hubiera volado… un tiempo que, a pesar de no haber sido testimonio del hallazgo de las joyas, había resultado pleno en el resto de los sentidos como Victoria jamás se habría atrevido a soñar.

Haciendo uso del mapa cuadriculado que Nathan había dibujado, pasaban los días inspeccionando sistemáticamente cada área, explorando docenas de afloramientos de rocas, registrando grietas y pequeñas cuevas, buscando una forma que se asemejara a la imagen que Victoria había perfilado. A medida que cada uno de los cuadrados del mapa quedaba eliminado, las esperanzas de Victoria de lograr dar con la valija oculta se desvanecían poco a poco. Para dificultar aún más sus intentos, no habían recibido todavía ninguna respuesta p parte de su padre a la carta de Nathan, aunque teniendo e cuenta la distancia que separa Cornwall de Londres, no era de extrañar.

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