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El ejército furioso

Электронная книга - «El ejército furioso». Краткое содержание книги:

El infalible comisario Adamsberg tendrá que enfrentarse a una terrorífica leyenda medieval normanda, la del Ejército Furioso: una horda de caballeros muertos vivientes que recorren los bosques tomándose la justicia por su mano…
Una señora menuda, procedente de Normandía, espera a Adamsberg en la acera. No están citados, pero ella no quiere hablar con nadie más que con él. Una noche su hija vio al Ejército Furioso. Asesinos, ladrones, todos aquellos que no tienen la conciencia tranquila se sienten amenazados. Esta vieja leyenda será la señal de partida para una serie de asesinatos que se van a producir. Aunque el caso ocurre lejos de su circunscripción, Adamsberg acepta ir a investigar a ese pueblo aterrorizado por la superstición y los rumores. Ayudado por la gendarmería local, por su hijo Zerk y por sus colaboradores habituales, tratará de proteger de su macabro destino a las víctimas del Ejército Furioso.
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– Ocasión ideal -aprobó Adamsberg-. Porque, si mueren los tres prendidos, el terror de los habitantes de Ordebec se volverá necesariamente contra los Vendermot. Contra Lina, responsable de la visión, médium entre los vivos y los muertos. Pero también contra Hippo, de quien todo el mundo sabía que tenía los seis dedos del diablo. En semejante contexto, el asesinato de los dos Vendermot no sorprendería a nadie, y la mitad de los habitantes podría ser sospechosa. Exactamente como cuando los aldeanos, en mil setecientos algo, destrozaron a golpes de horca a un tal Benjamín, que había descrito a los prendidos. Para poner fin a la hecatombe, la chusma lo mató.

– Pero no estamos en el siglo XVIII, el método cambiará. No destriparán a Lina y a Hippo en la plaza mayor, lo harán de forma más discreta.

– Denis asesina, pues, a Herbier, Glayeux y Mortembot. Aparte de Herbier, lo hace a la manera antigua, siguiendo más o menos el ritual, para reforzar el temor popular. Le pega bastante pertenecer a un club elitista de ballesteros, ¿no?

– Primer punto que comprobar -asintió Veyrenc lanzando la vigésima manzana.

– No puedes apuntar bien si te quedas sentado. Y como las tres víctimas son unos cabronazos reconocidos, y seguramente asesinos, Denis no tiene por qué andarse con escrúpulos a la hora de sacrificarlos.

– Eso hace que, en estos mismos momentos, Lina e Hippo estén en peligro.

– No antes de la noche.

– ¿Eres consciente de que, de momento, toda la historia está basada en la cochinilla violeta?

– Podemos trabajar sobre las coartadas de Denis.

– No podrás acercarte a ese tipo más que a los Clermont.

Los dos hombres permanecieron un momento en silencio, tras lo cual Veyrenc lanzó de golpe toda su reserva de manzanas y recogió los platos del desayuno en una bandeja.

– Mira -dijo Adamsberg en voz baja, reteniéndolo por el brazo-. Hellebaud sale.

– ¿Le has puesto alpiste hasta allí? -preguntó Veyrenc.

– No.

– Entonces es que busca bichos por sí mismo.

– Insectos, crustáceos, artrópodos.

– Sí.

Capítulo 45

El capitán Émeri escuchaba a Adamsberg y Veyrenc sobrecogido. Nunca había visto esa marca; nunca había oído decir que los niños Vendermot fueran hijos de Valleray.

– Que se había acostado con todo lo que se movía, eso sí se sabía, igual que se sabía que su mujer lo odiaba y que malmetió a su hijo contra él.

– Igual que se sabe que, luego, la mujer tampoco se privó de nada -añadió Blériot.

– No hace falta sacar todos los trapos sucios, cabo. La situación es suficientemente lamentable así.

– Sí que hace falta, Émeri -dijo Adamsberg-, hay que sacar todos los trapos sucios. Está ese crustáceo, es algo que no se puede borrar.

– ¿Qué crustáceo?

– La cochinilla -explicó Veyrenc-, Es un crustáceo.

– ¿Y eso qué coño nos importa? -se irritó Émeri levantándose bruscamente-. No se quede plantado allí, Blériot, vaya a hacernos café. Te lo advierto, Adamsberg, y escúchame bien. Me niego a concebir la menor sospecha contra Denis de Valleray. ¿Me oyes? Me niego.

– Porque es vizconde.

– No me insultes. Olvidas que la nobleza del Imperio no tiene nada que ver con los aristócratas.

– Entonces ¿por qué?

– Porque tu historia no tiene sentido. La historia de un tipo que mata a otros tres sólo para poder deshacerse de los Vendermot.

– Cuadra perfectamente.

– No, para eso haría falta que Denis fuera un tarado o un sanguinario. Lo conozco, no es ni lo uno ni lo otro. Es listo, oportunista, ambicioso.

– Mundano, infatuado, despectivo.

– Sí, todo eso. Pero también gandul, prudente, medroso, sin espíritu de decisión. Te equivocas. Denis nunca tendría energía para disparar a Herbier en plena cara, para destrozar a Glayeux a hachazos ni para lanzar un perno a Mortembot. Buscamos a un loco temerario, Adamsberg. Y los locos temerarios, sabes muy bien dónde viven en Ordebec. ¿Quién te dice que no es al contrario? ¿Quién te dice que no fue Hippo quien mató a los tres hombres antes de prepararse para atacar a Denis de Valleray?

Blériot dejó la bandeja sobre la mesa, dispuso las cuatro tazas a toda prisa, de cualquier manera, a diferencia de cómo lo hacía Estalére. Émeri se sirvió sin sentarse, pasó el azúcar a todo el mundo.

– ¿Eh, quién te dice que no fue así? -insistió.

– No lo había pensado -dijo Adamsberg-. Podría encajar.

– Encaja perfectamente incluso. Imagina que Hippo y Lina sepan de quién son hijos y conozcan el testamento. Es posible, ¿no?

– Sí -dijo Adamsberg rechazando con firmeza el azúcar que le ofrecía Émeri.

– Tu razonamiento se aplica entonces perfectamente, pero en sentido contrario. Les interesa eliminar a Denis. Pero, apenas sea leído el testamento, resultarán sospechosos. Entonces Lina se inventa una visión, dejando la incógnita de la cuarta víctima.

– De acuerdo -admitió Adamsberg.

– Cuarta víctima que será Denis de Valleray.

– No, no encaja, Émeri. Eso no protegería a los Vendermot de la sospecha, al contrario.

– ¿Y por qué?

– Porque habría que creer que es el Ejército de Hellequin el que mató a los cuatro hombres. O sea que volvemos a los Vendermot.

– Joder -dijo Émeri dejando su taza-. Entonces encuentra otra cosa.

– Primero, comprobar si Denis de Valleray hace tiro con ballesta -dijo Veyrenc, que se había guardado una manzanita verde y la hacía rodar entre las palmas de las manos.

– ¿Has trabajado sobre los clubes deportivos de la zona?

– Hay muchos -dijo Émeri descorazonado-. Once en toda la región, cinco en el departamento.

– ¿Hay alguno más elegante que los demás, entre los once?

– La Compañía de la Marcha, en Quitteuil-sur-Touques. Hay que estar apadrinado por dos miembros para poder entrar.

– Perfecto. Pregúntales si Denis es miembro.

– ¿Cómo? Nunca me darán ese dato. Esos círculos protegen a sus miembros. Y no tengo intención de decirles que la gendarmería abre una investigación sobre el vizconde.

– Sí, es prematuro.

Émeri dio vueltas por la estancia, con el busto rígido, las manos en la espalda, el rostro hermético.

– De acuerdo -dijo al cabo de un rato, bajo la mirada insistente de Adamsberg-. Lanzaré un farol. Salgan los tres, me horroriza mentir en público.

El capitán abrió la puerta a los diez minutos y les hizo señas para que volvieran, con ademán agresivo.

– Me he hecho pasar por un tal François de Rocheterre. He dicho que el vizconde de Valleray aceptaba apadrinarme para entrar en la Compañía. He preguntado si era necesario tener dos padrinos, o si bastaba con la recomendación del vizconde.

– Muy buena -opinó Blériot.

– Olvide esto, cabo. Acostumbro trabajar con rectitud, no me gustan estas jugarretas.

– ¿Resultado? -preguntó Adamsberg.

– Sí -suspiró Émeri-, Valleray pertenece al club. Y es un buen tirador. Pero nunca ha aceptado participar en los concursos de la Liga de Normandía.

– Demasiado común seguramente -dijo Veyrenc.

– Sin duda. Pero tenemos un problema. El secretario del club hablaba demasiado. No por el gusto de informarme, sino porque quería ponerme a prueba. Desconfiaba, estoy seguro. Lo cual significa que la Compañía de la Marcha podría llamar a Denis de Valleray para preguntarle si conoce a un tal Rocheterre. Y Denis comprendería que alguien usa un nombre falso para informarse sobre él.

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