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Buena suerte [Wish You Well - es]

Электронная книга - «Buena suerte [Wish You Well - es]». Краткое содержание книги:

Creo que con este es el tercer libro que leo de David Baldacci. Hasta ahora los libros que he leído suyos eran de intriga, pero este es totalmente distinto. En este caso es una novela que describe el cambio de vida que tienen que llevar a cabo dos hermanos, que se trasladan con su abuela a las montañas de Virginia. La novela transcurre en la época de la guerra mundial y refleja de una manera bastante realista lo dura que es la vida en las montañas, tanto para los agricultores y ganaderos como la gente que explotaba las minas de carbón.
La novela está bien escrita y disfrutas de la historia, en la que es importante meterse en la piel de los protagonistas. Como unos niños viven las circunstancias que les han tocado vivir y como se adaptan a una vida tan distinta a la que llevaban hasta ese momento en la ciudad.
Un libro entrañable, en el que las relaciones familiares tienen gran importancia. No comento nada del final para no chafar la novela.
Buen libro para descansar de la traca de novelas negras que os estaba metiendo ultimamente.
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Cotton dirigió una mirada al jurado.

– Yo tampoco. No tengo más preguntas.

– Señor Goode, ¿quién es su siguiente testigo? -preguntó Atkins.

El abogado del Estado se incorporó y recorrió la sala con la mirada. Escudriñó el recinto hasta que llegó a la galería y posó la vista en Lou y Oz, antes de centrarse exclusivamente en el niño.

– Jovencito, ¿por qué no baja aquí y nos habla?

Cotton se había puesto en pie.

– Señoría, no veo motivos para…

– Señor juez -lo interrumpió Goode-, los niños son quienes van a tener un tutor y por tanto considero razonable saber la opinión de uno de ellos. Y para lo pequeño que es tiene una voz poderosa, ya que todos los presentes en la sala la han oído con claridad e insistencia.

Se oyeron risas ahogadas entre el público, y Atkins golpeó con el mazo mientras reflexionaba por un instante en la petición.

– Voy a permitírselo -dijo al fin-, pero recuerde que no es más que un niño.

– Por supuesto, señoría.

Lou agarró a Oz de la mano y los dos bajaron lentamente las escaleras y pasaron junto a todas las filas, con todas las miradas clavadas sobre ellos. Oz puso la mano sobre la Biblia y pronunció el juramento mientras Lou regresaba a su asiento. Oz se encaramó a la silla; parecía tan pequeño e indefenso que Cotton se compadeció de él, sobre todo cuando Goode se le aproximó.

– Veamos, señor Oscar Cardinal -empezó.

– Me llamo Oz y mi hermana se llama Lou. No la llame Louisa Mae porque se enfadará y le dará un puñetazo.

Goode sonrió.

– No te preocupes por eso. De modo que sois Oz y Lou. -Se apoyó contra la barandilla del estrado-. Ya sabes que a la sala le apena muchísimo saber que vuestra madre está muy enferma.

– Se pondrá bien.

– ¿ Ah, sí? ¿Eso es lo que dicen los médicos?

Oz mantuvo la vista alzada hacia Lou hasta que Goode le tocó la mejilla y le obligó a mirarle.

– Hijo, aquí en el estrado tienes que decir la verdad. No puedes mirar a tu hermana mayor para que te dé la respuesta. Has jurado por Dios que dirías la verdad.

– Yo siempre digo la verdad. ¡Se lo juro!

– Buen chico. Entonces, ¿los médicos dicen que tu madre se pondrá bien?

– No, dicen que no están seguros.

– Entonces, ¿cómo sabes que se recuperará?

– Porque… porque pedí un deseo. En el pozo de los deseos.

– ¿En el pozo de los deseos? -repitió Goode con una expresión dedicada al jurado que claramente mostraba lo que opinaba sobre esa respuesta-. ¿Por aquí hay un pozo de los deseos? Ya me gustaría a mí que tuviéramos uno en Richmond.

El público rió y Oz se sonrojó y sé encogió en el asiento.

– Hay un pozo de los deseos -insistió-. Mi amigo Diamond Skinner nos lo enseñó. Pides un deseo, das lo más importante que tengas y el deseo se cumple.

– Suena bien. ¿Dices que pediste un deseo?

– Sí, señor.

– Y diste lo más importante que tenías. ¿Qué era?

Oz miró nervioso alrededor.

– La verdad, Oz -lo conminó Goode-. Recuerda lo que prometiste por Dios, hijo.

Oz respiró hondo.

– Mi osito. Di mi osito.

Se oyeron varias risas ahogadas de los presentes hasta que todos vieron la lágrima solitaria que se deslizaba por el rostro del niño, y entonces dejaron de reírse.

– ¿Tu deseo se ha cumplido? -preguntó Goode.

Oz negó con la cabeza.

– No.

– ¿Hace tiempo que lo pediste?

– Sí -respondió Oz en voz baja.

– Y tu mamá todavía está muy enferma, ¿verdad?

Oz inclinó la cabeza.

– Sí -respondió con un hilo de voz.

Goode se metió las manos en los bolsillos.

– Bueno, es triste, pero las cosas no se convierten en realidad sólo porque las deseemos. La vida no es así. Veamos, sabes que tu bisabuela está muy enferma, ¿verdad?

– Sí, señor.

– ¿También has pedido un deseo por ella?

Cotton se puso en pie.

– Goode, déjelo ya.

– Bueno, bueno. Oz, sabes que no podéis vivir solos, ¿verdad? Si tu bisabuela no se recupera, según estipula la ley, tendréis que vivir en casa de un adulto. O ir a un orfanato. Supongo que no querrás ir a un viejo orfanato, ¿no?

Cotton volvió a ponerse en pie.

– ¿Orfanato? ¿Desde cuándo se contempla esa posibilidad?

– Si la tierra de la señora Cardinal no se vende y ella no experimenta una recuperación milagrosa como hizo cuando la mordió una serpiente y enfermó de pulmonía, los niños tendrán que ir a algún lugar. A no ser que dispongan de un dinero cuya existencia ignoro, irán a un orfanato, porque ahí es donde van los niños que no tienen parientes que puedan cuidar de ellos u otras personas respetables que estén dispuestas a adoptarlos.

– Pueden venir a vivir conmigo -dijo Cotton.

Goode miró alrededor con una sonrisa en los labios.

– ¿Con usted? ¿Un hombre soltero? ¿El abogado de un pueblo en plena decadencia? Sería la última persona del planeta a quien un tribunal adjudicaría a estos niños.

– Goode se volvió hacia Oz-. ¿No te gustaría vivir en tu casa con alguien que se preocupe por tu bienestar?

– No sé.

– Claro que te gustaría. Los orfanatos no son el mejor lugar del mundo. Algunos niños permanecen en ellos para siempre.

– Señoría -intervino Cotton-, ¿tiene esto algún propósito aparte del de aterrorizar al testigo?

– Precisamente iba a preguntárselo al señor Goode -declaró Atkins.

Sin embargo, fue Oz quien habló entonces.

– ¿Lou también puede venir? No me refiero al orfanato, sino al otro sitio.

– Por supuesto, hijo, por supuesto -se apresuró a contestar Goode-. No se separa a los hermanos. Pero en los orfanatos no existe esa garantía -añadió con voz queda-. Entonces, ¿esta solución te convendría?

Oz vaciló e intentó mirar a Lou, pero Goode actuó con rapidez y le bloqueó la vista.

– Supongo -dijo finalmente Oz.

Cotton dirigió la mirada a la galería. Lou estaba de pie, agarrada con fuerza a la barandilla, contemplando a su hermano con expresión angustiada.

Goode se acercó al jurado y se restregó los ojos con ademán exagerado.

– Buen chico. No tengo más preguntas.

– ¿Cotton? -preguntó Atkins.

Goode se sentó y Cotton hizo ademán de levantarse pero se quedó a medias, agarrado al borde de la mesa mientras contemplaba a un niño desmoronado en el gran estrado,

un niño pequeño que, como Cotton bien sabía, sólo quería levantarse y volver junto a su hermana, porque estaba profundamente asustado de tantos orfanatos, abogados gordos que pronunciaban palabras rimbombantes y formulaban preguntas comprometidas y salas enormes llenas de desconocidos que lo miraban fijamente.

– No tengo preguntas -dijo Cotton con voz queda y Oz volvió corriendo junto a su hermana.

Después de que comparecieran otros testigos, los cuales declararon que Louisa era totalmente incapaz de tomar una decisión consciente, y teniendo en cuenta que Cotton sólo fue capaz de rebatir pequeños argumentos de su testimonio, se levantó la sesión para el resto de la jornada y Cotton y los niños salieron de la sala. En el exterior, Goode y Miller los pararon.

– Está presentando buenos argumentos, señor Longfellow -dijo Goode-, pero todos sabemos cómo va a terminar. ¿Qué le parece si acabamos con esto ahora mismo? Ahorraremos problemas a la gente. -Miró a Lou y a Oz. Empezó a acariciarle la cabeza a éste pero el niño le dedicó una mirada tan feroz que lo obligó a retirarla antes de arrepentirse.

– Mire, Longfellow -dijo Miller al tiempo que extraía un trozo de papel del bolsillo-, tengo aquí un cheque por medio millón de dólares. Lo único que tiene que hacer es poner fin a este juicio sin sentido y será suyo.

Cotton miró a Oz y a Lou.

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