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Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:

La aventura de una mujer que pasa de ser una esposa y madre entregada a convertirse en una exitosa guionista de Hollywood. ¿Podrán convivir ambas facetas de su vida?
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
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Una noche, después de cenar, algunos miembros de la tripulación se llevaron a Molly y a Jason de bares y acabaron en una discoteca. Querían animarles un poco, pero cuando los dos chavales regresaron al barco, su desbordante alegría se debía únicamente a que habían pillado una buena borrachera.

Subieron al yate dando tumbos y se fueron directos al camarote de Tanya y Douglas para contarles lo bien que se lo habían pasado. Cuando estaban dentro de la habitación, Molly vomitó; mientras Douglas, sentado en la cama, les miraba boquiabierto y horrorizado, Tanya se puso en pie de un salto para limpiar el estropicio.

– Hola, Doug -dijo Jason intentando mantenerse en pie-. Qué barcaza tienes. Nos lo hemos pasado genial esta noche.

Tanya intentaba desesperadamente limpiar la moqueta del camarote sin resultado y Douglas seguía mirándoles sin poder articular palabra. El olor era insoportable y, finalmente, Douglas se levantó y se marchó. Tanya acompañó a sus hijos a su camarote y les ayudó a meterse en la cama. Douglas pasó la noche en cubierta. Al día siguiente, la tripulación al completo limpió la moqueta del camarote.

– Una escapada un poco desagradable la de anoche, ¿no? -comentó Douglas a la hora del desayuno-. ¿Crees que deberían dejar beber a los chicos de su edad?

Su desaprobación era evidente.

– Lo siento. Son jóvenes, ya sabes cómo son -dijo Tanya dando por sentado que aunque Douglas no tuviera hijos, al menos recordaría su propia adolescencia.

– No, no lo sé. ¿Lo hacen a menudo? Me refiero a beber sin control.

– De vez en cuando, supongo. Están en la universidad… Molly no suele beber; creo que por eso le sentó tan mal. Jason aguanta mejor el alcohol.

– ¿Has pensado en llevarles a rehabilitación? -preguntó Douglas.

Tanya se dio cuenta, horrorizada, de que estaba hablando en serio. Para todos, incluido el anfitrión, era evidente que Douglas no sabía qué hacía cuando invitó a los chicos al barco. Aunque lo había hecho con buena intención, no tenía la más remota idea de cómo actuaban los jóvenes.

– Claro que no -respondió Tanya despacio-. No tienen ningún problema. No necesitan rehabilitación de ningún tipo. Se emborrachan alguna vez, cuando están de vacaciones. Además, me parece que ellos se sienten tan incómodos como tú.

Era la primera vez que alguien formulaba en voz alta lo que era un secreto a voces. Habían intentado que las cosas salieran bien, pero era evidente que no estaba funcionando.

– Lo siento, Tany. Supongo que creía estar preparado para esto, pero no lo estoy -dijo con gravedad y evidente nerviosismo. Se le veía decepcionado consigo mismo. Tanya sintió lástima.

– Es de agradecer que lo hayas intentado -le consoló ella con tristeza.

El asintió. No sabía qué decir.

Cuando se despertaron, los chicos estaban fatal. Los dos tenían una resaca espantosa y Molly volvió a vomitar -para espanto de su madre y de toda la tripulación-, aunque en esta ocasión fue en su camarote. Por lo menos, lograron ocultárselo a Douglas. Molly, que se había dado cuenta de la tensión que había entre su madre y Douglas y sabía que era a causa de ellos, se sentía terriblemente culpable. Según ella, Douglas no soportaba tenerles a bordo, por lo que se preguntaba por qué razón, aparte de por complacer a su madre, les habría invitado. Seguramente lo habría hecho por cortesía hacia Tanya, pero no tenía ninguna intención de conocerles ni sabía cómo tratarles. Su madre, por su parte, parecía un manojo de nervios intentando satisfacerles y mantenerles alejados de Douglas.

Douglas volvió a invitar a Tanya a cenar aquella noche, pero no invitó a los chicos. No los soportaba. No sabía cómo dirigirse a ellos ni qué decirles, y para entonces ya estaba demasiado desanimado para intentarlo. Se sentía absolutamente incapaz de conectar con ellos. Después del fiasco de la noche anterior, Tanya ni les mencionó. Aunque ella apenas les veía, por lo menos sus hijos parecían estar pasándoselo en grande con los tripulantes, con los que habían congeniado. Tampoco tenía la sensación de estar de vacaciones, ya que estaba preocupada constantemente por el rechazo y la animosidad entre Douglas y sus hijos. Aquello no era lo que había planeado.

El colmo del desastre se produjo en Nochevieja. Los chicos y algunos miembros de la tripulación salieron de juerga y se emborracharon. La policía tuvo que llevarles de vuelta al barco, después de decidir que estarían mejor en manos del capitán de la embarcación que en el calabozo. Tanya acostó a sus hijos y pidió disculpas a Douglas.

– Al fin y al cabo es Nochevieja -dijo ella.

Douglas y Tanya habían estado bebiendo champán en cubierta y se estaban besando cuando llegó la policía acompañando al grupo que cantaba al unísono a voz en grito. Douglas no disimuló su malestar, por lo que, al verle, los rostros de todos los tripulantes se ensombrecieron.

– Tus hijos están corrompiendo a mi gente -se quejó Douglas a pesar de que sus tripulantes estaban aún más bebidos que los chicos.

– Creo que se han emborrachado todos juntos-comentó Tanya.

A ella tampoco le agradaba la situación, pero el viaje se había convertido en tal desastre que no tenía fuerzas para intentar salvarlo. Douglas no había comido ni una sola vez con los chicos y apenas les había dirigido la palabra. Era evidente que se arrepentía de haberles invitado. Estaba loco por Tanya, pero no por sus hijos; para ella, aquellas vacaciones estaban siendo un horror. Solo quería que se llevaran mínimamente bien, pero sabía que, tanto a sus hijos como a Douglas, se les había hecho insoportable cada minuto del viaje.

Incluso la partida resultó penosa. Cuando se marcharon del barco para coger el avión, Jason y Molly tenían tal resaca que no podían disimular su gesto adusto. Douglas les miró con una expresión desoladora y comentó que confiaba en que tuvieran un viaje más agradable en otra ocasión. Musitó algo acerca de que no estaba acostumbrado a tratar con gente joven; ellos le dieron las gracias educadamente y se marcharon. En cuanto desaparecieron de su vista, Douglas se mostró enormemente aliviado. Rodeó a Tanya por los hombros a modo de disculpa y ella sintió que se le rompía el corazón.

– Lo siento, cariño -dijo dándole un beso mientras ella le miraba con tristeza-. No sé qué decir, Tanya. Creo que me ha entrado el pánico. Tenerles a bordo ha sido más duro de lo que esperaba.

Por supuesto, era más que evidente. Pero el problema era que Tanya no veía cómo podrían mejorar las cosas en el futuro. Tal como había afirmado al conocerla, a Douglas todo lo que no fuera un ser humano adulto, le daba terror. Tanya estaba muy desilusionada y sabía que sus hijos también lo estarían. Las vacaciones en el yate de Douglas habían sido una pesadilla y Tanya se arrepentía de haberles hecho pasar por aquello. Ahora sería prácticamente imposible convencerles de que Douglas era el hombre que necesitaba. Ella también se lo cuestionaba, porque sabía que necesitaba a alguien que se llevase bien con sus hijos. En el caso de Douglas, era imposible.

– ¿Podrás perdonarme por haber llevado tan mal las cosas? -preguntó él con preocupación.

– Claro. Lo único que quiero es que os conozcáis y lleguéis a ser amigos.

– Tal vez las cosas irán mejor en tierra. Me daba un miedo terrible que se hicieran daño en el barco.

– Lo comprendo -dijo Tanya, deseando olvidar aquel episodio.

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