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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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– Disparates sentimentales -dijo el inspector con tono cordial-, y todo debido a que estás razonando hacia atrás, a partir del efecto que ves hasta la causa que imaginas que una persona normal desearía lograr. Intenta razonar hacia delante. Era una vieja puñetera, avara y maliciosa, que no sólo adquirió una fortuna mediante chantaje y creativos fraudes de seguros, sino que además aborreció y despreció a todos los que la rodeaban, durante la mayor parte de su vida. ¿Por qué, después de no haber sembrado nada más que discordia durante sesenta años, le regala de pronto una fortuna a una desconocida acomodaticia y agradable? No por el bien de la armonía, eso es seguro. -Los ojos del inspector se entrecerraron con expresión meditabunda-. Puedo aceptar la interpretación de la mordaza como una forma simbólica de atraer la atención sobre la represión definitiva de una lengua particularmente desagradable, pero no puedo aceptar que el leopardo haya cambiado de repente sus manchas cuando se trató de hacer el testamento.

– No puede hacerse caso omiso de la opinión que los Blakeney tienen del carácter de ella, Charlie. Según ellos, era una persona mucho más agradable de lo que cualquiera le concede. Yo adivino que ellos le proporcionaron espacio para respirar, no le exigieron nada, y la verdadera Mathilda floreció. -Calló durante un momento e hizo inventario-. Piensa en lo siguiente. Nosotros hemos estado entreteniéndonos con el simbolismo de la mordaza, en gran medida debido a las «ortigas y margaritas y las largas flores púrpura» de Ofelia, pero en lugar de eso, considéralo en términos prácticos. Esas mordazas se usaban para mantener calladas a las mujeres, y quizá la razón por la que ella la llevaba puesta era tan sencilla como eso. Su asesino no quería que ella alertara a los vecinos de al lado gritando como una desaforada, así que le puso ese artefacto en la cabeza y luego lo adornó con flores para conferirle un significado místico, si bien originador de confusión.

Jones cruzó los dedos debajo del mentón.

– Pero ella tuvo que haber tomado antes los barbitúricos, o habría luchado cuando le pusieron la mordaza y tendría, por tanto, arañazos en la cara. Si estaba tan drogada como para no molestarse en luchar, ¿por qué ponérsela?

– Haz lo que me has dicho que hiciera y razona hacia delante. Quieres matar a una mujer haciendo que parezca un suicidio pero los vecinos están demasiado cerca como para hacerlo con comodidad, así que necesitas una manera de mantenerla callada en caso de que los barbitúricos no sean tan eficaces como esperas. Un trabajo doblemente seguro, en otras palabras. No puedes usar cinta aislante ni esparadrapo porque dejaría marcas en la piel, y eres lo bastante astuto como para no ponerle una mordaza de tela por el riesgo de que se encuentren fragmentos de fibra en la boca durante la autopsia, así que echas mano de algo que puedes dejarle puesto y que tiene su propio significado para la víctima, y confías en la suerte para que la policía lo atribuya a un macabro ejemplo de autocondenación. Luego la llevas a la bañera, la aferras por las manos mientras le cortas las muñecas, arrojas el cuchillo al piso y la dejas morir, sabiendo que aun en el caso de que consiga recobrar el conocimiento, la mordaza evitará que grite para pedir auxilio.

Jones asintió con la cabeza.

– Suena factible pero ¿por qué molestarse con la bañera y el cuchillo Stanley? ¿Por qué no limitarse a darle una dosis masiva de pildoras y dejarla morir de ese modo?

– Porque no había las suficientes, supongo, e incluso en caso de que las hubiera, no son muy fiables. Supon que Ruth hubiese regresado a la mañana siguiente y encontrado a la anciana todavía con vida. Podría haber existido la posibilidad de hacerle un lavado de estómago y revivirla. Además, por supuesto, Ofelia se ahogó, cosa que podría haber inspirado la idea. -Sonrió, cohibido-. He leído la obra para ver si había alguna pista en ella, y te aseguro que es una obra sanguinaria. Al final no queda nadie vivo.

– ¿Encontraste alguna pista?

– No.

– No me extraña. Fue escrita hace cuatrocientos años. -Jones se dio golpecitos con el lápiz contra los dientes-. Con franqueza, no consigo ver que nada de esto cambie las cosas. Todavía estás describiendo a alguien que la conocía íntimamente, que es lo que creímos desde el principio. Las únicas dos cosas nuevas son el descubrimiento de la llave y la ausencia de los diarios. Admito que la llave podría significar que el asesino entró sin que lo invitaran, pero a pesar de eso tenía que ser alguien muy próximo a ella, o habría gritado hasta desgañitarse. Y hay muchísimos detalles íntimos implicados en el asunto: el cuchillo Stanley, los somníferos, la gran afición de ella por Shakespeare, la mordaza. Quienquiera que fuese, es probable que incluso supiera que en su jardín había ortigas y margaritas, además de dónde encontrarlas a oscuras. Y alguien tan próximo como eso significa los Blakeney, las Lascelles o el señor y la señora Spede.

Cooper cogió el segundo fax de su libreta de notas y lo desplegó sobre el escritorio.

– Según las pruebas dactilares que hemos realizado, teniendo en cuenta que le dije al laboratorio que las hicieran lo antes posible, estos resultados tendrán que ser comprobados otra vez para verificar su exactitud, han revelado identificaciones provisionales de cuatro huellas recogidas en la casa, excluyendo las de la propia señora Gillespie, la señora Spede, los Blakeney, la señora y la señorita Lascelles, y ahora James Gillespie. Las cuatro son… -pasó un dedo con lentitud página abajo-: las del reverendo Matthews, que coinciden en diez puntos con la huella hallada en el espejo del vestíbulo; las de la señora Orloff, que coinciden en dieciséis puntos con la huella recogida en la mesa de la cocina y en catorce puntos con la encontrada en la puerta de la cocina; las de la señora Spencer, que coinciden en doce puntos con la recogida en la puerta del vestíbulo; y, por último, las de la señora Jane Marriott, que coinciden en dieciocho puntos con las dos huellas encontradas en la superficie del escritorio y la recogida en el poste soporte de la escalerilla de caracol. -Alzó la mirada-. La señora Orloff es su vecina. La señora Spencer dirige la tienda local, y la señora Marriott es la recepcionista del consultorio de Fontwell. Lo que resulta interesante es que el reverendo Matthews, la señora Orloff y la señora Spencer reconocen todos sin ningún problema haber estado dentro de la casa en la semana anterior a la muerte de la señora Gillespie. La señora Marriott no. Según Jenkins, que la entrevistó cuando fue preguntando puerta por puerta, ella dijo no haberse acercado siquiera a Cedar House durante años.

Con descuidada desconsideración por las restricciones impuestas sobre sus desplazamientos por la policía de Bournemouth, Jack aguardó hasta que Sarah se hubo marchado al trabajo y luego partió hacia Fontwell en la vieja bicicleta que los parientes más próximos de Geoffrey Freeling habían abandonado en el garaje. Su coche se encontraba retenido en el aparcamiento de Freemont Road, y tenía visos de continuar allí de forma indefinida hasta que se llegara a una decisión respecto a procesarlo o no a él, aunque Jack abrigaba profundas sospechas sobre los motivos que tenían para retenerlo. Habían afirmado que se trataba de una prueba material, pero él vio la obra de la tortuosa mano de Keith detrás del inspector. «Es irrazonable esperar que la doctora Blakeney vigile a su esposo por ustedes, así que priven a Jack de sus ruedas y puede que se esté quieto.» Por una vez se sintió agradecido por la duradera parcialidad de Smollett para con su esposa.

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