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Электронная книга - «Casi Un Caballero». Краткое содержание книги:

A instancias de su padre, Lady Victoria Wexhall se ve forzada a viajar de Londres a la finca rural del vizconde Sutton, en Cornualles, donde no se interesa tanto por el noble como por su hermano menor, el doctor Nathan Oliver, un antiguo espía. El destino ha vuelto a unir a Victoria con el primer hombre a quien besó, hace tres años, antes de que desapareciera del mapa tras el fin turbio de una de sus misiones. Espoleada por la búsqueda de unas joyas robadas y la persecución del ladrón, la relación entre Victoria y Nathan avanza a fogonazos por una novela donde abundan los pretendientes de alcurnia, los diálogos incisivos y la sensualidad de la Regencia.
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– Lo conoces, naturalmente -dijo tía Delia-. Quién no. Es la comidilla de Londres desde hace meses. Y con razón, pues su provocativo consejo va mucho más allá de lo que cualquiera calificaría de decente. Pero ofrece instrucciones e información que me habría encantado tener a mi disposición cuando era joven. Está lleno de información que quiero que tengas, Victoria. Que necesitas tener. Para que no cometas los mismos errores que yo cometí. Para que dispongas del conocimiento necesario que te permita elegir sabiamente. Este viaje a Cornwall te ha proporcionado la posibilidad de aprender sobre ti misma, lejos de los ojos curiosos de la sociedad. Es una oportunidad que me habría encantado tener y que me niego en redondo a negarte.

Victoria apartó la mirada del libro y levantó la mirada. Los ojos azules de tía Delia estaban colmados de amor y de preocupación. Entendió en ese momento por qué su tía no se había mostrado más diligente en sus tareas de acompañante.

Sin una sola palabra, metió el libro en la bolsa de seda y se lo devolvió a su tía.

– No puedo aceptarlo.

El sonrojo tiñó las mejillas de tía Delia.

– Te he escandalizado. Lo siento. Es solo que…

– Porque no podría bajo ningún concepto privarte de tu ejemplar cuando ya tengo el mío. -Se aclaró la garganta-. Un ejemplar que he releído en varias ocasiones.

Tía Delia parpadeó y rápidamente recuperó el aplomo.

Dedicó a Victoria una amable sonrisa llena de una muestra tal de comprensión que la joven sintió al verla un nudo en la garganta.

– Entonces, vive tu aventura, querida. Disfruta de tu vida al máximo. No dejes que tu sexo determine tu destino. Deja mejor que la mano de este te acaricie. Deja algo a la suerte. Sigue los dictados de tu corazón, a ver adonde te conducen Siempre contarás con mi apoyo incondicional. -Se llevó al pecho la bolsa de seda que contenía el libro y una expresión decidida se apoderó de sus rasgos-. Sigue a tu corazón -reitero en voz baja-. Es lo que pienso hacer yo.

– ¿A qué te refieres?

– A que quiero oír cantar mi corazón y mi alma. Merezco vivir una gran pasión, la felicidad que se me negó en mi juventud, y si tengo la oportunidad, no dejaré que nada me impida hacerlo. También tú te mereces esa pasión y esa felicidad, querida.

Victoria apenas podía creer lo que oía. No podía ser que tía Delia estuviera sugiriendo que… Aunque sin duda daba la sensación de que la estuviera animando a que…

Tomara a Nathan como amante.

Cielos. La simple idea la envolvió en una oleada de calor que amenazó con convertir en cenizas sus buenas intenciones. No había permitido que esa posibilidad tomara forma en su mente por temor a que la arrollara. Pero en ese momento sintió la idea firmemente arraigada. Y creciendo a un ritmo alarmante.

Llamaron a la puerta y ambas se sobresaltaron.

– Pase -dijo Victoria.

La puerta se abrió para revelar la presencia de Nathan. El corazón de Victoria empezó a latir a un ritmo distinto. Más potente, más rápido. La mirada de él la recorrió, intensa, penetrante, dejándola sin aliento. Con unos pantalones negros, camisa blanca y chaleco de color marfil, tenía un aspecto fuerte y masculino. Y absolutamente apuesto. Una mata de pelo oscuro que como ella bien sabía era como la seda entre los dedos le caía sobre la frente, cosa que habría resultado infantil en otro hombre. Pero es que nada en el ser que en aquel instante cruzaba la habitación podría haber sido descrito como infantil.

– Buenas noches, señoras -dijo, abarcándolas a ambas con la mirada. A continuación su atención se centró exclusivamente en Victoria-. ¿Cómo te encuentras?

Sin aliento, pensó Victoria. Y todo por culpa tuya.

– Mucho mejor -dijo en cambio-. La cena estaba deliciosa.

Nathan sonrió.

– Me alegro de que te haya gustado. Confieso que esta no es una visita de orden estrictamente social… Estoy aquí en calidad de tu médico.

Tía Delia se puso en pie.

– ¿Debo marcharme?

– En absoluto. Su presencia servirá como distracción para mi paciente, que ha expresado una clara aversión a los médicos. Por favor, prosigan con su conversación.

La mirada de Victoria voló hasta la de su tía, en cuyos ojos vio brillar una risa y una picardía del todo inconfundibles.

– Muy bien. ¿De qué estábamos hablando, Victoria? -Adoptó una expresión confundida y se golpeó levemente el mentón con el dedo-. Ah, sí. De los libros que hemos leído últimamente. ¿Cuál era el título que acababas de recomendarme?

Victoria tosió para disimular el estallido de risa escandalizada que sintió ascender por su garganta. Cielos, ¿cuándo s había convertido tía Delia en semejante fresca? Rezando para que el calor que notaba en las mejillas no resultara tan visible como ella lo sentía, respondió con tono represivo:

– Hamlet.

Tía Delia fue la cara misma del desconcierto.

– ¿Estás segura? Creía que habías dicho…

– Hamlet -la interrumpió Victoria apresuradamente, debatiéndose entre el horror y la diversión-. Hamlet, sin duda.

Tía Delia parpadeó tras la ancha espalda de Nathan.

– Y yo que creía que era El sueño de una noche de verano.

Nathan levantó una de las manos de Victoria y examinó con suavidad la palma rasguñada.

– ¿Así que es de eso de lo que hablan las damas cuando están solas? -preguntó con voz divertida-. ¿De Shakespeare?

– Sí -se apresuró a responder Victoria antes de que tía Delia pudiera hacer nada por borrar el travieso brillo que había asomado a sus ojos.

Nathan sonrió.

– Y yo que creía que hablaban de hombres.

– Shakespeare era un hombre -dijo Victoria con aspereza, intentando ser valiente y hacer caso omiso del hormigueo de placer que el contacto con Nathan invocaba en ella mientras él le alzaba la cabeza para examinarle el corte.

– Me refiero a los hombres vivos, a los que respiran.

– Oh, también hablamos de ellos -exclamó tía Delia.

– Entre otras cosas -dijo Victoria lanzando a su tía una mirada contenida.

– Mi padre y yo las hemos echado en falta durante la cena -dijo Nathan, apartando el edredón y levantándole el camisón lo suficiente para examinarle las rodillas. Su forma de tocarla y su comportamiento eran del todo impersonales, pero no había nada de impersonal en el calor que el roce de sus manos prendía en la piel de Victoria.

– ¿Tu hermano no ha cenado con vosotros? -preguntó Victoria, espantada al reparar en lo jadeante que sonó su voz al hablar.

– No. Se ha ido a Penzance esta mañana temprano y no volverá hasta tarde. -Le bajó el camisón y volvió a taparla con la sábana. Luego se levantó y le sonrió-. Tus golpes, los cortes y los rasguños tienen buen aspecto. Y ya has recuperado el color. -Su mirada tocó las mejillas de Victoria y le arrugó el ceño-. De hecho, te encuentro bastante acalorada.

Tendió la mano para posarla sobre su frente. Dios del cielo ¿cómo podía decirle ella que tocándola no conseguiría otra cosa que acalorarla aún más?

– No tienes fiebre -dijo Nathan, inconfundiblemente aliviado, retirando la mano.

– Me encuentro bien. De verdad. Creo que el bálsamo que me has puesto ha calmado el dolor.

– Bien. Aun así, mañana seguirás un poco dolorida. Aunque un baño caliente ayudará a mitigar el dolor. -Su mirada deambuló por la habitación hasta la gran bañera de latón que dos lacayos habían colocado hacía un rato junto a la chimenea-. Mandaré que suban el agua. Y cuando hayas terminado de bañarte, deberás acostarte. Necesitas descansar.

Se volvió hacia tía Delia.

– ¿Puedo acompañarla abajo, lady Delia? Mi padre está en el salón y espera poder contar con alguien para su partida de backgammon. -Se inclinó sobre ella y dijo con un teatral susurro-: No le gusta jugar contra mí porque siempre le gano.

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