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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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Todo lo anterior ha acelerado a Juan hasta tal punto que, no obstante la estrechez y anfractuosidad del sendero del acantilado, camina a zancadas, soltándose de la mano de su nuera y dejándola atrás y casi sin resuello. Dice mucho en favor de la devoción con que Angélica acompaña en estos paseos a su suegro el que todo lo largo de la caminata no haya dicho oste ni moste. Ni tampoco ha pensado nada ni sentido nada: se ha sentido y se siente transportada -primero por la mano y luego por la fuerza inmaterial de Juan- a una conclusión que se avecina y a la vez no se avecina, o que como los secos nublados de agosto en Castilla relampaguean pedregosamente como bombas de ruido sin derramar lágrima alguna. Todo es emoción ahora en el alma de Angélica, seca emoción relampagueante que en este ambiente montañés tan semejante a ratos al paisaje de Cumbres borrascosas a la fuerza ha de acabar a gritos. Pero no será Angélica quien grite, pase lo que pase ¡no gritará en primer lugar Angélica! Juan se ha detenido ahora, sudoroso. Ahora es hora de bajar bien hacia el valle en dirección a Lobreña, bien verticalmente a una playuca empequeñecida por las oscuras zarzas y los farallones, que no llega a cubrir la marea alta y que ahora, a marea baja, resplandece oscura antesala de cuévanos geotectónicos. Sin saber por qué, Juan, tras su breve pausa y sin volverse en dirección de Angélica, ha comenzado, con torpeza, a descender hacia la playa que resplandece, virginal, abajo, con el recogimiento invernal de los desiertos, iluminada por una luz verdosa como un paisaje de Patinir, real y surreal al mismo tiempo. Con gran agilidad Angélica sigue a su suegro, quien, por cierto, acaba de caerse de culo y resbalar así tres metros. Horrorizada ha exclamado Angélica: ¡Por Dios, Juan! Y Juan se ha vuelto, con esa gallardía difusa de quien acaba de darse una culada, y ha exclamado sin volverse: ¡Tranquila, chica, va todo bien!

Juan está a punto de alcanzar ya la playa de Patinir: acaba de acordarse del siguiente latín (la elefantiásica memoria de Juan Campos nunca jamás le deja mal): sed hoc interest inter sanctos et damnatos, quod sancti, cum voluerint, apparere possunt viventibus: non autem damnati: mas entre los santos y los condenados hay esta diferencia: que los santos aparecen a los vivos cuando quieren y los condenados no. Angélica y Juan están ya en la playa. Angélica se descalza, Y Juan dice:

– ¿Sabes, Angélica, por qué Matilda no se me aparece? Porque es un alma condenada, por eso no se me aparece.

– Pero, Juan, ¡qué cosas dices! Tú no crees nada de eso -exclama Angélica.

Es media tarde, aún hay luz. Es un poniente anaranjado, alimonado, entre nimbos azules. El lugar en que se encuentran, bien puede haber inspirado el san Jerónimo de Patinir. Una cueva al pie de grandes masas rocosas color gris y, alrededor, cuevas más pequeñas cubiertas de zarzas. Hace frío ahí abajo. La playa entera -aún a bajamar, aunque está subiendo la marea- tiene un aspecto desolado. Intimo y desolado, como un recuerdo inasimilable. Hay una nítida sensación de frío y una nítida sensación de relieve, volúmenes confusos y móviles, como una decoración teatral. Y hay el ronco ir y venir del oleaje, cuya espuma blanquea en el atardecer, como una gran lengua. Hay una humedad salitrosa, envolvente. Una vez abajo, los dos han deambulado por la playa, un poco como quien no sabe bien qué hay que hacer en un escenario desconocido. El más indeciso parece ser Juan, quien, sin embargo, fue quien tuvo la ocurrencia de bajar -un tanto incomprensible, en opinión de Angélica-. Ahora los dos avanzan hacia la cueva más grande y se sientan en la fina arena del interior, aparentemente nunca alcanzada por la marea. Ese interior les oculta el cielo y les ocultaría de la mirada de cualquiera que paseara por el sendero del acantilado. Delante tienen el enigmático talud del mar anochecido y la playa circular, como un pequeño anfiteatro.

– Lo que dijiste antes de Matilda, ¿lo dijiste en serio? -pregunta Angélica.

– No. Estaba bromeando.

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Главный герой
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