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Testigos del silencio

Электронная книга - «Testigos del silencio». Краткое содержание книги:

La doctora Temperance Brennan acaba de llegar a Montreal para cubrir el puesto de directora del Departamento de Antropología forense de la provincia de Québec. Atrás ha dejado una situación matrimonial delicada y una época de trabajo nada fácil, por lo que Temple acaricia la perspectiva de un relajante fin de semana. Antes, sin embargo, debe personarse en el lugar donde la policía acaba de encontrar un cadáver descuartizado y meticulosamente clasificado en bolsas de plástico.
El singular proceder del asesino le resulta terriblemente familiar a la forense, y en seguida acude a su memoria el caso de la joven Chantale Trottier, de dieciséis años, que había llegado a la morgue desnuda, escrupulosamente descuartizada y empaquetada en varias bolsas de basura tiempo atrás. Con la certeza de que un asesino anda suelto por la ciudad, Tempe ha de recurrir a sus habilidades como forense para probar que ambos casos están relacionados. Pero para lograr la detención del psicópata ha de convencer a sus colegas del Departamento de Policía de que sus sospechas son ciertas, por lo que no la queda mas remedio que actuar con rapidez e incluso poner en peligro su vida y la de cuantos le rodean.
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Aquella visión me provocó náuseas y me obligó a devolver. Me enjugué la boca con la mano y me precipité en mi casa, di un portazo y, tras asegurar la puerta, volví a instalar el sistema de seguridad.

Busqué torpemente un número, me abalancé hacia el teléfono y me esforcé por pulsar las teclas adecuadas. Me respondieron al cuarto timbrazo.

– ¡Venga en seguida! ¡Ahora mismo!

– ¿Es Brennan?-repuso una voz soñolienta-. ¿Qué diablos…?

– ¡Venga inmediatamente, Ryan!

Capítulo 24

Más tarde, y tras cuatro litros de té, estaba encogida en la mecedora de Birdie y observaba aturdida a Ryan, que en aquel momento realizaba su tercera llamada -en esta ocasión, personal- asegurándole a alguien que regresaría en seguida. A juzgar por sus palabras, su interlocutor se mostraba insatisfecho e insistente.

Mi histeria se había visto recompensada. Ryan había llegado veinte minutos después. Registró el apartamento y el patio y luego se puso en contacto con el CUM para que enviaran un coche patrulla a vigilar el edificio. Había colocado la bolsa y su espantoso contenido en otra bolsa mayor, la selló y la dejó en el suelo, en un rincón del comedor, con la intención de llevársela después. El equipo de investigación vendría por la mañana. Estábamos en el comedor: yo, sentada, tomaba un té, y Ryan paseaba arriba y abajo y charlaba.

No sabía exactamente qué me producía efectos más tranquilizadores, si el té o Ryan. Probablemente no sería la infusión. En realidad, lo que deseaba era una bebida más fuerte. Pero «desear» no era la palabra adecuada: «ansiar» sería más exacta. Lo cierto es que deseaba beber mucho, apurar una botella hasta la última gota. «Olvídalo, Brennan. El tapón está puesto y seguirá ahí.»

Bebí un trago de té y observé a Ryan. Llevaba téjanos y una descolorida camisa vaquera. Buena elección. Las tonalidades azules iluminaban sus ojos como si colorearan una película antigua. Concluyó sus llamadas, pero siguió paseando.

– Ya está -dijo.

Tiró el teléfono en el sofá y se pasó la mano por el rostro. Estaba despeinado y con aspecto cansado. Pero probablemente tampoco yo parecería Claudia Schiffer.

Me pregunté a qué se referiría.

– Le agradezco que haya venido -dije-. Me temo haber reaccionado exageradamente.

Ya lo había dicho, pero lo repetí.

– No, nada de eso.

– No acostumbro…

– No pasa nada. Vamos a cazar a ese psicópata.

– Yo podría haber…

Se inclinó y apoyó las manos en las rodillas al tiempo que fijaba en las mías sus frías pupilas. Tenía una mota de pelusa en las pestañas, como una partícula de polen pegada en un pistilo.

– Brennan, esto es muy grave. Por ahí anda un tipo que es una especie de mutante mental, psicológicamente contrahecho. Es como las ratas que socavan montones de basura y se escabullen por los conductos del alcantarillado de esta ciudad: un depredador. Tiene los cables cruzados y ahora la ha introducido a usted en la pesadilla degenerada que está maquinando. Pero ha cometido un error y nosotros lo obligaremos a descubrirse y lo aplastaremos. Eso haremos con ese gusano.

Me sobresaltó la intensidad de su respuesta y no se me ocurrió qué decir. No me parecía aconsejable señalarle sus confusas metáforas.

Ryan tomó mi silencio como escepticismo.

– Lo digo en serio, Brennan. Ese cerdo tiene el cerebro de un sádico, lo que significa que usted debe renunciar a sus artimañas.

Su comentario me incitó a comportarme de modo descortés, algo que no exigía mucho incentivo. Me sentía vulnerable y dependiente y me odiaba a mí misma por ello, por lo que volqué en él mis frustraciones.

– ¿Artimañas? -repliqué.

– ¡Diablos, Brennan, no me refiero a esta noche!

Ambos sabíamos a qué se refería. Tenía razón, lo que intensificaba mi malestar y me incitaba a discutir. Hice girar el té ya frío y guardé silencio.

– Es evidente que ese animal ha estado acechándola -insistió, machacón como un martillo mecánico-. Sabe dónde vive y cómo entrar en su casa.

– No ha llegado a entrar.

– ¡Ha colocado una cabeza humana en su patio!

– ¡Lo sé! -grité perdiendo en gran parte mi compostura. Desvié la mirada hacia el rincón del comedor. El objeto procedente del jardín yacía allí, silencioso e inerte, un artefacto que aguardaba ser procesado. Podía haberse tratado de cualquier cosa: un balón, un globo, un melón. El objeto redondo contenido en la brillante bolsa de color negro parecía inofensivo en el interior del plástico donde Ryan lo había encerrado.

Sin apartar de él los ojos, cruzaron por mi mente imágenes de su espantoso contenido. Vi el cráneo apoyado en el angosto cuello del palo, las vacías órbitas fijas en el frente y la rosada luz del neón brillando en el blanco esmalte de la boca abierta. Imaginé al intruso rompiendo el candado y cruzando el patio con osadía para depositar allí su horripilante recuerdo.

– Lo sé -repetí-, tiene razón. Tendré que andarme con mucho cuidado.

Hice girar de nuevo mi taza buscando respuesta en las hojas.

– ¿Quiere más té? -ofrecí.

– No, estoy bien. -Se levantó-. Voy a comprobar si ha llegado la patrulla.

Desapareció por la parte posterior del apartamento y yo me serví otra taza. Aún estaba en la cocina cuando él regresó.

– Han aparcado en la callejuela de enfrente y se instalará otra en el otro lado. Lo comprobaré cuando me marche. Nadie podrá acercarse a este edificio sin ser visto.

– Gracias.

Tomé un trago y me apoyé en el mostrador.

Ryan sacó un paquete de DuMaurier del bolsillo y me miró con aire interrogante.

– Desde luego -dije.

Odiaba el humo en el apartamento, pero probablemente él tampoco estuviera a gusto allí. La vida consiste en concesiones mutuas. Pensé en buscar mi único cenicero, pero no me molesté. Él fumaba y yo bebía sin hablar, apoyada contra el mostrador, sumidos ambos en nuestros pensamientos. Se oía el zumbido del refrigerador.

– ¿Sabe? No ha sido realmente el cráneo lo que me ha asustado. Estoy acostumbrada a ello. Ha sido hallarlo fuera de contexto.

– Desde luego.

– Parecerá un cliché, lo sé, pero me siento como violada. Igual que si una criatura extraña invadiese mi espacio personal, hurgara por él y se marchara cuando dejara de interesarle.

Así la taza con fuerza, sintiéndome vulnerable y odiando tal situación. Y también me sentía necia. Sin duda que él había oído versiones parecidas en múltiples ocasiones. De ser así, no hizo alusión a ello.

– ¿Cree que se trata de Saint Jacques?

Me miró y sacudió la ceniza en el fregadero. Se recostó contra el mostrador y dio una fuerte calada. Sus piernas llegaban casi hasta el refrigerador.

– No lo sé. ¡Diablos!, si ni siquiera podemos identificar a quién perseguimos. Saint Jacques probablemente es un alias. Quienquiera que utilizase aquel agujero sin duda no vivía realmente allí. Resulta que la patrona sólo lo vio dos veces. Hemos vigilado la casa una semana y nadie ha entrado ni salido de ella.

Hum. Calada, humo, volutas.

– Él tenía mi fotografía en su colección. La había recortado y marcado.

– Sí.

– Sea sincero conmigo.

– Yo diría que sí -repuso tras una larga pausa-. Es muy improbable una coincidencia.

Lo sabía, pero no deseaba oírselo decir. Aún más, no quería pensar en lo que ello significaba. Señalé el cráneo.

– ¿Corresponde al cadáver que encontramos en Saint Lambert?

– Lo ignoro, eso es de su competencia.

Dio una última calada, echó agua en la colilla y miró en torno algún lugar donde tirarla. Yo abrí un armario que contenía una bolsa de basura. Al levantarse apoyé una mano en su antebrazo.

– ¿Me cree loca, Ryan? ¿Cree que esa idea del asesino en serie sólo es fruto de mi imaginación?

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