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Электронная книга - «La ciudad y los perros». Краткое содержание книги:

La ciudad y los perros
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Hablaba sin mover los labios y su voz era blanca, hueca.

— ¿Qué ha pasado? — preguntó Teresa- ¿Por qué estás así? ¿Te sientes mal? Dime, Alberto.

— No–dijo Alberto, desviando la mirada–No tengo nada. Pero no quiero ir a mi casa ahora. Tenía ganas de verte. — Se pasó la mano por la frente y el pliegue se borró, pero sólo por un instante–Estoy en un problema.

Teresa aguardaba, algo inclinada hacia él y lo miraba con ternura para animarlo a seguir hablando, pero Alberto había cerrado los labios y se frotaba las manos, suavemente. Ella se sintió, de pronto, angustiada.

¿Qué decir, qué hacer para que él se mostrara confiado, cómo alentarlo, qué pensaría después de ella? Su corazón se había puesto a latir muy rápido. Dudó un momento todavía. De improviso, dio un paso hacia Alberto y le tomó la mano.

— Ven a mi casa–dijo–Quédate a almorzar con nosotros.

— ¿A almorzar? — dijo Alberto, desconcertado; otra vez se pasó la mano por la frente–No, no molestes a tu tía. Comeré algo por aquí y te vendré a buscar después.

— Ven, ven–insistió ella, recogiendo el maletín del suelo no seas sonso. Mi tía no se va a molestar. Ven conmigo.

Alberto la siguió. En la puerta, Teresa le soltó la mano; se mordió los labios y le–dijo en un susurro: «no me gusta verte triste». La mirada deé1 pareció humanizarse, su rostro sonreía ahora agradecido y bajaba hacia ella. Se besaron en la boca, muy rápido. Teresa tocó la puerta. La tía no reconoció a Alberto; sus ojillos lo observaron con desconfianza, recorrieron intrigados su uniforme, se iluminaron al encontrar su rostro. Una sonrisa ensanchó su cara gorda. Se limpió la mano en la falda y se la extendió mientras su

boca expulsaba un chorro de saludos:

— ¿Cómo está, cómo está, señor Alberto? ¡Qué gusto!, pase, pase. ¡Qué gusto de verlo! No lo había reconocido con ese uniforme tan bonito que tiene. Yo decía, ¿quién es, quién es? y no me daba cuenta.

Me estoy quedando ciega por el humo de la cocina, sabe usted, y también por la vejez. Pase, señor Alberto, qué gusto de verlo.

Apenas entraron, Teresa se dirigió a la tía:

— Alberto se quedará a almorzar con nosotras.

— ¿Ah? — dijo la tía, como tocada por el rayo- ¿Qué?

— Se va a quedar a almorzar con nosotras–repitió Teresa.

Sus Ojos imploraban a la mujer que no mostrara ese asombro desmedido, que hiciera un gesto de asentimiento. Pero la tía no salía de su pasmo: los ojos muy abiertos, el labio inferior caído, la frente constelada de arrugas, parecía en éxtasis. Al fin, reaccionó y con una mueca agria, ordenó a Teresa:

— Ven aquí.

Dio media vuelta y retorciendo el cuerpo al andar como un pesado camello, entró a la cocina. Teresa fue tras ella, cerró la cortina e inmediatamente se llevó un dedo a la boca, pero era inúticlass="underline" la tía no decía nada, sólo la miraba iracunda y le mostraba las uñas. Teresa le habló al oído:

— El chino te puede fiar hasta el martes. No digas nada, que no te oiga, después te explico. Tiene que quedarse con nosotras. No te enojes, por favor, tía. Anda, estoy segura que te fiará.

— Idiota–bramó la tía, pero en el acto bajó la voz y se llevó un dedo a la boca. Murmuró: — Idiota. ¿Te has vuelto loca, quieres matarme a colerones? Hace años que el chino no me fía nada. Le debemos plata y no puedo asomarme por ahí. Idiota.

— Ruégale–dijo Teresa-. Haz cualquier cosa.

— Idiota–exclamó la tía y volvió a bajar la voz–Sólo hay dos platos. ¿Le vas a dar una sopa apenas? No hay ni pan.

— Anda, tía–insistió Teresa–Por lo que más quieras.

Y sin esperar su respuesta, regresó a la sala. Alberto estaba sentado. Había puesto el maletín en el suelo y encima el quepí. Teresa se sentó junto a él. Vio que sus cabellos estaban sucios y alborotados como una cresta. Volvió a abrirse la cortina y apareció la tía. Su rostro, todavía enrojecido por la cólera, desplegaba una porfiada sonrisa.

— Ya vengo, señor Alberto. Vuelvo ahorita. Tengo que salir un momentito, sabe usted. — Miró a Teresa con Ojos fulminantes: — Anda a fijarte en la cocina.

Salió dando un portazo.

— ¿Qué te pasó el sábado? — preguntó Teresa- ¿Por qué no saliste?

— Ha muerto Arana–dijo Alberto–Lo enterraron el martes.

— ¿Cómo? — dijo ella- ¿Arana, el de la esquina? ¿Ha muerto? Pero, no puede ser. ¿Quieres decir Ricardo Arana?

— Lo velaron en el colegio–dijo Alberto; su voz no expresaba emoción alguna, sólo cierto cansancio; sus Ojos parecían nuevamente ausentes-. No lo trajeron a su casa. Fue el sábado pasado. En la campaña.

Hacíamos práctica de tiro. Le cayó un balazo en la cabeza.

— Pero–dijo Teresa, cuando él calló; se la notaba confusa-. Yo lo conocía muy poco. Pero me da mucha pena. ¡Es horrible! — Le puso una mano en el hombro- ¿Estaba en tu misma sección, no? ¿Es por eso qué estás triste?

— En parte, sí–dijo él, con lentitud–Era mi amigo. Y además…

— Sí, sí–dijo Teresa- ¿Por qué estás tan cambiado? ¿Qué otra cosa ha ocurrido? — Se acercó a él y lo besó en la mejilla; Alberto no se movió y ella se enderezó, encarnada.

— ¿Te parece poco? — dijo Alberto- ¿Te parece poco que se muriera así? Y yo ni siquiera pude hablar con él.

Creía que era su amigo y yo… ¿Te parece poco?

— ¿Por qué me hablas en ese tono? — dijo Teresa–Dime la verdad, Alberto. ¿Por qué estás enojado conmigo?

¿Te han dicho algo de mí?

— ¿No te importa que se haya muerto Arana? — dijo él ¿No ves que estoy hablando del Esclavo? ¿Por qué cambias de tema? Sólo piensas en ti y… — No siguió porque al oírlo gritar los ojos de Teresa se habían llenado de lágrimas; sus labios temblaban–Lo siento… — dijo Alberto–Estoy diciendo tonterías. No quería gritarte. Sólo que han pasado muchas cosas, estoy muy nervioso. No llores, por favor, Teresita.

La atrajo hacia él, Teresa apoyó la cabeza en su hombro y permanecieron así un momento. Luego Alberto la besó en las mejillas, en los ojos y, largamente, en la boca. — Claro que me da mucha pena–dijo Teresa–Pobrecito. Pero te veía tan preocupado que me dio miedo,

creí que estabas molesto conmigo por algo. Y cuando me gritaste fue terrible, nunca te había visto furioso. Cómo tenías los ojos.

— Teresa–dijo él-. Yo quería contarte algo.

— Sí–dijo ella; tenía las mejillas incendiadas y sonreía con gran alegría–Cuéntame, quiero saber todas tus cosas.

Él cerró la boca de golpe y la zozobra de su rostro se disolvió en una desalentada sonrisa.

— ¿Qué cosa? — dijo ella–Cuéntame, Alberto.

— Que te quiero mucho–dijo él.

Al abrirse la puerta, se separaron con precipitación: el maletín de cuero se volcó, el quepí rodó al suelo y Alberto se inclinó a recogerlo. La tía le sonreía beatíficamente. Llevaba un paquete en las manos.

Mientras preparaba la comida, ayudada por Teresa, ésta enviaba a Alberto a espaldas de su tía, besos volados. Luego hablaron del tiempo, del verano próximo y de las buenas películas. Sólo mientras comían, Teresa reveló a su tía la muerte de Arana. La mujer lamentó a grandes voces la tragedia, se persignó muchas veces, compadeció a los padres, a la pobre madre sobre todo y afirmó que Dios mandaba siempre las peores desgracias a las familias más buenas, nadie sabía por qué. Pareció que también iba a llorar, pero se limitó a restregarse los ojos secos y a estornudar. Acabando el almuerzo, Alberto anunció que se marchaba. En la puerta de calle, Teresa volvió a preguntarle:

— ¿De veras no estás enojado conmigo?

— No, te juro que no. ¿Por qué podría enojarme contigo? Pero quizá no nos veamos un tiempo. Escríbeme al colegio todas las semanas. Ya te explicaré todo después.

Más tarde, cuando Alberto ya había desaparecido de su vista, Teresa se sintió perpleja. ¿Qué significaba esa advertencia, por qué había partido así? Y entonces tuvo una revelación: «se ha enamorado de otra chica y no se atrevió a decírmelo porque lo invité a almorzar».

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