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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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– Hemos tenido suerte -dijo-. Había suficiente luz para las fotos.

Se habían ganado el descanso de un par de minutos y estaba de buen humor, con la satisfacción del deber cumplido. Audaces fortuna llevat y todo eso; aunque no estaba muy seguro del verbo. La Niña Puñales fue a sentarse a su lado, tintineante de zarcillos y pulseras, la cámara fotográfica sobre la falda.

– Digo -confirmó su voz aguardentosa y ronca. Tenía los zapatos a un lado y se frotaba los tobillos huesudos, llenos de varices-. Esta vez Peregil no puede quejarse. Por sus muertos que no.

Don Ibrahim se daba aire con el panamá, acariciando su chamuscado bigote. En aquel momento de triunfo el aroma del habano le sabía a gloria bendita:

– No -rubricó, festivo-. No puede. Él mismo es testigo ocular de que todo se ha ejecutado de forma impecable; casi castrense. ¿No es cierto. Potro?… Planteamiento, nudo y desenlace. Igual que los comandos en las películas.

De pie como si montara guardia, pues nadie le había dicho que se sentara, el Potro del Mantelete hizo un gesto afirmativo:

– Mismamente -dijo-. Planteamiento y todo eso.

– ¿Por dónde van los tórtolos? -se interesó el ex falso letrado, encasquetándose de nuevo el sombrero.

El Potro echó un vistazo calle abajo y dijo que camino del Arenal; sobraba tiempo para alcanzarlos. La luz amarillenta de los faroles le endurecía más el rostro en torno a la nariz aplastada. Don Ibrahim cogió la cámara de la falda de la Niña y se la entregó a él.

– Anda, saca el carrete no vaya a estropearse.

Obediente, entre la mano del brazo en cabestrillo y la sana, el Potro abrió la cámara mientras don Ibrahim buscaba el otro carrete. Por fin lo encontró, deshizo el envoltorio y se lo pasó a su compinche.

– Habrás rebobinado, imagino -comentó de pasada-. Antes de abrir la cámara.

El Potro se había quedado muy quieto, como si el árbitro acabase de ordenarle que no agachara tanto la cabeza, y observaba a don Ibrahim de hito en hito. De pronto cerró la tapa de la cámara de golpe.

– ¿Qué es lo que había que rebobinar? -preguntó suspicaz, alzando una ceja.

Con el carrete nuevo en una mano y el puro en la otra, don Ibrahim lo estuvo mirando un rato largo:

– Anda la hostia -dijo.

Caminaron en silencio hasta el Arenal. Quart comprobó que Macarena se volvía a mirarlo de vez en cuando, pero ni ella ni él dijeron nada. Tampoco es que hubiera mucho que decir, salvo aclarar las dudas del sacerdote sobre el encuentro con el marido: casual o intencionado. Pero, imaginó, eso no llegaría a saberlo nunca.

– Por aquí se fue -dijo al fin Macarena, cuando llegaron al río.

Quart miró alrededor. Estaban al pie de la antigua torre árabe llamada del Oro, bajando por una ancha escalinata hacia los muelles del Guadalquivir. No había un soplo de brisa, y la luz de la luna inmovilizaba las sombras de las palmeras, las Jacarandas y las buganvillas.

– ¿Quién?

– El capitán Xaloc.

La orilla se veía desierta, con los barcos de turistas oscuros e inmóviles, amarrados a sus bolardos junto a los pontones de hormigón. El agua negra reflejaba las luces de Triana en la ribera opuesta, delimitada por faros de automóviles sobre los puentes de Isabel II y San Telmo.

– Este era el antiguo puerto de Sevilla -dijo Macarena. Llevaba la chaqueta sobre los hombros y seguía estrechando su bolso de cuero contra el pecho-. Hace sólo un siglo, aquí atracaban buques de vapor, veleros… Aún había restos de lo que fue el gran centro del comercio con América, y los barcos zarpaban para irse por el río hasta Sanlúcar y después a Cádiz, antes de cruzar el Atlántico -dio unos pasos y se detuvo junto a una de las escaleras que descendían hasta el agua oscura-. En viejas fotos de la época se ven bergantines, goletas, chalupas y todo tipo de embarcaciones amarradas a las dos orillas… Del otro lado quedaban los botes de pescadores, y unos con toldos blancos que traían a las cigarreras de la Fábrica de Tabacos desde Triana. Aquí, en este muelle, estaban los tinglados del puerto, las grúas y los almacenes.

Se quedó en silencio mirando arriba el paseo del Arenal, la cúpula del teatro de la Maestranza, los edificios modernos que se interponían entre ellos y la torre de la Giralda, iluminada a lo lejos, y el oculto Santa Cruz.

– Parecía un bosque de mástiles y velas -añadió, al cabo de un instante-. Ese era el paisaje que Carlota divisaba desde la torre del palomar.

Habían vuelto a pasear bajo la sombra lunar de los árboles, a lo largo del muelle. Una pareja de jóvenes se besaba en el círculo de luz de un farol de hierro, y Quart vio a Macarena mirarlos con sonrisa pensativa.

– Parece sentir nostalgia -dijo él- de una Sevilla que nunca conoció.

Se acentuó la sonrisa de la mujer, un momento antes de que su rostro volviese a quedar en penumbra.

– Se equivoca. La conocí muy bien. Y la conozco. He leído y he soñado mucho en torno a esta ciudad. Unas cosas me las contaron mi abuelo y mi madre. Otras no me las ha contado nadie -se tocó la muñeca, allí donde debía latirle el pulso-. Las siento aquí.

– ¿Por qué eligió usted a Carlota Bruner?

Macarena tardó unos pasos en contestar.

– Me eligió ella a mí -se volvía un poco hacia Quart-. ¿Creen los sacerdotes en fantasmas?

– No mucho. Los fantasmas son refractarios a la luz eléctrica, a la energía nuclear… A los ordenadores.

– Quizá sea ése su encanto. Yo sí creo, o al menos en cierta clase de ellos. Carlota era una joven romántica que leía novelas. Vivía entre algodones en un mundo artificial, a salvo de todo. Y un día conoció a un hombre. Me refiero a un hombre de verdad. Fue como si hubiera caído un rayo a sus pies, y ya jamás pudo resignarse. Por desgracia, Manuel Xaloc también se enamoró de ella.

A veces pasaban junto a la sombra inmóvil de un pescador sentado en el muelle, la brasa de un cigarrillo, el reflejo de luz al extremo de la caña y el sedal, un chapoteo en el agua tranquila. Un pez se agitaba sobre los adoquines del muelle, y la luna centelleó en sus escamas húmedas hasta que una mano oscura lo devolvió al cubo del que había escapado en su agonía.

– Hábleme de Xaloc -pidió Quart.

– Era un joven y pobre segundo oficial de treinta años, a bordo de uno de los vapores que hacían el recorrido Sevilla-Sanlúcar. Se conocieron durante un viaje que Carlota hizo con sus padres río abajo. Dicen que era también un hombre apuesto, e imagino que el uniforme contribuía a ello. Ya sabe que eso ocurre a menudo con los marinos, los militares…

Parecía a punto de añadir «y con ciertos sacerdotes», pero la frase quedó en el aire. Pasaban junto a un barco de turistas amarrado al muelle, negro y silencioso. A la luz de la luna, Quart alcanzó a distinguir su nombre: Canela Fina.

– El caso es -proseguía Macarena- que Manuel Xaloc fue sorprendido rondando las rejas de la Casa del Postigo, y mi bisabuelo Luis hizo que perdiera su empleo. También movió todas sus influencias, que eran muchas, para que no encontrase trabajo en ninguna parte. Desesperado, decidió irse a América, a hacer fortuna; y ella juró aguardarlo. Es un argumento perfecto para un folletín romántico, ¿verdad?…

Caminaban uno junto al otro, y otra vez sus pasos los acercaron hasta rozarse. Ahora Macarena esquivó un bolardo de hierro en la oscuridad, y el movimiento la trajo hasta Quart. Por primera vez éste la tuvo muy cerca, contra su costado. Le pareció que tardaba una eternidad en apartarse de nuevo.

– Xaloc embarcó aquí mismo -añadió ella-. A bordo de una goleta llamada Nausicaa. Y a Carlota ni siquiera le permitieron decirle adiós. Vio irse el velero río abajo, desde el palomar; y aunque resulta imposible que lo distinguiera desde tan lejos, siempre aseguró que él estaba en la popa, agitando un pañuelo hasta que el barco se perdió de vista.

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