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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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– Oye, Zanasis, estás hablando conmigo, con Jaritos. ¿Pretendes hacerme creer que hiciste todo eso para ver a tu hija?

– Tú te has pasado la vida mimando a tu hija -salta de pronto, tuteándome-. Y un día sí y otro también estás por los suelos porque la echas de menos. Cuando te llama por teléfono, se te cae la baba.

Te ha dado de lleno, Jarifos. Será mejor que no digas nada.

Menea la cabeza para subrayar su desesperación.

– Ya te he dicho que tenía el demonio en el cuerpo. Y sabía cómo alentar mis esperanzas. Desde el día en que acepté seguirle el juego, Yanna volvió a acostarse conmigo. No lo hacía muy a menudo, sólo de vez en cuando. Sin decírmelo, me dejaba creer que ahora podría ocurrir lo que no había sucedido veinte años atrás: vivir todos juntos, ella, nuestra hija y yo.

– ¿Cuándo aceptaste la cruel realidad? -pregunto.

– Después del asesinato de los albaneses, cuando te metió la idea de los niños. Tú no sabías nada pero yo comprendí enseguida lo que pretendía. Quería que anunciaseis una investigación en torno al tráfico de niños. Entonces ella haría público su trabajo y demostraría que, mientras la policía no hacía más que dar palos de ciego, ella ya tenía el caso resuelto. Quería ridiculizarlos a todos, policías y periodistas, convertirse en un ídolo. Demostrar que estaba muy por encima de sus colegas varones. Lo único que le faltaba, y que tampoco yo pude averiguar, es la implicación de Pilarinós en todo esto.

Porque no conocía a Zisis. A éste lo tenía yo.

– ¿Por eso la mataste?

Esperaba la pregunta. Me mira durante un rato. Tengo la impresión de que lo negará, pero al final dice despacio:

– En parte, tú tienes la culpa de que lo hiciera.

– ¿Yo?

– Tú me pediste que la viera aquella noche. Yo no quería, pero tú insististe. Cuando le dije que me había dado cuenta de su juego y le recordé nuestro pacto, se echó a reír. Dijo que mantendría su palabra, aunque con un pequeño cambio. Entregaría toda la información, pero sólo cuando la llamara la policía; así demostraría que sin ella estábamos perdidos. La amenacé con contártelo todo. Volvió a reírse y me advirtió que no lo hiciera, porque estaba metido hasta el cuello y, si le arrebataba la primicia, divulgaría mi papel en el asunto para vengarse. Antes de irnos, quiso hacer una llamada. La acompañé hasta su coche. En mi ceguera, pensaba que cambiaría de parecer en el último momento. Pero ella bajó la ventanilla y me dijo que anunciaría una parte del asunto aquella misma noche para que a la gente le picara la curiosidad, y a las ocho y media de la tarde siguiente ¡bum!, estallaría la bomba en el informativo de las ocho y media. Y arrancó enseguida, para que yo no tuviera tiempo de protestar.

Saca un pañuelo de papel y se seca la frente bañada en sudor. De repente, como ocurre siempre que alguien trata de evadirse de la tensión, salta a un tema irrelevante.

– Perdona, no te he ofrecido nada. ¿Te apetece un café?

– No, no quiero nada. Sigue.

Ve que no tiene escapatoria y se rinde a su suerte.

– No me fui enseguida. Me quedé allí un rato para reponerme y pensar más fríamente. Entonces comprendí que todo era mentira. Ella no tenía la menor intención de presentarme a mi hija, ni de hacerme partícipe de su éxito. Entré en mi coche y la seguí. Vi su automóvil aparcado delante de los estudios. No sé si ya había decidido matarla. Seguramente sí, porque esperé a que se fuera el guardia de seguridad para colarme dentro. Conocía el lugar, ella misma me lo había descrito. La encontré retocándose el maquillaje, delante del espejo. Se cabreó al verme. La acusé de no haber respetado su parte del trato y le advertí que si no me decía inmediatamente dónde estaba mi hija, tendría que devolverme toda la información que le había pasado. -Se interrumpe y sonríe-. A quién se le ocurre… Debía de estar totalmente ofuscado para hablar de tratos. Entonces confesó que había dado nuestra hija a una pareja sin niños y que no podía presentármela ni pensaba decirme dónde estaba.

De repente guarda silencio y se echa a reír. Una risa demente, paranoica.

– Yo no llevaba el revólver, por eso ella no se preocupó. Cómo iba a imaginarse que le clavaría el pie del foco. -La risa cesa bruscamente y recupera su actitud de antes-. Me apoderé de los papeles de su bolso y de la agenda, por si acaso. Entré en el ascensor y bajé al garaje. Me escondí entre los coches y salí detrás del primero que abandonó el aparcamiento.

Karayorgui tenía miedo, aunque no de él. Temía a Sovatsís, Duru y compañía. Por eso llamó a Kostaraku.

Zanasis se levanta y se acerca al mueble donde está el televisor. Cuando lo abre, caigo en la cuenta de que no voy armado y que como agarre una pistola, las voy a pasar canutas. Pero él saca un sobre amarillo y una agenda y me los da.

– Estas son sus cosas, toma.

Las dejo encima de la mesa sin tocarlas.

– No sabes cómo me sentí cuando me presentaste a su sobrina -oigo su voz-. En el mismo instante en que la vi comprendí que era mi hija, pero ya era demasiado tarde. ¿Qué iba a decirle? ¿Hola, soy tu padre y he matado a tu madre?

– ¿Por qué asesinaste a Kostaraku?

– Tú, otra vez. Me dijiste que Yanna había llamado a Kostaraku para que se hiciera cargo de la investigación. Temí que le hubiera entregado más información de la que llevaba encima, y que tal vez mi nombre apareciera en ella. No quería arriesgarme. Me identifiqué y le dije que tenía algo que darle de parte de Karayorgui. Me abrió enseguida. Llevaba el sobre conmigo. Mientras lo hojeaba, le rodeé el cuello con el alambre y la estrangulé.

Me mira y suelta otra carcajada.

– Después fui directo a verte para informarte sobre Kolákoglu -prosigue-. Tú eras mi coartada. Buscabas al asesino por todas partes y lo tenías delante de tus narices.

Me mira y sigue riéndose. Pienso que es la última vez. A partir de mañana ya no intercambiaremos miradas, y no tendré la oportunidad de invertir las reglas del juego: mirarle a los ojos diciéndole que soy un cretino, para que él responda «sé que eres un cretino».

De pronto se pone serio.

– Ahora saldrá todo a la luz -dice, y suspira agobiado por la idea-. Yo perderé mi reputación, y mi hija descubrirá que su padre es un asesino.

– ¿Qué otra salida nos queda? -respondo-. Es la única solución.

– ¿Vas a detenerme?

– Eso depende de ti. He venido solo para hablar contigo. Si lo prefieres, mañana mando a los agentes a que te detengan.

– Qué más da, hoy o mañana. Estoy perdido. Terminemos cuanto antes con esto. Espera un momento, por favor. Voy a buscar mis cosas.

– Vale, no tengo tanta prisa.

Se levanta y sale al recibidor. Podría abrir la puerta y escapar pero, si tuviera esta intención, ¿no sacaría la pistola? De cualquier forma, hay que correr cierto riesgo.

Abro el sobre de Karayorgui. Contiene otro carrete de fotografías, una pila de documentos impresos y cuatro fotos. Deben de ser de este carrete más reciente. Lo había sacado de la carpeta para revelarlo. El material que encontramos nosotros es más antiguo. Una de las fotografías es de Duru. Las tres restantes fueron tomadas de noche en la calle Kumanudi. En ellas figuran tres personas distintas en el momento de sacar a un niño del camión. Reconozco a Seji. Los otros dos deben de ser la pareja de albaneses asesinados, aunque la imagen no es lo suficientemente clara. Los miro y me entran ganas de hacerlos trizas. Si hubiéramos dispuesto de esta información desde el principio, habríamos cerrado el caso en unos pocos días. Karayorgui y Kostaraku seguirían con vida. Sé que es una tontería, pero no resulta agradable que te digan que, aun sin querer, has causado dos muertes. En cualquier caso, Duru ya no se libra.

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