Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– Lo sé, provoca ese mismo efecto en todo el mundo…
En el interior del Café des Carrefours, Jo e Iris almorzaban. Los camiones hacían temblar las vitrinas del establecimiento al frenar justo antes de girar y de meterse en la circunvalación; los clientes habituales entraban haciendo batir la puerta. Jóvenes, en su mayoría, que debían de trabajar en los despachos vecinos. Llegaban empujándose, gritaban que tenían hambre y elegían el menú de diez euros, cuarto de vino incluido. Iris había pedido huevos fritos con jamón, Joséphine una ensalada y un yogur.
– He visto a Serrurier, el editor -empezó Iris-. Lo ha leído y…
– ¿Y? -dijo Joséphine, presa de la angustia.
– Y… le ha encantado tu idea, está encantado con las veinte páginas que me has dado, me ha colmado de felicitaciones y… y…
Cogió su bolso, lo abrió y sacó un sobre que agitó en el aire.
– Me ha dado un primer anticipo. La mitad de los cincuenta mil euros… el resto me lo dará cuando le entregue la totalidad del manuscrito. Te he firmado inmediatamente un cheque de veinticinco mil euros, así, visto y no visto, para ti.
Tendió el sobre a Joséphine, que lo tomó con infinito respeto. De pronto, cuando cerraba su bolso, una pregunta le atormentó:
– ¿Cómo vas a hacer con los impuestos? -preguntó a Iris.
– Tienes lechuga en los dientes -la interrumpió Iris haciendo el gesto de limpiarse los dientes.
Joséphine asintió y planteó de nuevo la pregunta.
– No te preocupes, Philippe no se dará cuenta. De todas formas, no es él el que hace la declaración sino un contable, y paga tantos impuestos que no es eso lo que cambiará mucho las cosas.
– ¿Estás segura? ¿Y yo? ¿Y si me preguntan de dónde viene ese dinero?
– Dirás que es un regalo de tu hermana que está forrada.
Joséphine hizo una mueca de duda.
– Deja de preocuparte, Jo. Aprovéchate, aprovecha… ¿No es maravilloso? Nuestro proyecto ha sido aceptado, con las felicitaciones del jurado.
– No me lo puedo creer. ¡Y tú me hablas de nuestra venenosa madre! ¿Te das cuenta, Iris? ¡Le ha gustado! ¡Le ha gustado mi idea! ¡Ha firmado un cheque de veinticinco mil euros sólo por mi idea!
– Y por los veinte folios que has escrito… Muy astuto, tu plan. Dan ganas de leer lo que sigue.
Joséphine, durante un instante, tuvo la tentación de pedir un chucrut para celebrar el acontecimiento, pero se resistió.
– ¿No es genial, hermanita? -preguntó Iris, con un reflejo azul en sus ojos abiertos como platos-. ¡Vamos a ser ricas y famosas!
– La riqueza para mí, la fama para ti.
– ¿Te molesta?
– No. Al contrario. Así puedo escribir lo que quiera: nadie sabrá que soy yo. Me quita algo de angustia, ¡te lo juro! ¡Y además sería totalmente incapaz! Cuando veo lo que hay que hacer y decir para salir en la tele, me dan ganas de meterme en la cama.
– Pues para mí va a ser divertido. Estoy harta de mi imagen de mujer correcta, Jo, ya no puedo más…
Iris permaneció un momento ensimismada, compartiendo el silencio de Joséphine, que miraba amorosamente su bolso. Después su mandíbula siguió masticando y se golpeó la frente con la mano.
– Casi me olvido. Quería enseñarte un artículo de prensa que he recortado para ti.
Introdujo la mano en su bolso y sacó un periódico doblado en dos, que abrió delicadamente, buscando el artículo que le interesaba.
– Aquí está. Es un retrato de Juliette Lewis, ya sabes, la antigua actriz de cine… en fin, cuando digo antigua, debe de tener poco más de treinta años, pero ya no le ofrecen papeles, así que se ha reconvertido a la canción. Escucha bien lo que dice el artículo. «Juliette Lewis lidera ahora un grupo de rock, Juliette and the Licks, Juliette y los Lametones, un nombre que incita a la provocación por sí mismo, sobre todo cuando el joven que se ocupa de las relaciones con la prensa de los Lametones confirma que Juliette Lewis aparece en el escenario con esas bragas bastante escuetas que bien podemos llamar tangas. «Sí, a veces enseña buena parte del trasero», afirma el tal Chris en el mismo instante en el que Juliette viene hacia nosotros diciendo Here we go, man, con esa voz ronca que todos conocemos…
– Me parece una tontería…
– ¡Pues yo estoy dispuesta a jugar a eso!
– ¿A enseñar el tanga?
– A fabricar imágenes como esas para vender el libro.
Joséphine miró a su hermana y se preguntó si no estaría cometiendo una enorme estupidez al convertirse en su cómplice.
– Iris, ¿estás hablando en serio?
– Pues claro, zoquete. Voy a montar un show… Un auténtico show que planearé hasta el mínimo detalle, y tengo la intención de reventar la pantalla. Él, Serrurier, no para de decírmelo, «con sus ojos, sus relaciones, su belleza…». Todo eso es mejor que tus deditos sobre tu teclado y toda tu erudición. Para vender, quiero decir, para vender…
Se echó su larga cabellera negra hacia atrás, extendió los brazos al cielo como si abriese un camino real y suspiró:
– Me aburro tanto, Jo, me aburro tanto…
– ¿Por eso lo haces? -preguntó Jo tímidamente.
Iris abrió los ojos de par en par y pareció no comprender.
– Pues, sí. ¿Qué otra razón habría?
– Precisamente me gustaría saberlo. El otro día, en el tren, me dijiste que te sacaba de un apuro… Incluso empleaste la palabra «atolladero», así que me preguntaba…
– ¡Ah! Te dije eso.
Hizo una mueca como si Joséphine acabase de traerle un mal recuerdo.
– Me dijiste eso exactamente, y creo que tengo derecho a saber.
– Pero, qué dices, Jo. ¡Derecho a saber!
– Pues, sí… Me embarco contigo en una galera y me parece justo tener las mismas cartas que tú en la mano.
Iris sopesó a su hermana pequeña con la mirada. Joséphine estaba cambiando. Más luchadora, más audaz. Comprendió que no podía callar, lanzó un largo suspiro y lo soltó, sin mirar a Jo:
– Es por culpa de Philippe. Tengo la impresión de que se aleja de mí, que ya no soy la última maravilla del mundo. Tengo miedo, que me abandone y pienso que, escribiendo este libro, le seduciría de nuevo.
– ¿Porque lo amas? -preguntó Joséphine, con esperanza en su voz.
Iris le lanzó una mirada mezcla de piedad y exasperación.
– Podemos llamarlo así. No quiero que me deje. Tengo cuarenta y cuatro años, Jo, no encontraré otro como él. Mi piel se va a arrugar, mis senos van a caer, los dientes van a amarillear, el pelo se va a aclarar. El me ofrece una vida de oro, quiero conservar mi casa, mi chalet en Megéve, los viajes, el lujo, la tarjeta Oro, el estatus de señora Dupin. Ya ves, soy honesta contigo. No soportaría caer en una vida banal, sin dinero ni relaciones ni evasión… Y, además, quizás le ame después de todo.
Había apartado su plato y encendido un cigarrillo.
– ¿Ahora fumas? -preguntó Joséphine.
– ¡Es por mi personaje! Me estoy entrenando. Josiane, la secretaria de Chef…, tenía un paquete guardado, ha dejado de fumar, y me lo ha dado.
Joséphine recordó la escena que vio en el andén de la estación: Chef besando a su secretaria, instalándola en el tren como si llevara el santo sacramento. No había hablado de ello con nadie. Sintió un escalofrío y pensó en su madre: ¿qué pasaría con ella si Chef la abandonaba para rehacer su vida?
– ¿Tienes miedo de que te deje? -preguntó suavemente a Iris.
– Nunca había pensado en ello… pero desde hace algún tiempo, sí, tengo miedo. Siento que está alejándose de mí, que ya no me mira con los mismos ojos. He tenido celos incluso de vuestra complicidad en Navidad. Te habla con más afecto y consideración que a mí…
– ¡Qué tonterías dices!
– Pues, no. Soy extremadamente lúcida. Tengo muchos defectos, pero no estoy ciega. Siento cuándo intereso a los demás o no. Y no soporto provocar indiferencia.