La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– Myra -llamó el señor Hamilton, que bajaba apresuradamente la escalera-, ¿dónde está ese champán?
Oímos la voz de Katie antes de que su corta figura asomara del cuarto de la nevera aferrando torpemente las botellas entre los brazos y el cuerpo.
– Lo tengo yo, señor Hamilton -declaró, con una gran sonrisa-. Los demás estaban demasiado ocupados discutiendo.
– Bien, rápido, entonces -ordenó el señor Hamilton-. Los invitados del amo están sedientos. -Entonces se acercó a la cocina nos miró acusadoramente-. No es propio de ti distraerte de tus deberes, Myra.
– Aquí las tiene, señor Hamilton -dijo Katie.
– Ve arriba, Myra -ordenó desdeñoso el señor Hamilton-. Añora ya estoy aquí y puedo llevarlas yo mismo.
Myra me miró y subió la escalera.
– En realidad, señora Townsend -advirtió el señor Hamilton-, no debería entretener aquí a Myra. Como bien sabe, esta noche necesitamos que todos estén disponibles. ¿Puedo preguntar cuál era el tema que debían discutir con tanta urgencia?
– Ninguno, señor Hamilton -respondió la señora Townsend, evitando mirarme-. No fue en absoluto una discusión, sino un tema que nos concierne a Myra, a Grace y a mí.
– Estaban hablando de la señorita Hannah -acusó Katie-. Las oí.
– Silencio, Katie -ordenó el señor Hamilton.
– Pero yo…
– ¡Katie! -gritó la señora Townsend-. Es suficiente. Y por amor de Dios, deja esas botellas para que el señor Hamilton pueda llevarlas arriba.
Katie puso las botellas en la mesa de la cocina.
El señor Hamilton recordó la tarea que tenía pendiente e interrumpió el interrogatorio para descorchar las botellas. A pesar de su destreza el corcho se empecinaba en permanecer en su lugar, hasta que de pronto… ¡Pum!
El corcho salió disparado, chocó con la lámpara, que explotó y se hizo añicos aterrizando en la salsa de caramelo de la señora Townsend. El champán rociaba la cara del señor Hamilton con triunfal efervescencia.
– ¡Katie, eres una inútil! -exclamó la señora Townsend-. Has agitado las botellas.
– Lo siento, señora Townsend -dijo Katie, con la risa nerviosa que la solía acometer cuando estaba en una situación difícil-. Sólo intentaba hacer las cosas rápido, como pidió el señor Hamilton.
– Hay que ir despacio si se tiene prisa, Katie -recomendó el señor Hamilton. El champán que resbalaba por su cara le restaba seriedad a la admonición.
– Venga, señor Hamilton. -La señora Townsend tomó una punta de su delantal para secar la brillante nariz del mayordomo-. Déjeme ayudarlo.
– Señora Townsend -señaló Katie, sin abandonar sus risitas-, le ha dejado la cara llena de harina.
– ¡Katie! -vociferó el señor Hamilton, limpiándose la cara con un pañuelo que había aparecido en medio del revuelo-. Eres una tonta. En todos los años que has pasado aquí no has desarrollado una pizca de inteligencia. A veces me pregunto por qué seguimos tolerando que…
Antes de distinguir su figura oí la ronca y agitada respiración de Alfred, por encima de la reprimenda del señor Hamilton, el alboroto de la señora Townsend y las excusas de Katie. Aunque después me contó que había bajado para averiguar por qué el señor Hamilton se demoraba, en ese momento estaba al pie de la escalera, tan quieto y pálido como una estatua de mármol o un fantasma.
Cuando nuestras miradas se cruzaron el hechizo se rompió. Él giró sobre sus talones y desapareció en el pasillo. Oímos sus pasos sobre la piedra, atravesando la puerta trasera para perderse en la oscuridad.
Todos permanecimos atentos y en silencio. El señor Hamilton hizo un movimiento. Tal vez consideró la posibilidad de seguirlo, pero el deber era su único amo. Volvió a limpiarse la cara con el pañuelo y nos miró con los labios apretados, que dibujaban una fina línea de resignado cumplimiento del deber.
Cuando me disponía a salir para buscar a Alfred, el señor Hamilton anunció:
– Grace, ponte tu mejor delantal. Te necesitamos arriba.
En el comedor, me situé entre el chiffonier y el sillón Luis XIV. En la pared contraria Myra levantó las cejas. No tenía manera de contarle todo lo sucedido abajo -no sabía siquiera si era posible explicarlo-, por lo que me limité a alzar levemente los hombros y luego miré hacia otro lado. Me preguntaba dónde estaría Alfred y si alguna vez volvería a ser el mismo de antes.
Los comensales estaban terminando el plato de faisán y el aire se estremecía con el amable tintineo de los cubiertos sobre la porcelana china.
– En fin -sentenció Estella-, esto estaba… -hizo una pausa apenas perceptible- sencillamente delicioso.
Miré su perfil, los movimientos de su mandíbula mientras pronunciaba cada palabra, exprimiendo toda la vitalidad que contenían antes de dejar que salieran por sus generosos labios carmesí. Recuerdo particularmente sus labios, porque sólo ella los tenía pintados. Emmeline jamás dejaría de lamentar que el señor Frederick tuviera ideas tan definidas acerca del maquillaje y de las mujeres que lo llevaban.
Estella apartó a un lado los restos de faisán, apoyó los cubiertos en el plato y se limpió la boca en la blanca servilleta de lino dejando restos de lápiz labial, que después yo tendría que lavar.
– Unos sabores tan inusuales… -señaló sonriente al señor Frederick-. Seguramente no debe de ser sencillo lograrlo en épocas de escasez.
Myra alzó las cejas. Era casi inimaginable que un invitado emitiera un juicio explícito sobre la comida. De hecho, hacer abiertamente ese tipo de comentarios era algo rayano en la descortesía. Podían interpretarse fácilmente como evidencia de desconcierto o, peor aún, de alivio. Deberíamos ser cautelosas al contárselo a la señora Townsend.
El señor Frederick, tan asombrado como nosotras, pronunció un encendido discurso sobre la insuperable habilidad de la señora Townsend para cocinar aun en esas condiciones, durante el cual Estella aprovechó para examinar el comedor. En primer lugar su mirada se entretuvo en las molduras que adornaban las paredes y el techo, continuando por el friso de William Morris, antes de posarse, por fin, en el escudo de los Ashbury. Parecía estar haciendo inventario, mientras en su mejilla se percibían los rápidos movimientos de la lengua, que trataba de soltarse un trozo de comida atrapado entre sus resplandecientes dientes.
La conversación trivial propia de las reuniones sociales no era el fuerte del señor Frederick. Sus comentarios, a poco de comenzar, se convirtieron en una isla desierta de donde no parecía posible escapar. Empezó a titubear. Dirigió la mirada hacia sus contertulios, pero Estella, Simon, Teddy y Emmeline habían encontrado su propio modo de entretenerse. Casi se había resignado a su destino cuando encontró un aliado en Hannah. Intercambiaron miradas y, mientras su metódica descripción de las tortas sin manteca de la señora Townsend llegaba al final, ella se aclaró la voz.
– Señora Luxton, usted mencionó antes a su hija. ¿No los ha acompañado en este viaje?
– No -respondió rápidamente Estella, volviendo a prestar atención a lo que ocurría en la mesa.
Simion levantó la vista de su plato de faisán y gruñó.
– Hace tiempo que Deborah no nos acompaña. Tiene responsabilidades en casa. Cuestiones de trabajo -indicó con tono inquietante.
En Hannah resurgió un genuino interés.
– ¿Ella trabaja?
– En algo relacionado con la publicidad -explicó Simion tragando un enorme bocado de faisán-. No estoy al tanto de los detalles.