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Электронная книга - «De Camino A La Boda». Краткое содержание книги:

A diferencia de la mayoría de los hombres que conoce, Gregory Bridgerton cree en el amor verdadero. Y está convencido de que cuando encuentre a la mujer de sus sueños, sabrá en un instante que ella es la única. Y eso es exactamente lo que ocurrió. Excepto que…
Ella no era la única. De hecho, la deslumbrante señorita Hermione Watson está enamorada de otro. Pero su amiga, la siempre práctica Lucinda Abernathy, quiere salvar a Hermione de una desastrosa alianza, así que se ofrece a ayudar a Gregory a convencerla. Pero en el proceso, Lucy se enamora. ¡De Gregory! Excepto que…
Lucy está comprometida. Y su tío no está dispuesto a dar marcha atrás con el enlace, aún cuando Gregory recobra el juicio y se da cuenta que es Lucy, con su agudo ingenio y su risueña mirada quien hace cantar su corazón. Y ahora, de camino a la boda, Gregory debe arriesgar todo para asegurarse que cuando llegue el momento de besar a la novia, él sea el único hombre que esté de pie en el altar…
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Estaba mintiéndole. Era tan cierto, como si se lo hubiera dicho con palabras.

Pero no podía evitarlo.

Este era su momento. Su momento para estrechar la felicidad con sus manos. Y tendría que durarle toda una vida.

Animada por el fuego en su interior, presionó las manos fuertemente en sus mejillas, acercando su boca hacia la suya para darle un tórrido beso. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo -estaba segura que debía haber reglas para esto, pero no le importaba. Solo quería besarlo. No podía detenerse.

Una de sus manos vagó por sus caderas, quemándola a través del delgado tejido de su camisa de dormir. Luego la puso alrededor de su parte inferior, apretándola y ahuecándola, y ya no había más espacio entre ellos. Sintió como caía, y luego ambos estaban sobre la cama, estaba de espaldas, con su cuerpo presionándole el suyo, el calor y el peso exquisito de un hombre.

Se sentía como una mujer.

Se sentía como una diosa.

Sentía como si pudiera envolverse alrededor de él y nunca dejarlo ir.

– Gregory -susurró, encontrando su voz mientras retorcía los dedos en su pelo.

Él se quedó quieto, y sabía que estaba esperando que le pidiera más.

– Te amo -dijo ella, porque era verdad, y necesitaba que algo fuera cierto. Mañana él la odiaría. Mañana lo traicionaría, pero en esto, por lo menos, no tenía que mentir.

– Te deseo -dijo ella, cuando él levantó la cabeza para mirar fijamente sus ojos. La miró larga y severamente, y supo que le estaba dando una última oportunidad para retractarse.

– Te deseo -dijo de nuevo, porque lo deseaba más allá de las palabras. Deseaba besarlo, que la tomara, y olvidar que no estaba susurrando palabras de amor.

– Lu…

Puso un dedo en su boca. Y susurró:

– Quiero ser tuya -y luego agregó-: Esta noche.

Su cuerpo se estremeció, su respiración se movió audiblemente sobre sus labios. Él gimió algo, tal vez su nombre, y entonces su boca se encontró con la de ella en un beso en el que dio y tomó, y ardió y consumió hasta que Lucy no pudo evitar moverse debajo de él. Ella deslizó las manos hacia su cuello, luego dentro de su chaqueta, sus dedos buscaban desesperadamente su calor y su piel. Con una ruda maldición mascullada, él se levantó, aún montado sobre ella, y le dio tirones a su chaqueta y a su corbata para quitárselas.

Lo miró fijamente con los ojos abiertos de par en par. Él se estaba quitando la camisa, no lentamente o con sutileza, sino con una velocidad frenética que subrayaba su deseo.

No tenía control. Tal vez no tenía control, pero él tampoco. Era también un esclavo de ese fuego al igual que ella.

Echó la camisa a un lado y ella quedó boquiabierta al verlo, el vello ligeramente rociado en su pecho, los músculos que se esculpían y se estiraban debajo de su piel.

Él era hermoso. No había comprendido que un hombre pudiera ser hermoso, pero esa era posiblemente la única palabra que podría describirlo. Levantó una mano cautelosamente y la puso contra su piel. Su sangre saltó y pulsó debajo, y estuvo a punto de apartarse.

– No -dijo él, cubriendo su mano con la suya. Envolvió sus dedos alrededor de los de ella y los llevó a su corazón.

La miró a los ojos.

Ella no podía apartar la mirada.

Y luego él regresó, puso su cuerpo duro y caliente contra el suyo, sus manos iban a todas partes y sus labios a todas partes también. Y su camisa de dormir -ya no parecía cubrir mucho de ella. Estaba arriba contra sus muslos, luego se agrupó alrededor de su cintura. La estaba tocando -no allí, pero cerca. Rozando la superficie de su estómago, abrasando su piel.

– Gregory -dijo casi sin resuello, porque los dedos de él, se habían posado sobre su pecho.

– Oh, Lucy -gimió él, ahuecándola, apretándola, rozándole la punta, y…

Oh, Dios santo. ¿Cómo era posible que sintiera eso allí?

Sus caderas se arquearon y corcovearon, anhelaba estar más cerca. Necesitaba algo que realmente no podía identificar, algo que la llenaría, que la completaría.

Él estaba tirando de su camisa de dormir, y la deslizó sobre su cabeza, dejándola escandalosamente desnuda. Una de sus manos se levantó para cubrirse, pero él agarró su muñeca y la sostuvo contra su propio pecho. Estaba montándola, enderezándose, bajando la mirada hacia ella como si… como si…

Como si fuera hermosa.

La estaba mirando de la misma manera en que los hombres siempre miraban a Hermione, salvo que allí había algo más. Más pasión, más deseo.

Se sentía venerada.

– Lucy -murmuró, mientras le acariciaba un costado de su pecho-. Siento… creo…

Sus labios se apartaron, y agitó la cabeza. Lentamente, como si no entendiera lo que le estaba pasando.

– Había esperado por esto -susurró-. Toda mi vida. Ni siquiera lo sabía. No lo sabía.

Ella tomó su mano y la trajo hasta su boca, besándole la palma. Entendía.

Su respiración se aceleró, y entonces se puso sobre ella, desplazando sus manos hacia las ataduras de sus calzones.

Ella abrió los ojos como platos, y observó.

– Seré cuidadoso -le juró-. Te lo prometo.

– No estoy angustiada -dijo ella, arreglándoselas para sonreír temblorosamente.

Sus labios se curvaron como respuesta.

– Pareces angustiada.

– No lo estoy. -Pero sus ojos todavía se extraviaban.

Gregory se rió entre dientes, acostándose al lado de ella.

– Podría dolerte. Me han dicho que siempre duele al principio.

Ella agitó la cabeza.

– No me importa.

Él dejó que su mano vagara sobre su brazo.

– Solo recuerda, si sientes dolor, después mejorará.

Ella sentía que empezaba de nuevo, ese lento ardor en su estómago.

– ¿Cuánto mejora? -le preguntó, su voz era susurrante y extraña.

Él le sonrió mientras posaba los dedos en su cadera.

– Me han dicho, que bastante.

– ¿Bastante -preguntó, ahora apenas si podía hablar-, o… muchísimo?

Él se movió sobre ella, posando su piel sobre cada pulgada de su cuerpo. Eso era perverso.

Era fantástico.

– Muchísimo -contestó, pellizcando ligeramente su cuello-. Más que muchísimo, en realidad.

Ella sintió como sus piernas se extendían, y el cuerpo de él se anidó en el espacio entre ellas. Podía sentirlo, duro, caliente y urgente contra sí. Se puso rígida, y él debió haberlo sentido, porque sus labios canturrearon un suave «Shhhh», en su oreja.

Desde allí él bajó.

Y bajó.

Y bajó.

Su boca arrastró fuego a lo largo de su cuello hasta el hueco de su hombro, y luego…

Oh, Dios santo.

Su mano ahuecó su pecho, acariciándolo en círculos y rellenándolo, su boca se posó sobre la punta.

Se estremeció debajo de él.

Él se rió entre dientes, y puso la otra mano sobre su hombro, para mantenerla inmóvil mientras continuaba su tortura, haciendo una pausa para desplazarse al otro lado.

– Gregory -lloriqueó Lucy, porque no sabía que más podía decir. Estaba perdida en la sensación, completamente indefensa contra su asalto sensual. No podía explicarlo, no podía encontrar una solución o racionalizar. Solo podía sentir, y esa era la cosa más aterradora y emocionante que podía imaginar.

Con un último pellizco, él soltó su pecho y acercó nuevamente su cara a la de ella. Su respiración era irregular, sus músculos estaban tensos.

– Tócame -dijo él en voz ronca.

Sus labios se apartaron, y sus ojos se encontraron con los suyos.

– En todas partes -le rogó.

Solo entonces, Lucy comprendió que tenía las manos a los lados, agarrando las sábanas como si ellas pudieran mantenerla sensata.

– Lo siento -dijo ella, y luego, sorprendentemente, empezó a reírse.

Un lado de su boca se levantó.

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