La aventura del tocador de señoras
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La aventura del tocador de señoras». Краткое содержание книги:
Recuerda al argumento de una película de Almodóvar o de Berlanga donde se van a suceder situaciones absurdas y personajes estrafalarios, salpicados por diálogos verdaderamente brillantes y llenos de sentido del humor, y que no va a dejar lugar a que se instale un tono más serio: las descripciones de ambientes, personajes y acciones están tan bien?hilados? que hace que la trama transcurra con fluidez y gran dinamismo:?engancha? de tal manera que uno no puede dejar de leer en ningún momento.
Nuestro?antihéroe?, con una vida repleta de dificultades en todos los aspectos, e internado, por causas desconocidas -incluso para él- en un psiquiátrico, aprovechará su inesperada puesta en libertad para intentar reintegrarse en la sociedad y convertirse en un hombre de provecho. Para ello, abrirá una peluquería,?El Tocador De Señoras?, y llevará una vida de lo más normal hasta que se vea involucrado, de la noche a la mañana, en un caso que, de ser un simple?trabajo? bien remunerado, de robo de documentos, se tornará en un seria y complicada trama de fraudes, extorsiones, enredos amorosos, hijos ilegítimos, e incluso, asesinatos.
Es de destacar la resignación con la que este hombre asume todos los reveses e impedimentos que se le ponen por delante y que hacen que cada vez se vea metido hasta el?cuello? en el caso, convirtiéndose en un?detective improvisado?, muy a su pesar. Desfilarán por este esperpento personajes tan dispares como un misterioso chófer de color, dos señoritas con un mismo nombre, un falso tullido, un alcalde atolondrado, una vecina prostituta… nadie es lo que parece y la verdad sale rápidamente. Este juego de identidades le imprime aún más el carácter de irrealidad y de sorna que caracteriza a esta obra: humor negro, porque Mendoza se ríe de todo, de la gente y de la vida, ora con respeto, ora con algo de crueldad, pero en general, se lo va a tomar todo a guasa.
Lo que al principio pueda recordar más a una novela policíaca o de intriga, se vuelve rápidamente en una continua sucesión de equívocos y enredos que, aunque parezca mentira, acaba resolviéndose con coherencia y gran maestría. La resolución del final podrá recordar también a los ya citados maestros del suspense en el que los sospechosos, reunidos en torno al?acusador?, aportarán todos coartadas de peso, por lo que no quedará claro hasta la última línea, quién es el culpable.
– Sí -dijo Reinona, a quien iba dirigida la última oración-, así fue punto por punto. Fui a ver a Pardalot, lo encontré muerto y borré la grabación. Y también es cierto que llevo en el bolso una Walter PPK calibre 7,65 cargada, arma excelente, ligera y precisa, que me regalaron cuando me casé y con la que te mataré si te empeñas en difamar a un pobre inválido como Agustín Taberner, alias el Gaucho.
– Señora -dije yo viendo que para corroborar mis barruntos sacaba del bolso la Walter PPK calibre 7,65, le quitaba el seguro y me apuntaba con ella-, Agustín Taberner, alias el Gaucho, le ha estado tomando el pelo desde el principio. Y no me refiero a su etapa de inválido, sino a mucho antes, cuando aún eran jóvenes los dos. Entonces pudo haberse casado con usted y no lo hizo. La dejó tirada con su hija en Londres. Seguro que ni un mal turrón por Navidad debía de enviarles. Y luego, ya ve, ha permitido sin el menor escrúpulo que usted vendiera sus joyas y, en general, las pasara canutas por un amor no correspondido. Y con respecto a Ivet, no digamos. Menudo padre le ha tocado a la pobre chica. Así ha salido ella. A las dos las ha sacrificado a sus mezquinos intereses. Este hombre no se merece ni su cariño ni su piedad. Es un malhechor, un canalla. Si esto no les importa, si lo dan todo por bien empleado, allá ustedes, pero a mí haga el favor de no apuntarme con esa pistola. Por un lado me apunta Santi y por el otro usted. Señora, así no se puede vivir. Yo no les he hecho nada malo. Sólo intentaba darles cuenta cabal de lo ocurrido la noche del crimen.
Este sensato razonamiento no hizo mella en los interpelados. Ellos me siguieron apuntando con renovada resolución y yo me quedé, como quien dice, entre dos fuegos potenciales. Así las cosas, dijo Ivet dirigiéndose a su madre y al resto de la concurrencia:
– Ahora que sabemos lo sucedido, ¿qué vamos a hacer? Si damos parte a la policía, a papaíto se le va a caer el pelo.
– Por otra parte -objetó el señor alcalde-, no podemos permitir que un crimen tan monstruoso quede impune. La seguridad ciudadana dentro y fuera del hogar es un leitmotiv de mi campaña.
– No olvide, señor alcalde -le recordó el abogado señor Miscosillas-, que si procesan a Agustín Taberner, alias el Gaucho, pueden salir a relucir algunas menudencias que no les van a favorecer ni a usted ni a su partido.
– Ospa -dijo el señor alcalde.
– Señores -dijo Ivet Pardalot dando un puñetazo en la mesa-, esta discusión carece de sentido. Hemos averiguado quién mató a mi padre y, como ustedes comprenderán, yo no voy a pasar por alto este detalle. De los entresijos de la empresa no se han de preocupar: lo tengo todo bajo control. Es más, la empresa, como tal, ha dejado de existir hace unos meses. No se lo comuniqué antes para no darle un disgusto a mi padre, pero a ustedes me da lo mismo si les da un infarto. Todas las acciones de El Caco Español han sido donadas gratuitamente a una fundación que financia una ONG con sede en un banco de Singapur. Por descontado, los beneficios de esta sencilla transacción están en una cuenta a mi nombre. También me place informarles que, al día de la fecha, el capital de los restantes socios asciende a pesetas cero coma cero. Y el que proteste se va de cabeza a Can Brians.
– Horacio -dijo el señor alcalde-, me parece que entre todos nos han levantado la camisa. En fin, hágase como dice Ivet Pardalot y entreguemos al culpable a la justicia. Pero exijo que el arresto se lleve a cabo en mi circunscripción.
– El arresto -dijo una voz siniestra- no se hará en ninguna parte.
Nos volvimos al unísono hacia la puerta del salón, de donde procedía la voz, y vimos allí a Agustín Taberner, alias el Gaucho, firme sobre sus dos piernas, como yo había diagnosticado, y con una metralleta de marca desconocida en las manos, lo que no entraba en el diagnóstico ni en las previsiones de nadie.
Dando una vez más ejemplo de intrepidez, el señor alcalde se adelantó al resto diciendo:
– ¡Hombre, Agustín, me alegro de verte tan mejorado de tu dolencia!
Se levantó del sofá y fue hacia el recién llegado con los brazos abiertos, como si se dispusiera a estrecharlo en un abrazo fraternal, pero la actitud del Gaucho y un leve movimiento de la metralleta le hicieron reconsiderar su efusivo arranque. Aun así, siguió diciendo en tono de alegre camaradería:
– Pasa y siéntate, hombre, estás entre amigos. Y no hagas caso de lo que acabas de oír. Era un debate escolástico. Romanos contra cartagineses, como en el cole. Por lo demás, todo este asunto del asesinato a mí, en mi condición de alcalde, ni me va ni me viene. Ich bin ein Berliner. Si acaso, entiéndete con este pájaro, que lleva rato tratando de crearte mala fama.