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Электронная книга - «Chicos prodigiosos». Краткое содержание книги:

Grady Tripp es un escritor ya cercano a la mediana edad y profesor en una universidad de provincias. En su juventud fue una promesa de la literatura, un esplendoroso chico prodigio que tuvo su fugaz temporada de gloria, pero el tiempo ha pasado y Grady arrstra desde hace ocho años una inmensa novela inconclusa, cada vez más larga e hirsuta y cuyo título es, claro está, Chicos prodigiosos. A Grady le gusta compararla con Ada, de Navokov, y dice que es la clase de obra que enseña al lector cómo debe leerla a medida que se interna en ella. En una palabra, que Grady no sabe qué hacer con su novela, y está absolutamente perdido en una maraña de páginas que no llevan a ninguna parte.
Y, en medio de toda esta confusión literaria y también vital -Sara, su amante, está embarazada; su tercera esposa lo ha abandonado, y una joven escritora, alumna de sus talleres literarios, está fascinada por él, y le fascina-, recibe la visita del siempre sorprendente Terry Crabtree, su editor y cómplice desde hace muchos años, que declara que perderá su puesto en la editorial si no vuelve con un manuscrito genial bajo el brazo.
Y desde el mismo instante en que Crabtree baja del avión acompañado por la maravillosa Miss Sloviack -un(a) guapísimo(a) travesti-, y en los tres días que durará la Fiesta de las Palabras, una feria literaria que cada año se celebra en la universidad donde enseña Grady, se despliega ante el lector una de las novelas más deleitosas, brillantes y diversidad de los últimos años. Un irónico viaje por la espuma de los libros y la vida, donde la literatura y sus géneros, el cine y las mitologías de nuestra época son también protagonistas.
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– Supongo que el pobre está agotado -comentó Crabtree, y volvió a tapar a James.

– Pues lo siento -dije-, pero tendrá que levantarse.

– ¿Por qué? -preguntó Crabtree-. ¿Quién lo espera? ¿El viejo Fred? -Sonrió e hizo un amplio gesto con el brazo que comprendía todos los olores y el desorden de la habitación-. Dile que pase.

– Un agente de policía -le aclaré.

Crabtree abrió la boca y la cerró. Ante tan inesperada situación, no supo qué decir. Dejó el manuscrito de El desfile del amor en la mesilla de noche que tenía al lado, acercó sus labios a la oreja de James y le susurró algo al oído, tan bajo que no lo entendí. Tras unos instantes, James dejó escapar un leve gimoteo y levantó la cabeza; su cabello engominado salía disparado en todas direcciones. Giró el cuello hasta dar conmigo, bizqueando, todavía no despierto del todo.

– Hola, Grady -dijo.

– Buenos días, James.

– ¿Un policía?

– Pues sí.

Tardó unos instantes en reaccionar, después se volvió y se puso boca arriba. Se reincorporó y se apoyó sobre un codo, guiñando un ojo y después el otro y haciendo movimientos circulares con la mandíbula, como si estuviese probando el funcionamiento de los mecanismos de un cuerpo recién estrenado. Las mantas resbalaron de sus hombros, dejando a la vista su desnudez hasta la cintura. La piel de su vientre había quedado sembrada de arrugas durante el sueño. Y en sus hombros se veían las huellas de los labios y dientes de Crabtree.

– ¿Qué quiere?

– Bueno, creo que quiere hacerte unas preguntas sobre lo que pasó el viernes por la noche en casa de la rectora.

James no dijo nada. Se quedó recostado, sin moverse, con la sien izquierda tiernamente apoyada contra el bíceps del brazo derecho de Crabtree.

– ¿Sabes que roncas? -le dijo a Crabtree.

– Eso me han dicho -respondió éste, y le dio un cariñoso golpecito con el hombro-. Vamos, Jimmy -añadió-. Dile a ese poli lo que te he dicho que digas.

James asintió lentamente y contempló con nostalgia el profundo socavón, que ya empezaba a enfriarse, en el centro de su almohada. Después abrió completamente los ojos y me miró.

– De acuerdo -dijo. Hizo un decidido gesto de asentimiento con la cabeza, sacó las piernas del colchón, se puso en pie y fue con el culo al aire hasta el pie de la cama, donde dio con sus calzoncillos. Se vistió con decisión y rapidez. Mientras se ponía la camisa, descubrió el archipiélago de marcas de incisivos en su hombro. Pasó la mano por encima con delicadeza y miró a Crabtree con una sonrisa turbia y medio agradecida. Me pareció que no estaba particularmente angustiado o aturdido al despertarse tras compartir el lecho por primera vez con un amante de su mismo sexo. Mientras se abotonaba mi vieja camisa de franela no le quitó ojo a Crabtree, al que no contemplaba con sensiblería sino con determinación y cierto asombro, como si estuviese estudiando su cuerpo, memorizando la geometría de sus rodillas y codos.

– Bueno, ¿y qué le has dicho que diga? -le pregunté a Crabtree.

– Oh, que siente muchísimo haberse cargado al perro de la rectora y que está dispuesto a hacer lo que sea para reparar el daño causado.

James asintió y se inclinó para recoger sus calcetines.

– Me temo que no será tan sencillo -dije.

James se reincorporó.

– Los zapatos los dejé en el pasillo -dijo.

– No creo que vayas a necesitarlos -dijo Crabtree-. Ese tipo no te va a arrestar.

Se oyeron un crujido del parquet y un tintineo metálico procedentes del recibidor. Los tres nos miramos.

– ¿Señor Tripp? -llamó el agente Pupcik-. ¿Todo en orden por ahí?

– Sí -respondí-, ahora mismo salimos. -Puse una mano sobre el hombro de James y lo conduje hacia la puerta-. Vamos, Jimmy.

Mientras salíamos del dormitorio, James se volvió hacia Crabtree y señaló con un movimiento de la cabeza el manuscrito que reposaba sobre la mesilla de noche.

– ¿Qué te ha parecido? -le preguntó.

Crabtree alzó el mentón, echando la cabeza hacia atrás hasta que el cabello le rozó los hombros, y miró a James con los ojos entrecerrados. Se me ocurrió la idea de que un editor era una especie de Oppenheimer [42] en versión artística, y necesitaba gruesas gafas protectoras para contemplar el tremendo resplandor producido por la vanidad de los escritores.

– No está mal -dijo, con un tono no precisamente neutro-. No está nada mal.

James sonrió y agachó la cabeza con infantil deleite. Después recogió sus zapatos, pasó ante mí rozándome, bajó dando brincos hasta el recibidor y se dirigió al porche, donde yo había dejado al agente Pupcik esperando.

Crabtree se reacomodó en la cama y volvió a abrir los ojos de par en par.

– Quiero publicarlo -aseguró al tiempo que cogía el manuscrito y dándole una manotada-. Espero que me dejen hacerlo. Estoy convencido de que así será, porque es realmente brillante.

– Estupendo -dije, no sin sentir una leve punzada de celos-. Sólo hace falta un poco más de ayuda de tu parte y del agente Pupcik para que acabe convertido en el nuevo Jean Genet. Hace mucho tiempo que nadie escribe un buen libro en la cárcel.

Arrugó la nariz y comentó:

– No creo que matar al perro de alguien sea un crimen tan terrible, Tripp. ¿No se considera un mero acto de gamberrismo?

– ¿No te ha dicho nada de la chaqueta, Crabtree?

Negó con la cabeza, y su expresión cambió y se hizo ligeramente vaga; había conseguido alarmarlo. Y ésa era otra constatación inquietante.

– Míralo de esta manera -le dije-: no tendrás ninguna dificultad para hacerle publicidad.

James y el policía estaban de pie en el porche, el uno junto al otro, y miraban hacia el interior de la casa a través de la puerta abierta como un par de repartidores de periódicos que hubieran ido a cobrar. Me tranquilizó comprobar que las esposas seguían colgadas del cinturón del agente Pupcik.

– Lo siento mucho, señor Tripp -dijo el policía-, pero tengo que llevarme a James al campus. El doctor Gaskell quiere hablar con él.

Asentí, miré a James, me encogí de hombros y levanté las palmas de las manos, entregándolo una vez más a la custodia y juicio de otras personas. Pero en aquella ocasión no había en sus ojos la concomitante mirada de reproche. Se limitó a sonreír y siguió a su captor por las escaleras del porche a paso ligero.

– Espera un momento, James -dije, y cogí de la mesilla de madera que había junto a la puerta las llaves del coche. Ambos se detuvieron y se volvieron. Alcé y agité las llaves y señalé con la cabeza la esquina de la casa en la que había aparcado el Galaxie-. Hay algo que sería mejor que te llevases, ¿no crees?

– ¡Oh, sí! -respondió James, y se sonrojó ligeramente. Era obvio que se sentía rebosante de cariño, satisfecho sexualmente, extraño y terso y delicado como el pétalo apenas abierto de una flor. Era difícil que algo le afectase. Supuse que se habla olvidado por completo de la chaqueta y le traía sin cuidado el terrible destino que pudiera aguardarle en el despacho de su jefe de departamento. Se limitaba a dejar que las cosas sucediesen y a esperar el siguiente acontecimiento-. Me parece que ayer la vi en el asiento trasero.

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[42] Julius Robert Oppenheimer (1904-1967), físico norteamericano que contribuyó decisivamente al desarrollo de la bomba atómica. (N. del T.)

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