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El Clan De La Loba

Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:

Desde tiempos inmemoriales, los clanes de las brujas Omar han vivido ocultándose de las sanguinarias brujas Odish y esperando la llegada de la elegida por la profecía. Ahora los astros confirman que el tiempo está próximo.
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
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– Mi niña, mi niña bonita, mi pequeña Anaíd…, vuelve, mi pequeña, Selene te cantará tu canción y te mecerá entre sus brazos.

Y Selene la acarició, la acunó y cantó en un susurro mientras las convulsiones de la trucha cesaban y sus aletas se transformaban en largas piernas y brazos delgados, y sus

escamas se cubrían de la piel blanca y azulada de Anaíd.

– ¿Anaíd?

– Soy yo -murmuró la niña agotada por el esfuerzo.

Selene la abrazó con ternura. Estaba regresando lentamente a los recuerdos vagos de su otra vida.

– Anaíd, hija.

– Mamá -respondió Anaíd temblando de frío y arrebujándose en la tibieza de su pecho.

Y el abrazo cálido acabó de disolver los témpanos de indiferencia que se habían apoderado de la rutina de loca de Selene.

– ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has venido?

Anaíd miró su reloj. No había tiempo que perder.

– He cabalgado sobre el último rayo de sol y debemos regresar con el primero. Vamos.

Pero Selene no la escuchaba, su mirada se había detenido en el cetro que ella misma había dejado caer sobre los guijarros. Lo cogió, lo secó con su vestido y lo agitó.

– La profecía.

Anaíd no comprendió.

– Se está cumpliendo la profecía -musitó de nuevo Selene.

Palpó la bolsa de cuero de su hija, extrajo su átame de piedra de luna y proclamó:

– Cabalgará el sol y blandirá la luna.

Y Anaíd fue comprendiendo lentamente, demasiado lentamente. Selene abrió el medallón que Anaíd llevaba al cuello y sonrió al contemplar su fotografía de niña.

– Mi pequeña. No quise traer ni siquiera tu imagen a este lugar, pero deseaba tanto tenerte conmigo…

Anaíd temblaba.

– ¿Viniste por tu propia voluntad?

– Así es.

– ¿Y no luchaste contra las Odish?

– No. Sólo quería alejarlas de ti.

Anaíd tenía que asumir tantas informaciones que no se sentía capaz de asimilarlas.

– ¿Por qué?

– Para distraerlas. Les hice creer que era tentada, así fijaban su atención en mí y se alejaban de la verdadera elegida.

– Así pues, ¿no eres la elegida?

Selene se la quedó mirando con la convicción de los que creen.

– ¿Aún no te has dado cuenta?…

Anaíd temblaba de frío y de miedo.

– La elegida eres tú, cariño.

– No, no puede ser -negó Anaíd con severidad al sentir cómo el miedo la atenazaba.

Y Selene recitó con voz melodiosa la profecía de O:

Y un día llegará la elegida, descendiente de Om.

Tendrá fuego en el cabello,

alas y escamas en la piel,

un aullido en la garganta

y la muerte en la retina.

Cabalgará el sol

y blandirá la luna.

Anaíd la escuchaba en silencio. No podía ser, Selene estaba equivocada.

– Anaíd, puedes ver a los espíritus de los muertos y puedes comprender a los animales y hablar su lengua. Eres la elegida. Lo supe cuando eras muy niña. Un cometa anunció tu nacimiento.

Pero Anaíd no lo asimilaba, ella no tenía fuego en el cabello. A no ser que… Una sospecha cruzó rápida por su mente. Selene adivinó lo que estaba pensando. Le mostró su medallón y el pequeño mechón rojo.

– Este cabello rojo es tuyo, Anaíd. Te lo corté cuando eras niña.

– ¡No es verdad! ¡Mientes! -se resistió Anaíd.

Pero Selene insistió:

– Siempre teñí tu cabello y el mío. Los intercambié. Ahora tus raíces deben de ser rojas, otra vez.

Anaíd fue comprendiendo. Recordó el estupor de Elena al verla con el pelo limpio.

– Entonces, entonces tú… las engañaste adrede.

– Deméter y yo decidimos protegerte y confundirlas haciéndoles creer que yo era la elegida. El cometa que las Odish detectaron apareció hace quince años, cuando tú naciste.

Anaíd se sintió peor.

– ¿Te dejaste atrapar por mí?

Selene intuyó que Anaíd estaba a punto de desmoronarse.

– Anaíd, mira tu reloj. Aquí no transcurre el tiempo. Debes regresar, yo protegeré tu huida. Vístete.

Y mientras iba poniéndose la ropa, Anaíd continuó insistiendo. No estaba dispuesta a renunciar a ella fácilmente.

– He venido a buscarte y tenemos que escapar las dos.

Selene se entristeció.

– No puedo, Anaíd. Ninguna Omar ha conseguido salir nunca. Vivimos por siempre prisioneras junto al lago. Perdemos la memoria y la ilusión. Esta vez me he dejado atrapar para no sufrir. Creí que no llegarías hasta aquí. Querían que te eliminase.

– ¿A mí?

– La condesa sospecha. Por eso me llevé el cetro, por eso lo lancé al lago. Pero Salma es muy peligrosa y no te perdona que amputases su dedo.

– ¿Yo?

– Huye, Anaíd, y escóndete hasta que estés preparada para gobernar con el cetro de poder. Aún no se ha producido la conjunción, aún tienes tiempo.

El cetro brillaba con todo su esplendor. Anaíd fue a cogerlo, pero Selene le advirtió:

– ¡No lo toques!

– ¿Qué ocurre?

– No lo sé, es el cetro de O, y es tan poderoso que ha conseguido que Salma se rebele contra la condesa y que yo enloquezca.

– Está bien, no lo tocaré, pero tienes que venir conmigo. Alguien tiene que llevarlo. Llévalo tú.

– No, Anaíd, me quedaré aquí y seré bella para siempre. Cuando estés triste, acude al lago a verme. Estaré bajo las aguas, sonriendo.

– Si tú no vienes, yo también me quedaré bajo las aguas. Peinaré mis cabellos, sonreiré a los hombres y tendré ojos de loca se plantó Anaíd.

Selene se desesperó.

– No puede ser. Has recorrido un largo camino tú sola. Nunca creí que tu destino fuese llegar hasta este mundo triste, pero lo que sé es que no debes quedarte. Tu sitio está en el mundo real, junto a las Ornar. Tú eres la elegida, Anaíd, y tú deberás cumplir la profecía algún día, ¿me oyes?

– He venido a buscarte -insistió Anaíd con terquedad- y no me iré sin ti.

Selene sabía que Anaíd era tan tozuda como ella. Así pues se puso en pie.

– Está bien, te acompañaré.

Anaíd miró su reloj. Eran las cuatro y media y el sol salía a las siete. ¿Llegarían a tiempo?

Con Selene el regreso fue más fácil. Selene condujo a Anaíd sin dilaciones hacia el claro del bosque esquivando con pericia las provocaciones de las anjanas y los gritos insolentes de los duendes. Selene era una habitante más de ese mundo insólito y absurdo, pero estaba cuerda y serena y Anaíd se reconfortó al oír los argumentos que aportaban luz a las espantosas sospechas de traición que recaían sobre ella.

Al contrario de la loba, que jamás abandona a su carnada, Selene actuó como la zorra taimada, que aleja a los cazadores de sus crías y los provoca astutamente con su reclamo. Selene traicionó por tanto al espíritu de su clan y confundió a las Odish. Todas, Omar y Odish, creyeron en su condición de elegida. Selene interpretó magistralmente su personaje haciendo recaer todas las miradas sobre ella y ocultando tras su sombra rutilante y provocadoramente pelirroja a la fea Anaíd, a la pequeña Anaíd, a la bruja sin poderes a quien no valía la pena iniciar.

Pero le faltó tiempo para acabar de atar los cabos de su plan. Las Odish la secuestraron antes de que pudiese poner a salvo a Anaíd en manos de Valeria y creyó que finalmente había fracasado en su estrategia, urdida a lo largo de muchos años con su madre Deméter.

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