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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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– ¿Le han pagado algún anticipo?

– Es probable que no, y yo no le he dado dinero.

– ¿Qué opinas? ¿Debería ofrecérselo yo?

– Eso es asunto tuyo.

– Te estoy pidiendo un consejo, Bess. Es nuestro hijo y quiero hacer lo que consideres que será lo mejor para él.

– Está bien. Creo que lo mejor es dejar que luche y se las arregle por su cuenta para conseguir una camioneta. Si tan grande es su deseo de obtener ese empleo, y sin duda lo es, lo logrará.

– De acuerdo.

Se produjo un breve silencio. Fin de un tema, campo abierto para otro.

Michael cogió una grapadora, la cambió de sitio en su escritorio y volvió a dejarla donde estaba.

– Bess, acerca del sábado por la noche… Durante toda la semana he deseado llamarte para pedirte disculpas.

Permanecieron callados varios minutos. Michael continuaba jugueteando con la grapadora.

– Bess, creo que tenías razón, que lo que hicimos no fue muy inteligente.

– No. Sólo complica la situación.

– Supongo que no deberíamos volver a vernos, ¿verdad, Bess?

Ella no respondió.

– Sólo conseguiríamos que Lisa abrigara vanas esperanzas -añadió Michael-. Quiero decir que eso no conducirá a nada.

Michael notaba que el corazón le latía muy deprisa.

– Bess, ¿estás ahí? -susurró.

Ella habló con un hilo de voz.

– Lo cierto es que no disfrutaba tanto desde la última vez que hicimos el amor cuando todavía estábamos casados. Debo reconocer que me gusta acostarme contigo, que todo resulta muy natural a tu lado. ¿A ti te ocurre lo mismo?

– Sí… -respondió él con voz ronca.

– Eso es importante, ¿verdad?

– Por supuesto.

– Sin embargo no es suficiente. Es la clase de razonamiento que suelen hacer los adolescentes, y nosotros ya no lo somos.

– ¿Qué estás diciendo, Bess?

– Estoy asustada, Michael. Desde el sábado por la noche sólo pienso en ti y temo dar rienda suelta a mis sentimientos. Tengo miedo de volver a salir herida.

– ¿Y crees que yo no?

– Para un hombre es diferente.

– Oh, Bess, vamos…

– Michael, cuando entré en tu cuarto de baño para buscar el cepillo, encontré en un cajón una caja entera de preservativos. ¡Una caja entera!

– ¿Por eso te pusiste de tan mal humor y te marchaste?

– ¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? -preguntó ella con irritación.

– ¿Te fijaste en cuántos había usado? -Como Bess no contestó, Michael agregó-: ¡Uno!, que me guardé en el bolsillo antes de que llegaras esa noche. Bess, yo no ando fornicando por ahí.

– Esa palabra es muy ofensiva.

– Está bien, entonces llamémoslo hacer el amor. No lo hago, y tú lo sabes.

– ¿Cómo puedo saberlo si hace seis años, o mejor dicho siete, eso provocó que nuestro matrimonio se rompiera?

– Ya hemos hablado de lo que sucedió y coincidimos en que ambos tuvimos nuestra parte de culpa. Ahora empezamos de nuevo; nos acercamos, hacemos una vez el amor y tú ya me estás lanzando acusaciones. No estoy dispuesto a oír reproches sobre lo que hice el resto de mi vida.

– Nadie te ha pedido que lo hagas.

Después de un prolongado silencio, Michael habló con un tono de ira contenida.

– De acuerdo. No hay nada más que añadir. Di a Randy que lo he llamado, por favor, y que volveré a telefonearle más tarde.

– De acuerdo.

Michael colgó sin una palabra de despedida.

– ¡Mierda! -masculló. Cerró la mano y la descargó sobre la grapadora-. ¡Mierda, mierda, mierda!

La golpeó tres veces más, con lo que consiguió que saltaran las grapas. Se quedó mirándola con el entrecejo fruncido y los labios apretados.

– Mierda -repitió más calmado, acodado sobre el escritorio, con las manos juntas y los pulgares apoyados contra los ojos.

¿Qué quería Bess de él? ¿Por qué debía sentirse el único culpable, cuando ella había estado tan dispuesta y anhelante como él el sábado por la noche? ¡No había hecho nada malo! ¡Nada! Había seducido a su ex esposa con su consentimiento, y ahora Bess se lo reprochaba. ¡Malditas mujeres!

El fin de semana siguiente fue a su cabaña. Se lo comieron los mosquitos y deseó que hubiera sido la temporada de caza, que alguien lo hubiera acompañado, que hubiera un teléfono cerca para llamar a Bess y decirle qué pensaba de sus acusaciones.

Regresó a su apartamento de muy mal humor el sábado por la noche, descolgó el auricular y volvió a colgarlo sin siquiera marcar el número.

El martes por la noche asistió a otra reunión de la Asociación de Ciudadanos para abordar una vez más el asunto de Victoria y Grand. Salió de ella más furioso que nunca, porque le habían pedido que plantara veinticuatro árboles a lo largo de Grand Avenue para convertirla en alameda. Cualquiera que fuese el propósito, no tenía nada que ver con el edificio que quería levantar, pero era evidente que pretendían chantajearlo: si abonaba veinticuatro mil dólares para los árboles le concederían el permiso de edificación y no habría más protestas.

Había telefoneado a Randy en tres ocasiones para felicitarlo y nunca lo había encontrado en casa, lo que también lo irritaba.

Cada vez que pasaba por la galería, con el pedestal vacío todavía, a la espera de una pieza escultórica, despotricaba contra Bess por no haber terminado su trabajo.

Ella era la causa de su descontento con la vida en general, y Michael lo sabía.

Transcurrieron dos semanas y su humor no mejoró. Una noche de fines de julio, después de cocinar a la parrilla unas ostras frescas que acabaron chamuscadas; de cerrar las puertas de la terraza para no oír el rugido de las lanchas; de comprobar que no había nada interesante en la televisión; de permanecer dos horas sentado a la mesa de dibujo sin conseguir hacer nada, se dirigió con paso decidido al cuarto de baño, cogió la caja de preservativos, bajó furioso en el ascensor, subió a su coche, condujo hasta la casa de Bess, tocó el timbre y esperó.

Al cabo de unos segundos se encendió la luz del vestíbulo, se abrió la puerta y apareció Bess. Estaba descalza, vestía una especie de albornoz blanco, tenía el pelo mojado y olía muy bien.

– ¿Qué diablos haces aquí?

– He venido para hablar contigo.

Entró y cerró la puerta.

Ella se miró la muñeca para consultar el reloj de pulsera, pero no lo llevaba puesto. Era evidente que acababa de salir de la ducha.

– ¡Son las diez y media de la noche!

– Me importa un bledo, Bess. ¿Estás sola?

– Sí. Randy ha salido para tocar con la banda.

– Bien. Vamos a la sala de estar -indicó con resolución al tiempo que se encaminaba hacia allí.

– ¡Vete a la mierda, Michael Curran! -exclamó Bess-. Irrumpes en mi casa y empiezas a dar órdenes. ¡No tengo por qué soportarlo! ¡Lárgate y cierra la puerta cuando salgas!

Tras estas palabras empezó a ascender por la escalera.

– ¡Espere señora! -Subió por los peldaños de dos en dos y la atrapó a mitad de camino-. No vas a ninguna parte hasta que…

– ¡Quítame las manos de encima!

– No me pediste eso la otra noche en mi apartamento. Entonces te gustó que te tocara, ¿no es así?

– Conque has venido para echármelo en cara.

– No. He venido para decir que desde entonces todo es una mierda. Estoy siempre de mal humor, me enfado con gente que no lo merece, y ni siquiera puedo conseguir que mi hijo conteste el teléfono para que lo felicite.

– Y yo soy la responsable de todo eso, ¿verdad?

– ¡Sí!

– ¿Qué he hecho?

– ¡Me acusaste de fornicar por ahí y no es cierto! -Le cogió la mano y puso en ella la caja de preservativos-. ¡Ten, cuéntalos!

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