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El juego del León

Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:

Desde un puesto especial de observación en el aeropuerto JFK de Nueva York, miembros de la Brigada Antiterrorista esperan la llegada de un pasajero desde París: Asad Khalil, un terrorista libio conocido como «El León» que va a pasarse a Occidente. Todo se está desarrollando conforme a lo previsto; el avión con sus centenares de pasajeros, incluido Khalil y sus escoltas del FBI, llega puntual a su destino. Sin embargo, pronto queda claro que algo marcha mal, terriblemente mal, y que lo ocurrido en este vuelo es sólo un preludio del terror que se sucederá a continuación…
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
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A aquella gente no le iban esa clase de bromas. Se hizo un silencio sepulcral, y pensé que me iban a rogar que esperase en el pasillo.

– Mientras el señor Jalil dormía profundamente -continuó Jane-, por efecto de un sedante casualmente presente en su taza de leche -sonrió con aire conspiratorio-, varios empleados de la embajada obtuvieron fibras de sus ropas. Le tomaron también las huellas dactilares y plantares, le extrajeron células epiteliales de la boca para identificar su ADN, le tomaron muestras capilares e incluso impresiones dentales. -Jane me miró y dijo-: ¿Hemos pasado algo por alto, señor Corey?

– Supongo que no. No sabía que la leche podía surtir ese efecto.

– Les facilitaremos todos los resultados forenses -prosiguió-. Un informe preliminar sobre su atuendo, consistente en un traje gris, camisa, corbata, zapatos negros y ropa interior, indica que todas las prendas habían sido confeccionadas en Estados Unidos, lo cual resulta interesante, ya que las prendas estadounidenses no son frecuentes en Europa ni en Oriente Medio. Sospechamos, por tanto, que Jalil se proponía integrarse en una población urbana estadounidense muy poco después de su llegada.

Eso era lo que yo pensaba.

– Hay una teoría alternativa -prosiguió Jane-, según la cual Jalil, llevando un pasaporte falso procurado por Haddad, se dirigió a la terminal de Llegadas y Salidas Internacionales, donde, en el mostrador de una compañía de Oriente Medio o quizá de cualquier otra compañía, le estaba esperando un billete expedido al nombre que figuraba en su pasaporte falso. O bien Yusef Haddad le dio a Jalil ese billete a bordo del vuelo Uno-Siete-Cinco.

Jane nos miró:

– Tengo entendido que han considerado ustedes ambas teorías: Jalil se quedó, Jalil se marchó. Las dos son plausibles. De lo que estamos seguros es de que Yusef Haddad se quedó. Estamos tratando de establecer su verdadera identidad y determinar cuáles son sus conexiones. Consideren un hombre tan despiadado, me refiero a Jalil, que asesina a su cómplice, mata al hombre que arriesgó su vida por traerlo al país. Piensen en Asad Jalil rompiéndole el cuello a Haddad y permaneciendo luego en un avión lleno de cadáveres en espera de que el piloto automático lo deposite en el aeropuerto. Y entonces, en vez de huir, va al Club Conquistador y da muerte a tres de nuestros agentes. Pero decir que Jalil es despiadado y cruel es definir solamente una parte de su personalidad. Jalil es también increíblemente audaz y osado. Lo mueve algo muy poderoso.

No cabía la menor duda de ello. Yo me considero a mí mismo audaz y osado pero había llegado el momento de reconocer que yo no habría podido hacer lo que había hecho Asad Jalil. Solamente una vez en toda mi carrera había encontrado un adversario a quien considerase que tenía más huevos que yo. Cuando finalmente lo maté, sentí que yo no era digno de haberlo matado; del mismo modo que el cazador que mata a un león con un rifle de gran potencia sabe que el león era el más digno y valiente de los dos.

Jane pulsó el botón del proyector. Apareció en la pantalla una fotografía en color ampliada que mostraba la cara de un hombre de perfil.

– En esta foto ampliada de la mejilla izquierda de Jalil pueden ver tres leves cicatrices paralelas -dijo-. En la mejilla derecha tiene otras tres similares. Nuestro patólogo dice que no son quemaduras ni heridas causadas por metralla ni por un cuchillo. De hecho, son típicas de heridas producidas por uñas humanas o garras animales, laceraciones paralelas y ligeramente dentadas. Son las únicas cicatrices identificadoras existentes en su cuerpo.

– ¿Podemos suponer que esas cicatrices fueron producidas por unas uñas de mujer? -pregunté.

– Puede usted suponer lo que le plazca, señor Corey. Las señalo como características identificadoras en previsión de que haya modificado su aspecto externo.

– Gracias.

– Y, siguiendo esa pauta, los especialistas de París tatuaron tres puntitos en el cuerpo de Jalil. Uno se halla localizado en la parte interior del lóbulo de la oreja derecha… -Nos obsequió con un primer plano-. Otro, entre los dedos primero y segundo de su pie derecho… -De nuevo una extraña foto-. Y el último está junto al ano. En el lado derecho. En el caso de que tengan un sospechoso o se encuentren un cadáver, esto podría facilitar una rápida identificación, que sería preciso complementar con las huellas dactilares o un cotejo de impresiones dentales si llegara el caso.

Ahora le tocaba hablar a Jim.

– El plan de la operación es realmente sencillo cuando se lo considera con atención. Pasar de un país relativamente abierto a otro no es tan difícil. Yusef Haddad volaba en clase business y eso siempre facilita las cosas, incluyendo la posibilidad de llevar una bolsa de ropa y recibir tratamiento médico de oxígeno. Haddad va bien vestido, probablemente habla suficiente francés para entender lo que dicen en De Gaulle y probablemente habla suficiente inglés como para no suponer un engorro para los ayudantes de vuelo de Trans-Continental.

Levanté la mano.

– ¿Puedo hacer una pregunta?

– Por supuesto.

– ¿Cómo sabía Yusef Haddad en qué vuelo iría Asad Jalil?

– Bueno, señor Corey, ésa es la cuestión, ¿verdad?

– Sí, no me la quito de la cabeza.

– Bien, desgraciadamente la respuesta es sencilla. Siempre utilizamos Trans-Continental, nuestra compañía aérea insignia, con la que tenemos un acuerdo de tarifa reducida para la clase business, pero lo más importante es que tenemos un agente de enlace que trabaja con Trans-Continental. Metemos y sacamos gente de los aviones rápidamente y sin llamar la atención. Al parecer, alguien estaba al tanto de este acuerdo, que, por otra parte, no es alto secreto ni mucho menos.

– ¿Pero cómo sabía Haddad que Jalil iría en ese vuelo?

– Un evidente fallo de seguridad en la actuación de Trans-Continental en De Gaulle. En otras palabras, un empleado de Trans-Continental en París, quizá un empleado árabe, de los muchos que hay en París, le dio el soplo a Yusef Haddad. De hecho, si nos remontamos más atrás, Jalil desertó en París y no en otra ciudad porque hubo allí un fallo en el sistema de seguridad. De hecho, por razones de seguridad, en los aviones norteamericanos está prohibido que uno lleve a bordo su propio oxígeno para uso medicinal. Hay que solicitar una reserva de oxígeno, y por un pequeño estipendio lo entregan antes de embarcar. Evidentemente, alguien pensó hace años en este potencial problema de seguridad. En este caso, sin embargo, uno de los empleados de la compañía cambió una de las botellas de oxígeno por una botella de gas venenoso.

– A mí las dos botellas me parecieron iguales -comenté-. Supongo que una de ellas estaría marcada.

– En efecto, la de oxígeno tenía en la pintura un pequeño arañazo en zigzag. La del gas venenoso, no.

Me imaginé a Yusef Haddad diciéndose a sí mismo: «Vamos a ver… la de oxígeno tiene un arañazo, la de gas venenoso, no… ¿o era al revés…?»

– ¿Algo gracioso, señor Corey? -me preguntó Jim.

Expliqué mi estúpida idea pero sólo Nash se rió.

Jim consultó unas notas y luego prosiguió:

– Por lo que se refiere al gas, tenemos un informe preliminar al respecto. No soy un experto pero me dicen que hay cuatro tipos principales de gas tóxico: el asfixiante, el que provoca ampollas, el que ataca a la sangre y el que afecta a los nervios. El gas utilizado en el vuelo Uno-Siete-Cinco era sin duda un agente que actúa sobre la sangre, probablemente un compuesto de cloruro cianhídrico avanzado o modificado. Este tipo de gas es muy volátil y se disipa rápidamente en el aire. Según nuestros expertos químicos, los pasajeros percibieron tal vez un cierto olor a almendras amargas o huesos de melocotón pero, salvo que estuvieran familiarizados con el cianuro, no se sentirían alarmados.

Jim nos miró y vio que todos le estábamos prestando atención. Yo he tenido la misma experiencia en mis clases en el John Jay. En cuanto los alumnos empiezan a distraerse, recurro a algo relacionado con el homicidio o el sexo. Eso atrae la atención general.

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