Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
– ¿Ves algo? -preguntó Boris-. ¿Ves la caja?
– Un momento.
Traté de encaramarme más sobre el murete de la escalera, consciente del abismo que se abría bajo mi torso.
– ¿La ves?
– Espera un segundo, Boris.
Cuanto más la contemplaba, más familiar me resultaba la sala. El reloj de pared triangular, el sofá de gomaespuma color crema, el mueble con el equipo de alta fidelidad de tres pisos. Los objetos, a medida que ponía la mirada en cada uno de ellos, iban hiriéndome con aceradas punzadas de reconocimiento. Sin embargo, cuando llevaba unos segundos observando la sala, tuve la viva sensación de que la parte del fondo -que con la parte principal formaba una L- no había estado allí en el pasado, que era un anexo muy reciente. Pero a medida que seguía mirando me iba percatando de que tal anexo también despertaba en mí vivas reminiscencias, y al cabo de unos instantes caí en la cuenta del porqué: se parecía extraordinariamente a la parte posterior del salón de la casa en que habíamos vivido mis padres y yo unos meses cuando nos mudamos a Manchester. La casa, una estrecha vivienda urbana adosada, era húmeda y necesitaba una nueva decoración con urgencia, pero la soportábamos porque sólo íbamos a vivir en ella hasta que el trabajo de mi padre nos permitiera mudarnos a un lugar mejor. Para mí, un chiquillo de nueve años, la casa pronto pasó a representar no sólo un cambio estimulante sino también la expectativa esperanzada de que un capítulo nuevo y más feliz de nuestras vidas se estaba abriendo ante nosotros.
– No van a encontrar a nadie en casa -dijo una voz de hombre a mi espalda.
Me enderecé y vi que el hombre había salido de un apartamento cercano. Estaba de pie en el umbral de la puerta, en lo alto de una escalera paralela a la nuestra. Tenía unos cincuenta años, y facciones duras, como de bulldog. Estaba despeinado, y llevaba una camiseta con una mancha de humedad en la pechera.
– Ah -dije-. El apartamento está vacío, ¿no?
El hombre se encogió de hombros.
– Puede que vuelvan. A mi mujer y a mí no nos gusta tener al lado un apartamento vacío, pero después de todos esos líos, nos sentimos aliviados, puede creerme. No es que seamos gente poco sociable. Pero después de todo lo que ha pasado, preferimos que esté como está: vacío.
– Ah… Lleva ya tiempo vacío… ¿Semanas? ¿Meses?
– Un mes como mínimo. Puede que vuelvan, pero no nos importaría nada que no lo hicieran. La verdad es que a veces me dan pena. No somos gente poco sociable. Pero cuando pasan ciertas cosas, bueno, lo que uno quiere es que se vayan. Preferimos que esté vacío.
– Ya veo. Muchos problemas…
– Oh, sí. A decir verdad, no hubo violencia física. Pero aun así… Cuando les oyes gritar a altas horas de la madrugada y no puedes hacer nada… Era muy desagradable…
– Perdone, pero verá… -Me acerqué un poco hacia él y le indiqué con los ojos que Boris nos estaba escuchando.
– No, a mi mujer no le gustaba ni pizca… -siguió el hombre sin hacerme ningún caso-. Cada vez que empezaban las trifulcas, mi mujer se tapaba la cabeza con la almohada. Una vez hasta en la cocina. Entré y me la encontré cocinando con una almohada alrededor de la cabeza. No, no era agradable. Siempre que nos encontrábamos con el marido, lo veíamos sobrio, con porte respetable. Pero mi mujer estaba convencida de que detrás de todo estaba eso. Ya sabe, la bebida…
– Oiga -le susurré en tono airado, inclinándome sobre el múrete de hormigón que nos separaba-, ¿es que no ve que viene un niño conmigo? ¿Es esa la clase de tema que se puede sacar cuando hay un niño delante?
El hombre miró hacia Boris con expresión de sorpresa. Luego dijo:
– Pues no es tan niño, ¿no cree? No se puede protegerles de todo. De todos modos, si no quiere que hable de eso, de acuerdo, hablemos de otra cosa. Elija un tema, si es que se le ocurre. Yo sólo estaba contándole lo que pasaba. Pero si no quiere hablar de ello…
– ¡No, por supuesto que no! Por supuesto que no quiero oír…
– Bueno, no era tan importante. Sólo que, bueno, como es comprensible, yo estaba más de su parte que de la de su mujer. Si hubiera llegado a la violencia física…, bueno, entonces habría sido diferente, pero no hubo nunca evidencia de ello. Así que yo tendía más a culparla a ella. De acuerdo, él pasaba mucho tiempo fuera de casa, pero por lo que sabíamos no le quedaba más remedio, era parte de su trabajo. Y ésa no era razón para… Eso es lo que digo, que no era razón para que ella se comportara de ese modo…
– Oiga, ¿quiere callarse? ¿Es que no tiene usted juicio? ¡El chico! Puede estar escuchando…
– Muy bien, puede que nos esté escuchando. ¿Y qué? Los niños siempre acaban oyendo estas cosas tarde o temprano. Sólo le estaba explicando por qué tendía a ponerme de su lado, y por qué entonces mi mujer sacó lo de la bebida. Pasar mucho tiempo fuera de casa es una cosa, solía decirme, pero beber es otra muy diferente…
– Mire, si sigue por ahí me veré obligado a dar por terminada esta conversación de inmediato. Se lo advierto. Y lo haré.
– No va a poder proteger al chico toda la vida, ¿sabe? ¿Cuántos años tiene? No parece tan niño. Protegerles en exceso no es bueno. Tiene que adaptarse al mundo, aceptarlo con sus virtudes y sus defectos…
– ¡Aún no tiene por qué hacerlo! ¡Todavía no! Además, me tiene sin cuidado lo que usted piense. ¿A usted qué le importa? Es mi chico, está a mi cargo, y no voy a tolerar este tipo de charla…
– No entiendo por qué se pone tan furioso. No hago más que conversar. Me limitaba a contarle lo que pensábamos del asunto. No eran mala gente, y no es que nos desagradasen, pero a veces la cosa se pasaba de castaño oscuro. Bueno, supongo que todo suena peor cuando te llega a través de las paredes. Mire, es inútil tratar de ocultar las cosas a un chico de su edad. Tiene usted la batalla perdida. ¿Y de qué sirve…?
– ¡Me importa un bledo lo que usted piense! ¡El chico aún puede mantenerse al margen unos cuantos años! Ahora me niego a que oiga ese tipo de cosas…
– No sea usted necio. Las cosas de las que hablo son las que pasan en la vida. Hasta mi mujer y yo hemos tenido nuestros altibajos. Por eso me solidarizaba con él. Sé lo que se siente, sé lo que es ese primer momento en que de pronto te das cuenta…
– ¡Se lo advierto! ¡Voy a dar por terminada esta conversación! ¡Se lo estoy advirtiendo!
– Pero yo nunca he bebido. Y eso cambia las cosas. Pasar mucho tiempo fuera de casa es una cosa, pero beber de esa manera…
– ¡Es la última vez que se lo advierto! ¡Una palabra más y me voy!
– Cuando estaba borracho era cruel. No físicamente, de acuerdo, pero muchas veces lo oíamos… Era cruel de verdad. No lográbamos oír todas las palabras, pero solíamos quedarnos quietos en la oscuridad, escuchando…
– ¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se lo advertí! ¡Ahora me voy! ¡Me voy!
Le di la espalda y corrí escalones abajo hacia donde estaba Boris. Le cogí por el brazo y empecé a alejarme apresuradamente, pero el hombre se puso a gritar a nuestra espalda:
– ¡Está librando una batalla perdida! ¡El chico tiene que enterarse de cómo son las cosas! ¡Es la vida! ¡No hay nada malo en ello! ¡Es la vida real!
Boris miraba hacia atrás con cierta curiosidad, y me vi obligado a tirar de su brazo con más fuerza. Seguimos a paso ligero durante un rato. En más de una ocasión noté que Boris trataba de ir más despacio, pero yo no cejé: estaba ansioso por alejar toda posibilidad de que aquel hombre pudiera ir tras nosotros. Cuando aminoramos el paso y nos paramos, sentí que me faltaba el aire y que apenas podía respirar. Me acerqué, tambaleante, a la pared -una pared pasmosamente baja, poco más alta que mi cintura- y apoyé los codos en ella. Miré el lago, los altos bloques, el pálido y ancho cielo…, y aguardé a que mi pecho dejara de palpitar con violencia.