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La Casa Rusia

Электронная книга - «La Casa Rusia». Краткое содержание книги:

Esta extraordinaria novela cuenta la peripecia de Barley Blair, un modesto editor británico, aficionado al jazz, bebedor y negligente, que fortuitamente se ve envuelto en una trama de espionaje internacional y en una intensa relación amorosa… De visita en Moscú, en el transcurso de una fiesta se gana las simpatías espontáneas de un extraño ruso que pretende salvar a su país pasando información militar de alto secreto a Occidente. Lo que parece simple anécdota adquiere un giro inesperado cuando, más tarde, Katya, una hermosa joven rusa, envía a Blair un manuscrito que contiene sorprendentes revelaciones acerca del sistema de defensa soviético. El manuscrito cae en manos de la inteligencia británica y, tras un minucioso operativo, se comprueba su veracidad. Blair se convierte en improvisado espía, vuelve a Moscú y conoce a Katya… pero quizá ya sea demasiado tarde. De un lado sometido a las presiones del servicio secreto británico y sus aliados de la CIA, y del otro, a las de sus informadores soviéticos, idealistas y románticos empeñados en un desesperado intento de disolver los dos bloques a impulsos de la perestroika, Blair se enfrenta a un terrible dilema moral…
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Johnny, por si no lo he mencionado ya, estaba graduado por la Facultad de Derecho de Harvard, así que, por una vez, no era necesario que Langley nos enviase un equipo de asesores legales.

Por la tarde, como Barley continuaba agitado y hacía un día soleado, nos fuimos en coche a Maidenhead y dimos un paseo por el camino de sirga que discurre junto al Támesis. Para cuando volvimos, supongo que podría decirse que Barley había evacuado ya su informe, pues, no habiéndonos sugerido ninguna pregunta nuestros analistas, y cubiertos ya por medios técnicos sus encuentros operacionales, quedaba realmente muy poco acerca de lo que informar.

¿Se sentía Barley afectado por nuestras preocupaciones? Nosotros nos mostrábamos alegres y joviales como nos era posible, pero yo no podía por menos de preguntarme si le estaría alcanzando la atmósfera de amenazador estancamiento. O quizá sus sentimientos eran una vorágine tal de confusión y anticlímax que, simplemente, nos envolvía en ellos.

El domingo por la noche cenamos juntos en Knightsbridge, y Barley mostró unos modales tan corteses y reposados que Ned decidió -como habría hecho yo- que no había peligro en enviarle de nuevo a Hampstead.

Su piso estaba en un bloque victoriano, a poca distancia de East Heath Road, y el puesto de vigilancia estática se hallaba situado directamente debajo de él, ocupado por un par de brillantes jóvenes del Servicio. Los legítimos residentes habían sido acomodados temporalmente en otro lugar. A eso de las once, la pareja informó que Barley estaba en el piso, solo pero moviéndose de un lado a otro. Podían oírle, pero no verle. Ned había puesto el límite en el vídeo. Estaba hablando mucho consigo mismo, dijeron, y cuando abrió su correspondencia las maldiciones inundaron los monitores.

Ned no se inmutó. Ya había leído la correspondencia de Barley y sabía que no contenía más horrores que los habituales.

Hacia la una de la madrugada, Barley llamó por teléfono a su hija Anthea, en Grantham.

– ¿Qué es un ig?

– Una casa esquimal sin retrete. ¿Qué tal Moscú?

– ¿Qué consigues si cruzas el Atlántico con el Titanic?

– Llegar hasta la mitad. ¿Qué tal Moscú?

– ¿Qué consigues si cruzas una oveja con un canguro?

– Te he preguntado qué tal Moscú.

– Un lanudo saltarín. ¿Cómo está el cargante de tu marido?

– Durmiendo, o intentando dormir. ¿Qué ha sido de la tarta de nata que llevaste a Lisboa?

– Se acabó.

– Creía que era permanente.

– Ella, sí. Yo, no.

Barley telefoneó luego a dos mujeres; la primera, una ex esposa sobre la que había conservado derechos de visita; la segunda, no registrada anteriormente. Ninguna de las dos podía atenderle tan inesperadamente, aunque sólo fuera porque estaban en la cama con sus hombres.

A la una cuarenta, la pareja informó que se habían apagado las luces del dormitorio de Barley. Ned se fue a dormir con una sensación de agradecimiento, pero yo estaba ya en mi pisito, y el sueño era lo último en que pensaba. Bullían en mi cabeza recuerdos de Hannah, mezclados con imágenes de Barley en la casa de Knightsbridge. Recordé su forma falsamente despreocupada de hablar de Katya y sus hijos y la comparé con mis propias repetidas negaciones de mi amor a Hannah, allá en los días en que constituía un peligro para mí. Hannah parece un poco alicaída, observaba delante de mí algún inocente cada cinco minutos. ¿Es que ese marido suyo le da muchos disgustos o qué? Y yo sonreía. Tengo entendido que le da bastante mala vida, decía, exactamente con el mismo tono de indiferente superioridad que le había oído a Barley, mientras los cancerosos fuegos secretos que ardían en mi interior me devoraban el corazón.

A la mañana siguiente, Barley fue a su oficina para reanudar su trabajo, pero se acordó que se pasaría por la casa de Knightsbridge al término de su jornada laboral por si había algún extremo que aclarar. Esto no era exactamente la clase de acuerdo poco perfilado y concreto que parece, pues Ned se hallaba ya empeñado en un serio combate con el piso doce, y era probable que para la noche tuviera que, o ceder terreno, o enfrentarse en una batalla a gran escala con los mandarines.

Pero para entonces Barley ya había desaparecido.

Según los vigilantes dispuestos por Brock, Barley salió de su oficina de Norfolk Street un poco antes de lo esperado, a las 4.43, llevando su saxofón en su estuche. Wicklow, que estaba en la oficina trasera de «Abercrombie & Blair», mecanografiando un informe del viaje a Moscú, no se dio cuenta de su marcha. Pero un par de muchachos de Brock vestidos con pantalones vaqueros siguieron a Barley en dirección oeste a lo largo del Strand y, cuando cambió de idea, cruzaron con él al Soho, donde desapareció en el interior de un abrevadero vespertino frecuentado por editores y agentes literarios. Pasó allí veinte minutos y reapareció llevando todavía su saxofón y con pasos perfectamente firmes. Llamó un taxi, y uno de los muchachos se hallaba lo bastante cerca como para oírle dar la dirección de la casa de refugio. El mismo muchacho avisó por radio a Brock, el cual llamó a Ned, en Knightsbridge, para decirle: «Espera ahí, tu huésped está en camino.» Yo estaba en otro lugar, librando otras guerras.

Hasta el momento, nada podía reprochársele a nadie, salvo que a ninguno de los dos muchachos se le ocurrió tomar la matrícula del taxi, descuido que más tarde les costó caro. Era la hora punta. Un viaje entre el Strand y Knightsbridge podía durar siglos. Eran ya las siete y media cuando Ned desistió de seguir esperando y, preocupado pero no alarmado todavía, regresó a la Casa Rusia.

A las nueve, cuando nadie tenía ninguna sugerencia razonable que hacer, Ned declaró a regañadientes una alarma interna, la cual, por definición, excluía a americanos. Como de costumbre, mantenía una fría serenidad. Quizá se había acorazado subconscientemente para una crisis así, pues Brock comentó más tarde que procedió a seguir una rutina preparada. No informó a Clive, pues, como me explicó después, hablar con Clive en la actual atmósfera emponzoñada era como enviar un detallado y revelador telegrama a Langley.

Ned se dirigió primeramente a Bloomsbury, donde los escuchas del Servicio poseían una serie de sótanos debajo de Russell Square. Utilizó un coche de los adscritos al uso del Servicio y debió de conducir a la velocidad del rayo. El jefe de guardia en el departamento de escucha era Mary, una mujer de cuarenta años, de apetito compulsivo, cara son rosada y aire de solterona. Sus únicos amores conocidos eran voces inalcanzables. Ned le entregó una lista de contactos de Barley, compilada por Walt a partir de conversaciones interceptadas e informes de vigilancia. ¿Podía Mary cubrirla inmediatamente? ¿Ahora mismo?

Mary no podía en absoluto hacer semejante cosa.

– Una cosa es forzar un poco las reglas, Ned. Pero una docena de pinchazos ilegales es otra completamente distinta, ¿no lo comprendes?

Ned podría haber aducido que los números adicionales se hallaban cubiertos por el mandamiento ya extendido por Interior, pero no se molestó en hacerlo. Me telefoneó a Pimlico justo en el momento en que yo descorchaba la botella de Borgoña con la que me proponía consolarme después de un día asqueroso. Es un piso muy pequeño, y yo tenía la ventana abierta para que saliera el olor a aceite frito. Recuerdo que cerré la ventana mientras hablábamos.

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