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Cincuenta Sombras Más Oscuras

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Más Oscuras». Краткое содержание книги:

Intimidada por las peculiares prácticas eróticas y los oscuros secretos del atractivo y atormentado empresario Christian Grey, Anastasia Steele decide romper con él y embarcarse en una nueva carrera profesional en una editorial de SeattlePero el deseo por Christian todavía domina cada uno de sus pensamientos, y cuando finalmente él le propone retomar su aventura, Ana no puede resistirse. Reanudan entonces su tórrida y sensual relación, pero mientras Christian lucha contra sus propios demonios del pasado, Ana debe enfrentarse a la ira y la envidia de las mujeres que la precedieron, y tomar la decisión más importante de su vidaCincuenta sombras: la exitosa combinación de historia romántica y juego erótico de alto voltaje que ha tocado la fibra de muchas mujeres.Daily NewsCincuenta sombras más oscuras es la segunda parte de la trilogía Cincuenta sombras, que se inició con Cincuenta sombras de Grey, y cuya tercera parte es Cincuenta sombras liberadas
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En la cara de ella aparece lentamente un gesto de inmensa satisfacción. Todo resulta muy desconcertante.

– Claro. Hola, Anastasia. No sabía que estabas aquí. Sé que no quieres hablar conmigo, y lo entiendo.

– ¿Ah, sí? -respondo en voz baja, y la miro a la cara de un modo que nos sorprende a ambas.

Ella frunce levemente el ceño y avanza un paso más para entrar en la habitación.

– Sí, he captado el mensaje. No he venido a verte a ti. Como he dicho, Christian no suele tener compañía entre semana. -Hace una pausa-. Tengo un problema y necesito hablarlo con Christian.

– ¿Ah? -Christian se yergue-. ¿Quieres beber algo?

– Sí, por favor.

Christian le sirve una copa de vino, mientras Elena y yo seguimos observándonos mutuamente con cierta incomodidad. Ella juguetea con un gran anillo de plata que lleva en el dedo corazón, y yo no sé dónde mirar. Finalmente me dedica una sonrisita crispada, se acerca a la cocina y se sienta en el taburete del extremo de la isla. Es obvio que conoce bien el sitio y que se mueve por él con naturalidad.

¿Me quedo? ¿Me marcho? Oh, qué difícil es esto. Mi subconsciente mira ceñuda a Elena con su expresión más abiertamente hostil.

Hay tantas cosas que quiero decirle a esa mujer, y ninguna es agradable. Pero es amiga de Christian -su única amiga-, y por mucho odio que sienta por ella, soy educada por naturaleza. Decido quedarme y me siento, con toda la elegancia de la que soy capaz, en el taburete que ocupaba Christian. Él nos sirve vino en las copas y se sienta entre ambas en la barra del desayuno. ¿Se da cuenta de lo raro que es todo esto?

– ¿Qué pasa? -le pregunta a Elena.

Ella me mira nerviosa, y Christian me coge la mano.

– Anastasia está ahora conmigo -dice ante su pregunta implícita, y me aprieta la mano.

Yo me sonrojo y mi subconsciente, olvidada ya la cara de arpía, sonríe radiante.

Elena suaviza el gesto como si se alegrara por él. Como si realmente se alegrara por él. Oh, no entiendo en absoluto a esta mujer, y su presencia me incomoda y me pone nerviosa.

Ella inspira profundamente, se remueve inquieta y se sienta en el borde del taburete. Se mira las manos con nerviosismo, y empieza a dar vueltas sin parar al anillo de plata de su dedo corazón.

¿Cuál es su problema? ¿Que yo esté presente? ¿Provoco ese efecto en ella? Porque yo siento lo mismo: no la quiero aquí. Ella levanta la cabeza y mira a Christian directamente a los ojos.

– Me están haciendo chantaje.

Por Dios. No es eso lo que esperaba que dijera. Christian se pone tenso. ¿Alguien ha descubierto su afición por los jóvenes menores de edad maltratados y vapuleados por la vida? Reprimo mi repulsión, y por un momento acude a mi mente esa frase sobre el burlador burlado. Mi subconsciente se frota las manos con mal disimulado placer. Bien.

– ¿Cómo? -pregunta Christian, y su voz refleja claramente el espanto.

Ella coge su enorme bolso de piel, un diseño exclusivo, saca una nota y se la entrega.

– Ponla aquí y ábrela.

Christian señala la barra con el mentón.

– ¿No quieres tocarla?

– No. Huellas dactilares.

– Christian, tú sabes que no puedo ir a la policía con esto.

¿Por qué estoy escuchando esto? ¿Es que ella está tirándose a otro pobre chico?

Deja la nota delante de él, que se inclina para leerla.

– Solo piden cinco mil dólares -dice como si no le diera importancia-. ¿Tienes idea de quién puede ser? ¿Alguien de la comunidad?

– No -contesta ella con su voz dulce y melosa.

– ¿Linc?

¿Linc? ¿Quién es ese?

– ¿Qué? ¿Después de tanto tiempo? No creo -masculla ella.

– ¿Lo sabe Isaac?

– No se lo he dicho.

¿Quién es Isaac?

– Creo que él debería saberlo -dice Christian.

Ella niega con la cabeza, y ahora me siento fuera de lugar. No quiero saber nada de esto. Intento soltar mi mano de la de Christian, pero él me retiene con fuerza y se vuelve a mirarme.

– ¿Qué pasa? -pregunta.

– Estoy cansada. Creo que me voy a la cama.

Sus ojos escrutan los míos… ¿buscando acaso qué? ¿Censura? ¿Aprobación? ¿Hostilidad? Yo intento mantenerme impertérrita.

– De acuerdo -dice-. Yo no tardaré.

Me suelta y me pongo de pie. Elena me mira con cautela. Yo sigo impasible y le devuelvo la mirada sin expresar nada.

– Buenas noches, Anastasia -me dice con una leve sonrisa.

– Buenas noches -musito con frialdad.

Me doy la vuelta para marcharme. La tensión me resulta insoportable. En cuanto salgo de la estancia ellos reanudan la conversación.

– No creo que yo pueda hacer gran cosa, Elena -le dice Christian-. Si es una cuestión de dinero… -Se interrumpe-. Puedo pedirle a Welch que investigue.

– No, Christian, solo quería que lo supieras -dice ella.

Desde fuera del salón la oigo comentar:

– Se te ve muy feliz.

– Lo soy -contesta Christian.

– Mereces serlo.

– Ojalá eso fuera verdad.

– Christian… -replica en tono reprobador.

Yo me quedo paralizada, y escucho atentamente sin poder evitarlo.

– ¿Sabe ella lo negativo que eres contigo mismo? ¿En todos los aspectos?

– Ella me conoce mejor que nadie.

– ¡Vaya! Eso me ha dolido.

– Es la verdad, Elena. Con ella no necesito jueguecitos. Y lo digo en serio, déjala en paz.

– ¿Cuál es su problema?

– Tú… lo que fuimos. Lo que hicimos. Ella no lo entiende.

– Haz que lo entienda.

– Eso es el pasado, Elena, ¿y por qué voy a querer contaminarla con nuestra jodida relación? Ella es buena y dulce e inocente, y, milagrosamente, me quiere.

– Eso no es un milagro, Christian -le replica ella con afecto-. Confía un poco en ti mismo. Eres una auténtica joya. Ya te lo he dicho muchas veces. Y ella parece encantadora también. Fuerte. Alguien que te hará frente.

No oigo la respuesta de Christian. Así que soy fuerte… ¿en serio? La verdad es que no me siento así.

– ¿Lo echas de menos? -continúa Elena.

– ¿El qué?

– Tu cuarto de juegos.

Se me corta la respiración.

– La verdad es que eso no es asunto tuyo, maldita sea -le espeta Christian.

Oh.

– Perdona -replica Elena sin sentirlo realmente.

– Creo que deberías irte. Y, por favor, otra vez llama antes de venir.

– Lo siento, Christian -dice, y a juzgar por el tono, esta vez es de verdad-. ¿Desde cuándo eres tan sensible? -vuelve a reprenderle.

– Elena, nosotros tenemos una relación de negocios que ha sido enormemente provechosa para ambos. Dejémoslo así. Lo que hubo entre los dos forma parte del pasado. Anastasia es mi futuro, y no quiero ponerlo en peligro de ningún modo, así que ahórrate toda esa mierda.

¡Su futuro!

– Ya veo.

– Mira, siento que tengas problemas. Quizá deberías enfrentarte directamente y plantarles cara.

Ahora su tono es más suave.

– No quiero perderte, Christian.

– Para eso debería ser tuyo, Elena -le espeta de nuevo.

– No quería decir eso.

– ¿Qué querías decir?

Está enfadado, su tono es brusco.

– Oye, no quiero discutir contigo. Tu amistad es muy importante para mí. Me alejaré de Anastasia. Pero si me necesitas, aquí estaré. Siempre.

– Anastasia cree que estuvimos juntos el sábado pasado. En realidad tú me llamaste por teléfono y nada más. ¿Por qué le dijiste lo contrario?

– Quería que supiera cuánto te afectó que se marchara. No quiero que te haga daño.

– Ella ya lo sabe. Se lo he dicho. Deja de entrometerte. Francamente, te estás comportando como una madraza muy pesada.

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