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Si Los Muertos No Resucitan

Электронная книга - «Si Los Muertos No Resucitan». Краткое содержание книги:

Un año después de abandonar la Kripo, la Policía Criminal alemana, Bernie Gunther trabaja en el Hotel Adlon, en donde se aloja la periodista norteamericana Noreen Charalambides, que ha llegado a Berlín para investigar el creciente fervor antijudío y la sospechosa designación de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos de 1936. Noreen y Gunther se aliarán dentro y fuera de la cama seguirle la pista a una trama que une las altas esferas del nazismo con el crimen organizado estadounidense. Un chantaje, doble y calculado, les hará renunciar a destapar la miseria y los asesinatos, pero no al amor. Sin embargo, Noreen es obligada a volver a Estados Unidos, y Gunther ve cómo, otra vez, una mujer se pierde en las sombras. Hasta que veinte años después, ambos se reencuentran en la insurgente Habana de Batista. Pero los fantasmas nunca viajan solos.
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– De acuerdo -dijo Krempel-. Ya ha tomado bastante. Vamos a ver si podemos ponernos de pie, ¿de acuerdo?

Se levantó, me agarró por las solapas del abrigo con sus manazas como granadas y me sacó violentamente de la bañera. Era un hombre fuerte… Demasiado para intentar cualquier estupidez. De todos modos, le lancé un puñetazo, fallé, perdí el equilibrio y me caí al suelo; Krempel me pagó la molestia que me había tomado con una patada en las costillas.

– ¿Y la pasta? -pregunté, sin sentir dolor apenas-. No se olvide de la pasta.

– No tengo más que volver después a buscarla.

Me puso en pie de nuevo y me sacó del cuarto de baño.

Dora estaba sentada en el sofá leyendo una revista. Llevaba un abrigo de pieles. Me pregunté si se lo habría comprado Reles.

– ¡Ah, eres tú! -dije, quitándome el sombrero-. No te había reconocido, vestida. Aunque supongo que eso te lo deben de decir muchos, muñeca.

Se levantó, me abofeteó y, cuando iba a propinarme otro, Krempel la agarró por la muñeca y se la retorció.

– Vete a buscar el coche -le dijo.

– Sí -dije yo-. Vete a buscar el coche y date prisa. Quiero caerme y desmayarme de una vez.

Krempel me sujetaba contra la pared como si fuese yo un baúl de barco. Cerré los ojos un momento y, cuando volví a abrirlos, Dora se había ido. Krempel me sacó de la habitación y me llevó hasta las escaleras.

– No me importa cómo baje las escaleras, Gunther. Puedo ayudarle o empujarlo, pero si intenta hacer cualquier movimiento, le prometo que no tendrá donde agarrarse.

– Se lo agradezco -me oí decir con voz espesa.

Llegamos abajo, pero no sé cómo. Mis piernas eran de Charlie Chaplin. Reconocí la puerta de Wilhelmstrasse y pensé que era muy sensato haber elegido esa salida para ir a la calle a esas horas. Esa puerta siempre se usaba menos que la de Unter den Linden. También el vestíbulo era más pequeño. Pero si Krempel pretendía evitar que nos encontrásemos con alguien, supe que había fallado.

Casi todos los camareros del Adlon tenían bigote o se afeitaban toda la cara, salvo uno, Abd el-Krim, quien llevaba barba. No era ése su verdadero nombre, pero yo no sabía otro. Era marroquí y todos lo llamaban así porque se parecía al guía rebelde que se había rendido a los franceses en 1926, y que ahora se pudría exiliado en una isla. No sé nada de las gracias del rebelde, pero nuestro Abd el-Krim era un camarero excelente. Como buen mahometano, era abstemio y me miró con una expresión entre escandalizada y preocupada mientras, apoyado en el dintel que eran los hombros de Krempel, me dirigía hacia la puerta dando bandazos.

– ¿Herr Gunther? -me llamó solícitamente-. ¿Se encuentra bien, señor? No tiene buena cara.

Tenía la boca muy relajada y se me cayeron unas palabras como si fueran saliva. Tal vez fueran sólo eso, no lo sé. El caso es que, si dije algo, no lo entendí ni yo, conque dudo que Abd el-Krim captase algo.

– Me temo que ha bebido más de la cuenta -dijo Krempel al camarero-. Me lo llevo a casa antes de que lo vean en este estado Behlert o los Adlon.

Abd el-Krim, vestido para irse a casa, asintió con seriedad.

– Sí, es lo mejor, creo yo. ¿Necesita ayuda, señor?

– No, gracias. Está esperándome un coche ahí fuera. Creo que me las arreglaré bien.

El camarero inclinó la cabeza y abrió la puerta a mi secuestrador, quien me sacó de allí bien abrazado.

En cuanto el aire frío y la lluvia me llegaron a los pulmones, me puse a vomitar en el desagüe. Se podría haber embotellado y vendido lo que eché por la boca, porque sabía a puro Korn. Inmediatamente se me acercó un coche y me salpicó el bajo de los pantalones. Se me volvió a caer el sombrero. Se abrió la portezuela y Krempel me empujó al suelo del coche con la suela del zapato. Un momento después se cerró la portezuela y nos pusimos en movimiento… hacia adelante, me imaginé, aunque a mí me parecía que dábamos vueltas y vueltas en un tiovivo de Luna Park. No sabía adónde íbamos y dejé de preocuparme. Me encontraba peor que si hubiera estado desnudo en el escaparate de una funeraria.

32

Había tormenta en alta mar. La cubierta se movía como un ascensor acelerado y, de pronto, una ola de agua fría me dio en la cara. Sacudí la cabeza con mucho esfuerzo y abrí los ojos, que me escocían como ostras recién sacadas de la concha y nadando todavía en salsa de Tabasco. Recibí otra ola de agua. Sólo que no era una ola, sino agua que me arrojaba Gerhard Krempel con un cubo. Sin embargo, sí que estábamos en la cubierta de un barco o, al menos, de una embarcación tirando a grande. Detrás de él se encontraba Max Reles, vestido de ricachón que juega a ser capitán de barco. Llevaba una chaqueta deportiva azul y pantalones blancos, camisa blanca y corbata y una gorra blanca con visera. Alrededor, todo era blanco también y me costó un buen rato darme cuenta de que era de día y que probablemente estábamos rodeados de niebla.

Reles empezó a mover la boca y también de ahí salía niebla blanca. Hacía frío, mucho frío. Al principio creí que Reles hablaba en noruego o, en cualquier caso, en una lengua nórdica. Después me pareció que casi lo entendía: danés, quizá. No supe que en realidad estaba hablando en alemán hasta que recibí en la cara la tercera rociada de agua, recogida por la borda mediante un cubo atado a una cuerda.

– Buenos días -dijo Reles- y bienvenido al mundo. Empezábamos a preocuparnos por usted, Gunther. Es que pensaba que los alemanes aguantaban bien el alcohol, pero ha estado usted inconsciente un buen rato, para mayor incomodidad mía, debo añadir.

Estaba yo sentado en una cubierta de madera pulida, mirándolo a él. Intenté levantarme, pero descubrí que tenía las manos atadas sobre el regazo y, lo que es peor, puesto que parecía que el barco estaba en el agua, que también me habían atado los pies a un montón de bloques de cemento gris que estaban a mi lado.

Me incliné a un lado y vomité durante casi un minuto seguido. Me admiró que mi cuerpo pudiese producir semejante sonido. Era el ruido de un ser vivo que saca hasta las tripas por la boca. Entre tanto, Reles se alejó con una expresión de asco en su cara de nudillo. Cuando volvió, Dora venía con él. Llevaba su abrigo de pieles, con gorro a juego, y un vaso de agua.

Me lo acercó a los labios y me ayudó a beber. Cuando hube vaciado el vaso, se lo agradecí sinceramente con un movimiento de cabeza e intenté hacerme una idea de la situación en la que me encontraba. No me gustó mucho. Eché de menos el sombrero, el abrigo y la chaqueta y tenía la cabeza como si hubieran jugado con ella la final de la copa Mitropa. El olor acre del gran puro de Reles me revolvía las tripas. Estaba en un buen aprieto. En medio de una multitud de sensaciones horribles, noté que Max Reles se proponía hacerme una demostración práctica del método exacto que habían empleado para deshacerse del cadáver de Isaac Deutsch. Un perro hambriento atado a las vías de un tren de gran velocidad no habría estado en peor tesitura que yo.

– ¿Se encuentra mejor? -Se sentó en los bloques de cemento-. Aunque le parezca un poco pronto para tanto, me temo que no va a encontrarse mejor en lo que le queda de vida. Es más, se lo garantizo.

Volvió a encender el puro y soltó una risita. Dora se inclinó por la borda y se quedó mirando al limbo en el que flotábamos como almas perdidas. De pie, con los puños en las caderas, Krempel parecía dispuesto a sacudirme en cuanto se lo pidieran.

– Tenía que haber hecho caso al conde Von Helldorf. No pudo ser más explícito, creo yo: pero no, usted tenía que ser un maldito Sam Spade y meter las narices donde no debía. Eso es lo que no entiendo. De verdad, no me cabe en la cabeza. Tuvo que haberse dado cuenta de que era un asunto de mucha pasta, de que había demasiada gente importante sacando una buena tajada del pastel de cerezas de la Selva Negra, llamado Olimpiadas, para permitir que se lo estropeasen y, menos aún, una persona tan prescindible como usted, Gunther.

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