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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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– Me lo podías haber dicho antes. -Los grandes y airados ojos verdes de René echaban fuego-. Pero Aimée, las divagaciones inconexas de Laure no demuestran nada.

Ella se frotó los ojos.

– Jubert sabe que entré en la STIC. Por eso está aquí. Probablemente ha averiguado que utilicé su nombre para solicitar una costosa prueba de balística. Quiere saber lo que he descubierto.

– ¿Cómo puede demostrarlo? No dejaste pistas, ¿verdad? -repuso René moviendo la cabeza.

– Jubert no es un buen adversario para una pelea. Pero si yo caigo, él caerá conmigo.

– Has encontrado la testigo que necesitabas para exculpar a Laure, y tienes el informe del laboratorio. ¡Diablos! ¡Hasta has encontrado la bala! -dijo René cogiéndole la mano.

– Suponiendo que la aceptan como prueba y que dan crédito al testimonio de Isabelle.

– ¿Por qué no iban a hacerlo?

– Eso espero -dijo ella-. Esto no te va a gustar, pero es mejor que trabajes en casa. No vayas a la oficina -añadió, mirándose las botas mojadas.

– Me lo dices poco a poco, ¿no? -dijo René poniendo los ojos en blanco-. ¿Qué más no me has contado?

– No puedo concretarlo, pero hay una bestia llamada Petru que también está mezclado en esto. Es corso, pero no encaja en el movimiento separatista. Y lo he tenido a él, o a sus amigos, pisándome los talones.

René le entregó una caja que sacó de su maletín.

– Ha llegado esta mañana.

El remite era: «Doctor Guy Lambert, Hôpital Quinze-Vingts, Service d'Ophtalmologie».

¿Sería algo que ella había olvidado en su oficina? Rajó el celo con sus llaves.

En el interior encontró un suministro de su medicación para la vista que le duraría seis meses, un volante para un especialista de la vista y varios versos del poema de Lord Byron «Fare Thee Well»:

Y la vida tiene espinas; y vana es la juventud;

Y mostrarse airado con aquel que amamos,

Crea locura en la mente.

Arrugó el papel.

René la miraba fijamente.

– El regalo de despedida de Guy. Tan considerado como siempre.

– ¿Qué quieres decir?

– Se ha ido a Sudán a trabajar con Médicos sin Fronteras.

– ¿A Sudán?

– Para salvar a los ciegos de África -dijo ella-. Para alejarse de mí tanto como sea posible y seguir haciendo milagros en la medicina.

René seguía mirándola.

– Te salvó la vista, Aimée.

Le temblaba el labio. Si René no se callaba, rompería a llorar. Bajó la mirada.

– ¡Como si no lo supiera, René!

– Otra cosa que no me has dicho -dijo René y en su voz se mezclaban el dolor y algo más.

– ¿No es suficiente que te agobie la mayoría del tiempo con mi vida amorosa… o más bien con mi inexistente vida amorosa? -preguntó ella-. Sería egoísta por mi parte. Tú has conocido a alguien y pareces feliz; no es justo que te cargue con mis problemas.

En lugar del reconocimiento que esperaba, los ojos de René brillaban de ira.

– Pensé que teníamos más confianza, Aimée.

– ¡Eres mi mejor amigo! Pero, ¿tengo que revelarte los ridículos detalles de cómo he defraudado a Guy?

El orgullo, sí, era su orgullo el que no le dejaba admitir que era Guy el que la había dejado. La había dejado por lo que ella no era.

René movió la cabeza con asco.

Todo mal, todo le salía mal con René sin importar lo que decidiera hacer.

– Y ¿no te habrás lanzado de cabeza a esta investigación para llenar el vacío, como haces siempre?

Ella se hundió en el asiento. ¿Sería eso verdad?

Él se levantó, sacudió su chaqueta negra de lana y le entregó una tarjeta con la dirección del Couvent des Recollets.

– El alojamiento de Paul e Isabelle. El convento ofrece asistencia a familias en situaciones transitorias.

Recogió su maletín y comenzó a andar por el vestíbulo.

Y ahora, ¿qué había hecho ella?

– René, tú eres tan feliz que no quería… -le llamó.

– Sí, eso creo -dijo él volviéndose.

¿Cómo podía ir todo tan mal y al mismo tiempo? René enfadado, Laure en coma, Guy en otro continente dejaba que la consolase Byron: tres breves versos. Y Jubert, con sus grises ojos de serpiente, en algún alto puesto de Asuntos Internos. La lista iba aumentando. Y también el miedo que la reconcomía, el sentimiento de que el asesinato de Jacques había sido parte de algo más importante. La cinta en su cerebro volvía a hacer sonar la voz de Lucien Sarti, la sensación del roce de su muslo y la cálida huella de sus labios sobre su mejilla.

Se abrió la puerta y el suelo crujió bajo los pies de Isabelle.

– Ça va? -Aimée consiguió sonreír mientras le entregaba la dirección del convento-. La están esperando. Pida a una amiga que mande sus cosas. Quédese hasta que se aclaren las cosas.

– Merci.

– Mademoiselle Leduc, un momento por favor -la llamó Edith Mésard desde su despacho.

Aimée hizo una pelota con la taza de plástico y la tiró en la papelera de metal.

Edith Mésard y Jubert se encontraban de pie al lado de un grupo de butacas. Una colilla de cigarrillo se consumía en un cenicero vacío sobre la repisa de la ventana.

– No hace falta que se siente, mademoiselle. Seré breve e iré al grano -dijo Edith Mésard al tiempo que se abrochaba la chaqueta del traje-. Además de las infracciones al código municipal de las que podría acusarla, por no mencionar una acusación de manipulación de pruebas y algunos escarceos en la Intranet de la policía… está usted comprometiendo una operación conjunta de los Renseignements Généraux y la Direction de la Surveillance du Territoire.

Aimée se quedó sorprendidísima. No se esperaba esto.

– ¿A qué se refiere?

– Tal y como ha señalado monsieur Jubert, ya es demasiado tarde. La operación encubierta está demasiado avanzada como para cambiar de dirección.

– ¿Está pidiéndome que cese de tratar de exculpar a Laure Rousseau? No lo haré. Le he presentado pruebas exculpatorias en bandeja. Llena hasta arriba. No hay forma de ignorarlas.

– Le sugiero que escuche, mademoiselle Leduc -dijo la Proc-. Para variar.

Aimée sintió como si hubiera vuelto a la escuela y la estuvieran reprimiendo por haber hablado fuera de su turno. Jubert la observaba sin abrir la boca.

– Si Laure puede librarse, soy toda oídos.

– ¿No se acuerda, mademoiselle, de que trabajamos en el mundo real según diferentes regulaciones, el Código Civil y el sistema judicial?

– Así que me está diciendo que no…

Jubert habló por primera vez, con voz tranquila y pausada.

– Lo que está diciendo, mademoiselle, es que toda prueba pertinente obtenida legalmente será presentada en la vista de los cargos contra la agente Rousseau.

De acuerdo. No confiaba en él ni un pimiento.

– ¿Están de acuerdo con que la bala que he obtenido se presente como prueba?

Jubert se acariciaba la barbilla con el pulgar y el índice.

– Mademoiselle, ya veo que usted no tiene pelos en la lengua -repuso él-. Refrescante, ya veo, en su línea de trabajo.

¿En su línea de trabajo? ¿Cómo si ella apuntara con una pistola a los testigos? Mientras que él se curraba la red de favores pedidos y concedidos entre los muchachos, envueltos en sobornos implícitos de los que nunca se hablaba.

– Nos gustaría que nos ayudara -siguió él.

– ¿Qué les ayudara? -repitió ella, pestañeando.

– Su insistencia es notoria. En lugar de comprometer nuestra operación, lo cual parece usted empeñada en hacer, queremos que trabaje con nosotros.

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