La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
Antonio piensa que llevarán toda la tarde de charla, habrá tomado un par de whiskies, habrán, de común acuerdo hablado de todo un poco, comentado incluso la llamada de Antonio, que les habrá parecido exagerada, preocupada.
Y habrán comentado, quizá: pobre Antonio, con Emilia así es comprensible que se preocupe, conmovedor. Nada puede hacerse de momento, habrán concluido, piensa Antonio Y es cierto. Antonio sabe que nada puede hacer de momento tal vez nada tampoco en toda la noche: irse a su apartamento y esperar a Emilia. El sistema telefónico del Asubio es anticuado. Hay un único teléfono fijo con dos ex tensiones una en la cocina y otra en el departamento de Antonio y Emilia. Habitualmente la palanca se sitúa en la extensión de la cocina porque Juan Campos detesta hacer de telefonista, como él dice. Y hay también el telefonillo interior que conecta el apartamento con el despacho. Una vez en sus habitaciones, Antonio llama por teléfono a Juan para decirle que está en casa, que perdone las molestias. Juan lo comprende todo, su voz más amable, que dejará la palanca en su lado para que Antonio pueda recoger el primero la posible llamada de la Guardia Civil, o cualquier otra. Esto es el fin. Desde el punto de vista de Juan y de Angélica, asunto concluido. Ellos dos permanecerán de charla un par de horas más, quizá más tiempo, y Antonio dará vueltas por su cuarto de estar o quizá llame a la Guardia Civil otra vez. Son las once de la noche, el tiempo se desmenuza ahora, cruje un poco como una barra de pan de dos días entre los dedos: ofrece una ligera resistencia y se desmorona en seguida se vuelve pan rallado, partículas de tiempo desmenuzado entre los dedos nutren la angustia, alimentan en su cárcel a Antonio Vega, el rehén de la responsabilidad irrenunciable.
Hacia las dos de la madrugada, Antonio oye la grava del jardín a lo lejos, el runruneo del motor del Porsche, un portazo demasiado violento. Antonio sabe que Fernando acaba de llegar. Sale al vestíbulo a esperarle. En seguida ve que Fernandito ha bebido en exceso. Tiene mal aspecto, desmadejado como si se hubiera caído, embarrados los zapatos y el fondillo de los pantalones.
– Lo lamento -tartajea Fernandito-, no la he, a Emilia, visto. Toda la tarde por Lobreña y demás y no la he visto. Lo siento…
– No sabemos dónde está, no ha vuelto todavía. Yo también salí a buscarla y tampoco yola he visto. No te preocupes…
– Lo siento, de verdad que lo siento. Avísame si llega, ¿vale?
– Vale, Fernando, cuando llegue yo te aviso.
Fernando sube las escaleras lentamente. Antonio le olvida de inmediato. Pasa así la noche entera sin dormir. Llama por teléfono a una clínica de urgencias de Lobreña y a urgencias de dos hospitales grandes de Letona. Nadie sabe nada. Hacia las siete de la mañana llama el cabo de la Guardia Civil.
– Han encontrado a su mujer y el coche en Letona. Supongo que irá usted a buscarla. Le doy la dirección de la comisaría donde está. Está bien. Parece que está como ida, pero está bien.
Antonio da las gracias, va al garaje, saca el Opel, conduce procurando no acelerarse en dirección a Letona.
XXXI
La Policía Local (Tráfico) encontró el monovolumen, con Emilia sentada al volante como ida, junto a la grúa de piedra del antiguo muelle de carga de Letona. Antonio se ha presentado en la comisaría de la Cuesta de los Carmelitas alrededor de las ocho de la mañana. Emilia está sentada al final de un banco en una sala de espera con demasiada calefacción. Justo encima de Emilia un retrato de Su Majestad el Rey de España. Antonio entra despacio, como si entrara en la habitación de un hospital. Emilia está sentada en el banco, debajo del retrato, apoyada la espalda en la pared, con las dos manos ante sí, una en cada rodilla. Antonio se sienta junto a ella, le pasa el brazo por el hombro. Emilia está tranquila e ida. Es lo que dijo el cabo por teléfono, lo que le dijeron al cabo los de la comisaría. Es la verdad: está tranquila, un poco pálida, ida. Al pasarle el brazo izquierdo por el hombro, Antonio nota los huesos de la espalda, la clavícula, el cuello, como un pájaro, como un vencejo caído al suelo. Emilia no se ha venido abajo, sin embargo. No parece especialmente impresionada por el hecho de hallar- se en la comisaría o por la repentina aparición de Antonio.
– Estaba al rape mismo del malecón la señorita. Llega a frenar medio metro después y se cae al mar. Lo que son el parachoques con los faros sobresalían una cuarta del muelle, sobre el agua. Cuando vimos que la señorita estaba sentada al volante nos dio miedo acercarnos, igual se asusta al vernos de repente y quita el freno, yo qué sé. Menos mal que mi compañera al ser mujer, sabe cómo manejar las situaciones. Yo la dije: Vas tú. Vas tú y la hablas, a través del cristal aunque sea. La gorra de plato no la lleves, que vea que eres chica…
El policía de tráfico ha contado con variaciones esto mismo tres o cuatro veces ya. Se lo vuelve a contar a Antonio Vega, que le da las gracias. Antonio desea irse, pero no desea dar la impresión de que tiene prisa: sacar a Emilia precipitadamente de la comisaría. No desea que ella sienta que tiene prisa o está preocupado ya no está preocupado además. Ahora está contento: nada más entrar en la comisaría y verla sentada en el banco, sintió el júbilo, una punzada de alegría. Así que a la vez ahora tiene ganas de irse y de quedarse a oír de nuevo el relato del policía y cómo su compañera -que es psicóloga, está en segundo curso, presentándose por libre, combinándolo a la vez con el servicio- supo hacerlo todo a la primera hablando suave a Emilia a través del cristal, sonriendo y moviendo una manita. Emilia por lo visto bajó inmediatamente el cristal. No estaba asustada, ni siquiera cuando al abrir la puerta se vio el agua al rape mismo, la marca alta, de la rueda y de la puerta.
– Entonces anduvieron unos pasos mi compañera y su señora, venían hablando. Mi compañera era más bien la que hacía el gasto. Su señora no habla mucho aunque estaba muy tranquila. Luego en el coche nos dijo que salió a dar una vuelta, y venga y venga, que paró aquí junto a la grúa de piedra, un lugar que conocía de niña. Peligro no es que hubiese, o sea: lo había o lo hubiese habido si no llega a echar el freno de mano: se le vence el coche, eso seguro.
– Les estoy tan agradecido… -repite Antonio.
Antonio y Emilia sonríen a la vez ahora. Los dos dan las gracias. En medio del relato del policía, Emilia ha dicho que le apetecería desayunar unos churros. Al llegar, en un principio (aquí el policía de tráfico se hace un poco de lío qué fue primero y qué segundo, si pasó todo a la vez) cuando llegaron los tres a la comisaría, le ofrecieron a Emilia un café con leche con azúcar de la vending machine que Emilia tomó a sorbos. El monovolumen está en el patio de la comisaría. Emilia ha dicho lo de los churros y Antonio está feliz. Irán a una cafetería del muelle, la cafetería de siempre. Tomarán un café en vaso con churros espolvoreados de azúcar. Regresarán en el Opel al Asubio. Bonifacio puede llegarse más tarde a Letona a subir el monovolumen. Antonio no tiene ahora intención de separarse de Emilia. Desayunan, emprenden el viaje de regreso al Asubio. Emilia no dice nada, ni Antonio tampoco. Es maravilloso volver a casa juntos: no ha pasado nada, no hay nada que preguntar. Ahora Antonio no siente la menor inquietud. A partir de ahora va a ir todo bien, mucho mejor. Emilia fue a dar una vuelta por la tarde y acabó en Letona de madrugada, junto a la grúa de piedra. ¿Por qué no? ¿Qué tiene eso de malo?, ¿qué tiene eso de raro? Al llegar a Lobreña, Antonio decide pasar un momento por la casa-cuartel para dar las gracias al cabo: decirle que todo acabó bien. El cabo sale a saludar a Emilia.
– Como habíamos dado parte de la matrícula, la descripción de su señora y todo, nos llamaron de la comisaría de Letona, fue muy fácil. Gracias a Dios todos lo hicimos todo bien: ustedes, nosotros, la policía local… A veces las cosas salen mal -comenta el cabo pensativo.