El hijo de Stalin [Archangel - es]
- Автор: Харрис Роберт
- Год: 1999
- Язык: испанский
- Год: Plaza & Jan
- ISBN: 84-01-01267-8
- Переводчик: Silvia Komet
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El hijo de Stalin [Archangel - es]». Краткое содержание книги:
—¿Un heredero?
—Bueno, eso lo explicaría todo, ¿no cree? Se habría arriesgado por eso. Enfrentémonos a la verdad, Yuri, Mamantov es lo bastante enfermo para… ah, no lo sé. —Intentó pensar algo absurdo—. Para presentar al hijo de Stalin como candidato a la presidencia o algo así. Tiene medio billón de rublos…
—Espera un momento —dijo Arseniev—. Déjame pensarlo. —El coronel miró la hilera de helicópteros al otro lado del aeródromo. Suvorin vio que un músculo le temblaba en su carnosa mandíbula—. ¿Y todavía seguimos sin saber dónde está Mamantov?
—Podría estar en cualquier parte.
—¿En Arcángel?
—Es una posibilidad. Si Zinaida Rapava tuvo la inteligencia de encontrar a Kelso en el aeropuerto, ¿por qué no Mamantov? Es posible que les haya seguido los pasos durante las últimas veinticuatro horas. Ellos no son profesionales; él sí. Estoy preocupado, Yuri. Ni lo sospecharían hasta que Mamantov diera el golpe.
Arseniev gruñó.
—¿Tienes un teléfono?
—Claro. —Suvorin sacó un teléfono móvil.
—¿Es seguro?
—Se supone que sí.
—Llama a mi despacho, hazme el favor.
Suvorin comenzó a marcar el número. Arseniev dijo:
—¿Dónde está esa chica, la Rapava?
—Mandé a Bunin que la acompañara a su casa. Le he puesto vigilancia. No se encuentra muy bien.
—Supongo que habrás visto esto. —Arseniev sacó un ejemplar del último número de Aurora del bolsillo del asiento. Suvorin leyó el titular —: LA VIOLENCIA ES INEVITABLE.
—Lo oí por la radio.
—Bueno, ya puedes imaginarte lo bien que ha caído…
—Tenga —dijo Suvorin y le pasó el teléfono—. Está llamando.
—¿Sergo? —dijo Arseniev—. Soy yo. Escucha, ¿puedes ponerme con el despacho del presidente…? Eso es. Utiliza el segundo número. — Cubrió el auricular con la mano—. Será mejor que te vayas. No, espera. Dime qué necesitas.
Suvorin abrió las manos. No sabía por dónde comenzar.
—Podría arreglarme con la Milicia, o con alguien de Arcángel que busque a todos los Safanov y Safanova para que el trabajo esté hecho cuando yo llegue. Sería algo para empezar. Necesito un par de hombres que vayan a buscarme al aeropuerto. Un medio de transporte. Y un lugar para alojarme, claro.
—Dalo por hecho. Ve con cuidado, Feliks. Espero… —Pero Suvorin nunca supo qué esperaba el coronel, porque de repente Arseniev levantó un dedo en señal de advertencia—. Sí… Sí, estoy preparado. — Respiró y lo despidió con una sonrisa forzada; si hubiera podido ponerse de pie y hacerle el saludo militar, pensó Suvorin, lo habría hecho—. Y que tengas un buen día, Boris Nikolaievich…
Suvorin bajó en silencio del coche.
El camión cisterna ya se había separado de la avioneta y estaban enrollando la manguera. En los charcos, debajo de las alas, se dibujaba un arco iris de petróleo. De cerca, el abollado y oxidado Tupolev parecía aún más viejo de lo que había pensado. Tenía cuarenta años como mínimo. De hecho, era más viejo que él. ¡Santo Dios, qué cacharro!
Un par de miembros del personal de tierra lo miraban indiferentes.
—¿Dónde está el piloto?
Uno de los hombres le señaló la avioneta con la cabeza. Suvorin subió la escalinata y entró en el fuselaje. Dentro hacía frío y olía como un viejo autobús que llevara años enteros parado. La puerta de la cabina estaba abierta. Pudo ver al piloto, que jugueteaba con los bo- tones. Agachó la cabeza, entró y lo saludó con unas palmadas en el hombro. El piloto tenía la cara hinchada, y unos ojos arenosos e inexpresivos, inyectados en sangre, típicos de un bebedor empedernido. Fantástico, pensó Suvorin. Se dieron la mano.
—¿Qué tiempo hace en Arcángel?
El piloto rió. Suvorin podía oler el alcohoclass="underline" no sólo era el aliento, el tipo sudaba vodka.
—Me arriesgaré… si usted quiere.
—¿No debería tener un copiloto o un asistente?
—Pues no.
—Fantástico. Estupendo.
Suvorin se sentó. Un motor tosió y arrancó con una humareda negra, a continuación el otro hizo lo mismo. Observó que la limusina de Arseniev ya había partido. El Tupolev giró y carreteó por la pista desierta, hacia la pista de despegue. Volvieron a girar, el gemido de las hélices se hizo menos intenso, y luego empezó a aumentar cada vez más. El viento azotaba la lluvia, como si fuera ropa tendida, sábanas horizontales sobre el cemento. Vio los delgados troncos de los abedules en el perímetro del aeropuerto, uno junto al otro formando una empalizada blanca. Cerró los ojos —era una tontería tener miedo a volar, pero así era: siempre lo había tenido— y despegaron, la presión lo empujó hacia atrás en el asiento, luego sintió una sacudida y estuvieron en el aire.
Abrió los ojos. La avioneta ya se elevaba más allá del borde del aeródromo y se ladeaba para cruzar la ciudad. Los objetos parecían precipitarse en su campo visual, pero sólo para ir reduciendo su tamaño y desaparecer: faros amarillos reflejados en las calles mojadas, terrados grises y las parcelas verde oscuro pobladas de árboles. ¡Cuántos árboles! Siempre le había sorprendido. Pensó en toda la gente que conocía allí abajo… Serafima en casa, en el apartamento que no se podían permitir, y los niños en la escuela y Arseniev temblando después de llamar al presidente, y pensó también en Zinaida Rapava y en su silencio cuando se despidió de ella en el depósito de cadáveres…
Rozaron el borde inferior de una nube baja y, a través de las capas de gas cada vez más densas, tuvo todavía una, dos, tres últimas vistas de Moscú, antes de que la ciudad desapareciera bajo las nubes.
25
R. J. O'Brian esperaba en la esquina, al final del callejón que llevaba al patio de Vavara Safanova. La maleta de metal en el suelo, apretada entre las piernas, la cabeza inclinada sobre el mapa.
—¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en llegar? ¿Un par de horas?
Kelso se volvió y miró la pequeña casa de madera. La anciana seguía en la puerta, apoyada en su bastón, mirándolos. Vavara Safanova alzó la mano para despedirse y la puerta se cerró lentamente.
—¿En llegar adonde? —preguntó Kelso.
—A ese lugar, Chizhikov—dijo O'Brian—. ¿Cuánto crees que tardaremos?
—¿Con este tiempo? —Kelso levantó la vista y miró el cielo nublado—. ¿Ahora quieres ir a buscarlo?
—Sólo hay un camino. Compruébalo tú mismo. Ella dijo que era un pueblo, ¿no? Si es así, estará sobre la carretera. —O'Brian apartó unos copos de nieve que habían caído sobre el mapa y se lo pasó a Kelso—. Yo diría que dos horas.
—No hay carretera —dijo Kelso—. Es una línea de puntos. Eso indica un sendero, una pista forestal.
El sendero se adentraba hacia el este por el bosque, paralelo al Dvina unos 75 kilómetros, y luego enfilaba hacia el norte para terminar en ninguna parte; simplemente se detenía en medio de la taiga, unos trescientos kilómetros más adelante.
—¿Por qué no miras un poco dónde estamos? —prosiguió Kelso—. Ni siquiera se han molestado en terminar las calles en la ciudad. ¿Cómo crees que estarán los caminos en el interior?
Kelso le devolvió el mapa y empezó a caminar en dirección al Toyota. O'Brian lo siguió.
—Tenemos un todoterreno, Chiripa, y cadenas para la nieve.
—¿Y si tenemos una avería?
—Tenemos comida. Y combustible para hacer fuego, y un bosque entero para ir a buscar leña. Si tenemos sed, podemos bebemos la nieve. Y también tenemos el teléfono móvil —dijo O'Brian, y le dio una palmada en el hombro—. Te propongo algo y tú dime qué te parece: si tienes miedo, puedes llamar a tu mamá.