Tom O'Bedlam [es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1987
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Mart
- ISBN: 84-270-1114-8
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tom O'Bedlam [es]». Краткое содержание книги:
Cuando una sonda estelar lanzada a Próxima Centauri, a cuatro añoz-luz de la Tierra, transmite imágenes de vida, se descubre el mismo mundo verde de la imaginación de Tom, las mismas imágenes que ha estado transmitiendo telepáticamente a los otros. A veces amenazantes, a veces increíbles, los mundos distantes que se comunican con Tom son revelados finalmente, y Tom O’Bedlam se convierte en su instrumento y su representante en la Tierra.
—Como un saco vacío. No hay nadie ahí.
—¿Quieres decir que está muerto?
—A veces es difícil estar completamente seguro sólo con mirar, pero me parece que sí. Cristo, mira la sonrisa que tiene…
—April dice que Tom le enseñó a realizar el Cruce.
—¿El Cruce?
—Dice que se ha marchado a alguna otra estrella. Unieron las manos y le enviaron.
Waldstein miró a April, que se balanceaba, canturreaba, lloriqueaba. Meneó lentamente la cabeza.
—¿Me estás diciendo que Ferguson se fue a otra estrella? ¿A otra estrella? ¡Por Dios, Elszabet!
—No sé dónde está. Te digo lo que April me dijo a mí. Está muerto, ¿no? ¿De qué? Si no hizo el Cruce, ¿de qué murió, un hombre de salud aparentemente perfecta? Ella dice que todos unieron las manos: Tom, el padre Christie, Tomás…
—¿Y tú lo crees?
—Creo que hicieron lo que April dice, sí. Que unieron las manos y ejecutaron alguna especie de rito. Y medio creo que Tom realmente lo envió a uno de los mundos estelares…, más que medio creo, tal vez. Mira su cara, Bill. Mírala. ¿Has visto alguna vez una expresión más feliz? Es la expresión de alguien que va derecho al cielo. Pero Ferguson no creía en el cielo.
—¿Y ahora está en otra estrella?
—Tal vez. ¿Cómo puedo saberlo?
Waldstein la miró.
—Deberíamos encontrar a Tom y matarlo inmediatamente.
—¿Qué dices, Bill?
—Escucha, no hay otra opción. ¿Vas a dejar que recorra todo el Centro asesinando a la gente?
Elszabet gesticuló indefensa. No sabía qué responder. ¿Asesinar? Esa no era la palabra adecuada. Tom no asesinaría a nadie. Pero sin embargo…, sin embargo…, si Tom había tocado a Ferguson como decía April, y Ferguson había muerto…
—Si ese Tom es verdaderamente capaz de sacar a la gente de sus cuerpos y enviarlos quién sabe dónde y no dejar más que un cascarón vacío, entonces es el hombre más peligroso del mundo. Es de una película de terror. Puede ir vagando de un lado a otro, haciendo que la gente vaya cruzando, o como quieras llamarlo, hasta que no quede nadie vivo. Se limita a chasquear los dedos y envía a la gente a las malditas estrellas… ¿Crees que eso es bueno? ¿Te parece que podemos permitirlo?
Ella le miraba, pero aún no había encontrado palabras. Él continuó.
—Eso si crees algo de esta basura. Y si no, bien, aún tenemos el problema de averiguar cómo se las arregló para matar a Ferguson y…
Entonces el receptor colocado en la oreja de Elszabet restalló. Oyó la voz de Lew, desgarrada, casi histérica.
—¿Puedes repetir eso? —dijo. Waldstein empezó a hablar. Ella le indicó con la mano que se callara—. Tú no, Bill. No he oído lo que has dicho, Lew —se dirigió al micrófono—. Repítelo, por favor. Despacio.
—¡He dicho que Tomás Menéndez acaba de desconectar las murallas de energía y los tumbondé están rebasando nuestras líneas!
—Oh, Lew, no. ¡No!
—Lo teníamos todo controlado. Había una turba colosal fuera, pero no podían entrar. Menéndez trasladaba los generadores, trabajaba igual que todo el mundo. Entonces parece que reconoció a alguien en la multitud, y gritó que él era el abridor de la puerta o algo parecido. Y la abrió. Desconectó la pared. Hay miles de ellos entrando en el Centro ahora, Elszabet. Millones. No sé. Están por todas partes. Dentro de dos minutos los tendrás encima.
—Oh, Dios mío —dijo ella. Una extraña tranquilidad empezó a invadirla. Casi tuvo ganas de reír.
—¿Qué te está diciendo? —preguntó Waldstein.
Elszabet cerró los ojos y meneó la cabeza.
—La muralla ha sido desconectada, y los tumbondé están entrando. Oh, Dios mío, Bill, esto es el fin. El fin.
Octava parte