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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acab? otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
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– ¡Oh, que rabia! -Jeannie se levantó. Su mirada fue a detenerse en la esfera del reloj azul que colgaba de la pared: las ocho y media, puntualizó alarmada-: No nos queda mucho tiempo. La audiencia empieza a las diez.

– Dúchate mientras preparo un poco de café -se brindó Steve, magnánimo.

Jeannie se le quedó mirando. Era un chico irreal.

– ¿Te ha traído Santa Claus?

Steve se echó a reír.

– De acuerdo con tu teoría, he salido de una probeta. -Su expresión se tornó solemne de nuevo-. Quién sabe, que diablos.

El talante de Jeannie se oscureció, a tono con el de Steve. La mujer entró en el baño, dejó caer el albornoz en el suelo y se metió en la ducha. Mientras se lavaba la cabeza, empezó a amargarse pensando en la dura lucha que había mantenido a lo largo de los últimos diez años: el esfuerzo para conseguir las becas; los intensivos entrenamientos tenísticos combinados con las largas horas desgastándose los codos sobre los libros; el director de su tesis doctoral, desagradablemente quisquilloso. Había trabajado como un robot para llegar a donde había llegado, todo porque quería ser una científica y ayudar a la raza humana a entenderse mejor a sí misma. Y ahora Berrington Jones estaba a punto de arrojárselo todo por la borda.

La ducha consiguió que se sintiera mejor. Cuando se frotaba el pelo con una toalla, sonó el teléfono. Cogió el supletorio que tenía junto a la cama.

– ¿Sí?

– Soy Patty, Jeannie.

– ¡Hola, hermanita! ¿Qué hay?

– Se ha presentado papá.

Jeannie se sentó en la cama.

– ¿Cómo está?

– Sin un centavo, pero sano.

– Acudió primero a mí -dijo Jeannie-. Llegó el lunes. El martes tuvimos un pequeño altercado, porque no le hice la cena. El miércoles se largó, con mi ordenador, mi televisor y mi estero. Ya se debe de haber fundido o jugado el dinero que le dieran por ello.

Patty dejó escapar un grito sofocado.

– ¡Oh, Jeannie, eso es terrible!

– Sí, no es justo. Así que pon bajo llave lo que tengas de valor.

– ¡Robar a su propia familia! ¡Oh, Dios, si Zip se entera, lo pondrá de patitas en la calle!

– Patty, tengo problemas todavía más graves. Hoy me han despedido del trabajo.

– ¿Por qué, Jeannie?

– No tengo tiempo de contártelo ahora, pero te llamaré más tarde.

– De acuerdo.

– ¿Has hablado con mamá?

– A diario.

– Ah, estupendo, eso hace que me sienta mejor. Yo hablé con ella una vez, pero cuando volví a llamarla me dijeron que estaba almorzando.

– La gente que contesta al teléfono allí es realmente poco servicial. Hemos de sacar a mamá de esa residencia cuanto antes.

«Si me despiden definitivamente hoy, se va a pasar allí una larga temporada.»

– Hablaré con ella después.

– ¡Buena suerte!

Jeannie colgó. Observó que tenía una humeante taza de café en la mesilla de noche. Meneó la cabeza, sorprendida. No era más que una taza de café, pero la dejaba atónita el modo en que Steve adivinó que le hacía falta. Ser atento y complaciente era natural en él. Y no quería nada a cambio. Según la experiencia de Jeannie, en las contadas ocasiones en que un hombre ponía las necesidades de una mujer por delante de las suyas, esperaba que ella actuase durante un mes como una geisha en señal de agradecimiento.

Steve era distinto. «Si hubiese conocido la existencia de esta versión de hombres, habría encargado uno hace años.»

Ella lo había hecho todo sola, a lo largo de su vida adulta. Su padre nunca estaba a mano para ayudarla. Mamá siempre había sido fuerte, pero al final su fortaleza se había convertido en un problema casi tan difícil como la debilidad de papá. La madre tenía planes para Jeannie y bajo ninguna circunstancia deseaba renunciar a ellos. Deseaba que Jeannie fuese peluquera. Hasta le consiguió un empleo, quince días antes de que Jeannie cumpliera los dieciséis años, un trabajo consistente en lavar cabezas y barrer el suelo del Salón Alexis, de Adams-Morgan. La aspiración de Jeannie de alcanzar el doctorado en ciencias le resultaba a la madre absolutamente incomprensible. «¡Podrías ser una estilista de primera antes de que las demás chicas logren la licenciatura!», había dicho mamá. Jamás pudo entender por qué Jeannie cogió una rabieta y se negó a echar siquiera una mirada al salón.

Hoy no estaba sola. Contaba con el apoyo de Steve. No importaba que el chico careciese del título precisó: un abogado estrella de Washington no era obligatoriamente la mejor opción para impresionar a cinco profesores. Lo importante era que estaría allí.

Se puso el albornoz y le llamó:

– ¿Quieres ducharte?

– Desde luego. -Entró en el dormitorio-. Lástima no haberme traído una camisa limpia.

– Yo no tengo camisas de hombre… Un momento, claro que sí.

Se acordó de la abotonada blanca Ralph Lauren que le prestaron a Lisa a raíz del incendio. Pertenecía a alguien del departamento de Matemáticas. Jeannie la había enviado a la lavandería y ahora estaba en el armario, envuelta en celofán. Se la pasó a Steve.

– Es de mi talla, diecisiete treinta y seis -dijo Steve-. Perfecto.

– No me preguntes de dónde ha salido, es una larga historia -comentó Jeannie-. Creo que también debo de tener por aquí una corbata. -Abrió un cajón y sacó la corbata de seda azul con pintas que a veces se ponía con una blusa blanca, con el fin de dar a su aspecto un díscolo toque masculino-. Aquí está.

– Gracias.

Steve pasó al diminuto cuarto de baño.

Jeannie experimentó un ramalazo de desencanto. Había esperado con cierta ilusión verle quitarse la camisa. Hombres, pensó; los enclencuchos se quedan en pelotas sin que se lo insinúen siquiera; los tíos cachas son tímidos como monjas.

– ¿Me prestas la maquinilla de afeitar? -voceó Steve.

– Claro, como si estuvieras en tu casa.

«Comunicado interior: Dale al sexo con este mozo antes de que se pase y se convierta en un hermano para ti.»

Buscó su mejor traje chaqueta, el negro, para ponérselo aquella mañana, y se acordó entonces de que el día anterior lo había tirado a la basura. «Maldita estúpida», murmuró para sí. Probablemente podría recuperarlo sin problemas, pero estaría arrugado y manchado. Tenía una estilizada chaqueta azul eléctrico; se la pondría con una camiseta blanca, de manga corta, y unos pantalones negros. Era un conjunto algo más llamativo de la cuenta, pero serviría.

Se sentó frente al espejo y procedió a maquillarse. Steve salió del cuarto de baño, completa y elegantemente convencional con la camisa y la corbata.

– En el congelador hay bollos de canela -indicó Jeannie-. Si tienes hambre, puedes descongelarlos en el microondas.

– Fantástico -acogió Steve-. ¿Tú, quieres algo?

– Estoy demasiado tensa para comer. Aunque no le haría ascos a otra taza de café.

Steve le llevó el café cuando Jeannie terminaba de maquillarse.

Ella se lo bebió rápidamente y se vistió. Cuando entró en la sala de estar, él estaba sentado ante el mostrador de la cocina.

– ¿Encontraste los bollos?

– Faltaría más.

– ¿Qué ha sido de ellos?

– Dijiste que no tenías hambre, así que me los comí todos.

– ¿Los cuatro?

– Ejem… La verdad es que había dos paquetes.

– ¿Te has zampado ocho bollos de canela?

Pareció sentirse de pronto un tanto incómodo.

– Estaba hambriento.

Jeannie se echó a reír.

– Vamos.

Cuando se disponía a marchar, Steve la cogió de un brazo.

– Un momento.

– ¿Qué?

– Jeannie, es bonito ser amigos y a mí me encanta de veras andar por ahí contigo, ya sabes, pero tienes que comprender que no es eso todo lo que quiero.

– Ya lo sé.

– Me estoy enamorando de ti.

Ella le miró a los ojos. El chico era sincero.

– También yo me siento cada vez más ligada a ti -dijo, un tanto a la ligera.

– Quiero hacer el amor contigo, y lo deseo tanto que me duele.

Podría estar escuchando esto todo el santo día, pensó Jeannie.

– Oye -dijo-, si follas como devoras, soy tuya.

Steve puso cara larga y Jeannie se dio cuenta de que había dicho una inconveniencia.

– Lo siento -se excusó-. No pretendía hacer un chiste.

Steve se encogió de hombros a guisa de «no importa».

Ella le cogió la mano.

– Escucha, lo primero que vamos a hacer es salvarme a mí. Luego te salvaremos a ti. Y después nos divertiremos un poco.

Steve le apretó la mano.

– De acuerdo.

Salieron.

– Vayamos juntos en mi coche -propuso Jeannie-. Después te traeré aquí y coges el tuyo.

Subieron al Mercedes. Empezó a sonar la radio cuando Jeannie puso el motor en marcha. Al integrarse en el tránsito de la calle 41, Jeannie oyó al locutor citar el nombre de Genético y subió el volumen.

– Se espera que el senador Jim Proust, antiguo director de la CIA, confirme hoy que aspira a que le nombren candidato republicano para las elecciones presidenciales que se celebrarán el año próximo. Su campaña promete: un diez por ciento del impuesto de utilidades sufragado por la abolición de la asistencia social. La financiación de su campaña no representara ningún problema, aseguran los comentaristas, ya que cuenta con obtener sesenta millones de dólares procedentes de la ya acordada operación de venta de su compañía de investigación clínica, la Genético… Deportes, los Philadelphia Rams…

Jeannie apagó la radio.

– ¿Qué opinas de eso?

Steve sacudió la cabeza con desaliento.

– Las apuestas no cesan de subir -comentó-. Si descubrimos el pastel de la verdadera historia de la Genético y la operación de compraventa se va al traste, Jim Proust no podrá costearse la campaña presidencial. Y Proust es un mal bicho de cuidado: antiguo espía, ex agente de la CIA, opuesto al control de armas, antiesto, antiaquello, antitodo. Te has plantado en el camino de unas gentes peligrosas, Jeannie.

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