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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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—No —la voz del ayudante de sheriff se había vuelto tensa de repente—. Pero ella es muy importante para la Paz, Paul. Lo sé bien. No me extrañaría que estuviese en Livermore.

—Podrías hablar con ella. Ya sabes, haciendo ver que quieres traicionar a las fuerzas de los Quincalleros que tenemos reunidas aquí.

—¡No! Lo que yo hice no tiene nada que ver con causar daño a… —su voz fue bajando de tono, y continuó ya normalmente—. Quiero decir que no veo de qué serviría. Es demasiado lista para creerse algo así.

Wili miró hacia arriba, a través de las ramas del roble seco que cubrían el lugar de su campamento. Las estrellas deberían haberle parecido hermosas a través de aquellas ramas. Pero, no sabía por qué, se parecían más a pequeños resplandores, en los negros agujeros de las órbitas de una calavera. Aunque nadie le acusara, ¿podría el pobre Mike silenciar alguna vez a su acusador interior?

—Pero, no obstante, tal como usted dijo al referirse a la estrategia, es algo en lo que debemos pensar —Paul movió violentamente la cabeza y se frotó las sienes—. Estoy muy cansado. Veamos, tengo que hablar con Jill de todo esto. Y voy a pensar en ello. Lo prometo. Pero continuaremos mañana por la mañana. ¿De acuerdo?

Allison alargó su brazo como si pensara tocar a Paul en los hombros, pero éste ya estaba levantándose. Se alejó del fuego, andando lentamente. Allison empezó a levantarse pero, al final, se sentó y miró a los otros dos.

—Hay algo que no está bien. No está bien que Paul trate a una cosa como si fuera una persona —dijo en voz baja.

Wili no supo qué contestar y, unos instantes más tarde, los tres extendieron sus sacos de dormir y se metieron dentro de ellos.

Wili yacía entre el escondite de las baterías eléctricas y el carro que llevaba los procesadores. Todavía debían tener suficiente energía para unas cuantas horas de funcionamiento. Se ajustó la conexión de cuero cabelludo y buscó una posición cómoda. Miró hacia arriba, a los casi siniestros arcos de los robles y dejó que su mente se engranara con el sistema. Ahora iba a estar en conexión profunda, una cosa que evitaba hacer cuando estaba con los demás, porque hacía que su propia personalidad se confundiera y se descoordinara.

Wili percibió que Paul estaba hablando con Jill, pero no intentó intervenir.

Su intención se dirigió a las pequeñas cámaras que había distribuido por los alrededores del campamento, y luego se desplazó a una imagen de alta resolución, captada desde lo alto. Desde allí, sus robles no eran sino unas manchas de oscuridad, entre otras muchas, sobre un pálido mapa que se deslizaba sobre una pradera de hierba más pálida. La única luz que se veía en kilómetros a la redonda era la de las brasas que todavía ardían en el centro de su campamento. Wili sonrió mentalmente: ésta era la visión verdadera. El débil fuego se apagó y entonces se centró en la imagen que era transmitida a la Autoridad de la Paz. Allí no había más que coyotes.

Ésta era la parte más fácil de la «guardia de noche». Si se ocupaba de ella era por diversión, porque Jill y los procesadores del satélite podían actuar perfectamente sin necesidad de su atención consciente.

Wili dejó de ocuparse de los puntos de vista individuales, y extendió su atención a toda la Costa Oeste y aún más lejos, a los Quincalleros que estaban cerca de Beijing. Había que hacer muchas cosas, muchas más de lo que Mike y Allison, y hasta el mismo Paul, podían sospechar. Habló con docenas de conspiradores. Estos hombres habían venido para esperar la voz de Paul que les llegaba desde los satélites de la Paz en medio de la noche de la Costa Oeste. Wili debía protegerles, como protegía a los carros de bananas. Aquél era un punto débil. Si alguno de ellos llegaba a ser capturado, o se convertía en traidor, el enemigo se enteraría inmediatamente del fraude electrónico de Wili. A partir de ellos, las instrucciones y recomendaciones de «Paul» se transmitían a otros centenares de Quincalleros.

En aquel estado, a Wili le resultaba muy difícil imaginar que podían fracasar. Tenía todos los detalles ante sí. Mientras pudiera observar y supervisar, nada podía cogerles de sorpresa. Tal vez era un falso optimismo. Sabía que Paul no experimentaba lo mismo cuando se conectaba para ayudar a aquella gente. Porque Wili había llegado a enterarse gradualmente de que Paul usaba el sistema sin llegar a ser parte integral de él. Para Paul era igual que otro dispositivo de programación y no una parte de su propia mente. Era una pena que Paul, tan inteligente, se perdiera esto.

Este sueño real de poder continuó durante algunas horas. A medida que las baterías se iban agotando, las operaciones tenían necesariamente que ser abreviadas. El lento alejamiento de la omnisciencia iba aparejado con el creciente aumento de su somnolencia. Antes de quedarse dormido y sin baterías, la última cosa de que se enteró por medio de los archivos de la Autoridad fue del secreto de la familia de Della Lu. Ahora que se había descubierto su falsa identidad, se habían ido a vivir al Enclave de Livermore, pero Wili descubrió otras dos familias espías entre los «restauradores» y advirtió a los conspiradores para que las evitaran.

En su cara notaba el calor, el sudor y el polvo. A lo lejos oía algo que daba golpes y chirridos. Wili volvió al mundo real poco a poco, desde el estado de ensoñación en que había estado recordando lo de la noche anterior. A su lado, Rosas se inclinaba para ver mejor por la mirilla. Un rayo de luz bailaba por su cara cando intentaba captar lo que pasaba fuera de aquel carro de bananas que se balanceaba continuamente.

—¡Dios! Mira a todos esos tíos de la Paz —dijo con voz queda—. Debemos estar ya en El Paso, Wili.

—Déjame ver —dijo el muchacho, todavía atontado.

Wili consiguió reprimir su expresión de sorpresa. Los carros continuaban por la suave pendiente, por la que iban ascendiendo desde hacía una hora. Podía ver el carro que contenía a Jill y que marchaba delante. Lo que era nuevo era el origen del ruido de los golpes. Se trataba de vehículos blindados de la Paz. Estaban todavía en el horizonte y procedían de una estación de mercancías situada más adelante. Se dirigían al norte, hacia la fortaleza del paso de la Misión.

—Deben ser los refuerzos que envían desde Medford.

Wili jamás había podido ver con sus propios ojos tantos vehículos. La fila llegaba desde la estación hasta donde les alcanzaba la vista. Estaban pintados de color verde oscuro, lo que no era camuflaje demasiado bueno para ir por aquella zona. Muchos se parecían a los tanques que había visto en las películas de cine antiguas. Otros parecían más bien bloques metálicos provistos de orugas.

A medida que se iban acercando a la estación de mercancías, el ruido fue en aumento al mezclarse con él los tonos altos de turbinas. Pronto los carros de bananas llegaron al mismo nivel que los militares. El tránsito civil quedó restringido al carril más exterior de la carretera. Los cargueros de gran potencia y los carros de caballos quedaron obligados a ir al mismo paso lento.

Estaba a punto de oscurecer. Detrás de ellos iba algo grande y pesado que proyectaba una gran sombra sobre los dos carros de bananas y, con ello, les proporcionaba un cierto frescor. Pero los tanques que pasaban por su lado levantaban una tempestad de polvo que anulaba los efectos benéficos de la disminución de la temperatura.

Marcharon así durante más de una hora. ¿Dónde estaban los puntos de control? El camino que tenían por delante seguía ascendiendo. Pasaron por delante de docenas de tanques aparcados, cuyo personal se dedicaba a misteriosos trabajos. Algunos repostaban combustible. El olor del gasoil les llegaba hasta su reducido escondrijo, junto con el polvo y el ruido.

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