Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:

En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 69
Перейти на страницу:

Suspiré. La perspectiva de tener que explicarlo todo me parecía una empresa sobrehumana.

– He estado en Suiza -empecé-, para ver a mi familia. Quería enseñarles la Biblia.

Mathilde torció el gesto.

– Bah, los suizos -dijo.

– Buscaba algo -continué-, y…

Del interior de la casa nos llegó un grito estridente. Mathilde se puso en pie de un salto.

– Ah, serán los huesos -dije.

Todavía fue más difícil dejar a Susanne. Entró en mi cuarto no mucho después de que Lucien dejara el bolso de gimnasia. Se sentó en el borde de la cama e hizo un gesto en su dirección sin mirarlo.

– Lucien me lo ha contado -dijo-. Y me lo ha enseñado.

– Lucien es una buena persona.

– Sí -miró por la ventana-. ¿Por qué crees que estaban allí?

Negué con la cabeza.

– No lo sé. Quizá… -me detuve; pensar en lo que habíamos encontrado me hacía temblar, y estaba intentando con toda mi alma hacerles creer a todos que me encontraba lo bastante bien como para marcharme al día siguiente.

Susanne me puso una mano en el brazo.

– No debería haber hablado de ello.

– No tiene importancia -cambié de tema-. ¿Te puedo decir algo con toda franqueza? -la debilidad me daba fuerzas para ser sincera.

– Por supuesto.

– Manda a paseó a Jan.

La respuesta de su rostro fue de asentimiento más que de sorpresa; cuando empezó a reírse, me uní a ella.

Mathilde regresó trayendo de la mano a una Sylvie llorosa.

– Dile a Ella que sientes haber curioseado en sus cosas -le ordenó.

Sylvie me miró con desconfianza entre las lágrimas.

– Lo siento -balbució-. Mamá, por favor, déjame jugar en la piscina.

– Muy bien.

Sylvie corrió a la piscina como si deseara apartarse de mí.

– Lo siento -dijo Mathilde-. Es un poco más curiosa de la cuenta.

– No pasa nada. Siento que se haya asustado.

– De manera que eso…, esos… ¿es lo que has encontrado? ¿Lo que buscabas?

– Creo que se llamaba Marie Tournier.

– Mon Dieu. Era… ¿de tu familia?

– Sí -empecé a hablarle de la granja, de la vieja chimenea y el hogar y de los nombres Isabelle y Marie. Del color azul, de la pesadilla y del ruido sordo de la piedra al caer. Y del color de mi pelo.

Mathilde escuchaba sin interrumpirme. Se miraba las uñas de color rosa brillante y se quitaba algún padrastro.

– ¡Qué historia! -dijo cuando hube terminado-. Tendrías que escribirla -hizo una pausa, empezó a decir algo más y luego se detuvo.

– ¿Qué?

– ¿Por qué has venido aquí? -preguntó-. Écoute, me alegro de que lo hayas hecho, pero ¿por qué no has vuelto a casa? ¿No es lo lógico ir a casa cuando estás disgustada, volver con tu marido?

Suspiré. También tenía que contarle todo aquello: pasaríamos horas allí. Su pregunta me recordó algo. Miré a mi alrededor.

– ¿Hay un…? ¿Tienes un…? ¿Dónde está el padre de Sylvie? -pregunté con torpeza.

Mathilde rió y agitó una mano vagamente.

– ¿Quién sabe? Hace un par de años que no lo veo. Nunca le interesó tener hijos. No quería que naciera Sylvie, de manera que… -se encogió de hombros-. Tant pis. Pero no has contestado a mi pregunta.

Le conté todo lo demás, acerca de Rick y de Jean-Paul. Aunque no traté de simplificar, tardé menos de lo que pensaba.

– ¿De manera que Rick no sabe que estás aquí?

– No. Mi primo quería llamar y contarle que volvía a casa, pero no le dejé. Le prometí hacerlo desde el aeropuerto. Quizá yo ya sabía que no iba a volver.

De hecho había estado aletargada en el tren de Ginebra, sin pensar siquiera en mi punto de destino. Tenía que cambiar de trenes en Montpellier y mientras esperaba había oído anunciar un tren que, entre otros sitios, paraba en Mende. Lo vi llegar y cómo la gente se apeaba y subía. Después siguió un rato en la estación y cuanto más se prolongaba la parada, más me tentaba. Finalmente recogí el equipaje y subí a bordo.

– Ella -dijo Mathilde. Alcé los ojos, había estado viendo cómo Sylvie chapoteaba en la piscina-. No te queda más remedio que hablar con Rick, n’est-ce pas? Sobre todo esto.

– Lo sé. Pero no tengo fuerzas para telefonearle.

– ¡Déjamelo a mí! -se puso en pie de un salto y chasqueó los dedos-. Dame el número -lo hice, a regañadientes-. Bien. Ahora vigila a Sylvie. ¡Y no entres en casa!

Me recosté en la hamaca. Era un alivio que se ocupara ella.

Afortunadamente los niños olvidan pronto. Al final del día Sylvie y yo jugábamos juntas en la piscina.

Cuando entramos en la casa Mathilde había escondido el bolso de gimnasia en un armario. Sylvie no dijo nada más sobre el asunto; me enseñó todos sus juguetes y me permitió que le hiciera dos trenzas muy apretadas.

Mathilde se mostró reticente sobre la llamada telefónica.

– Mañana por la noche, a las ocho -explicó, enigmática, mientras me entregaba una dirección en Mende, igual que Jean-Paul había hecho con La Taverne.

Cenamos pronto para respetar el horario de Sylvie. Sonreí al ver lo que tenía en el plato: igual que la comida que tomaba cuando era pequeña, todo muy concreto y nada elaborado. No había pasta con salsas o aceites o condimentos especiales, ni pan especial, ni mezclas de gustos y consistencias. Me encontré con una chuleta de cerdo, judías verdes, maíz cocido con crema y una baguette; todo cómodamente sencillo.

Estaba hambrienta, pero cuando me metí en la boca un bocado de cerdo casi lo escupí: sabía a metal. Probé con el maíz y las judías verdes y me sucedió lo mismo. Pese a mis ganas de comer, no soportaba ni el sabor ni el tacto de los alimentos al metérmelos en la boca.

Era imposible ocultar mi malestar, dado, sobre todo, que Sylvie había decidido vincular su cena a la mía. Cada vez que comía un bocado de cerdo, ella hacía lo mismo; cuando bebía, también bebía ella. Mathilde lo devoró todo sin darse cuenta de nuestra lentitud y luego riñó a Sylvie por tardar tanto.

– ¡Pero Ella está comiendo igual de despacio! -se lamentó Sylvie.

Mathilde miró mi plato.

– Lo siento -dije-. Tengo una sensación un poco extraña. Todo me sabe a metal.

– Ah, ¡eso me pasó cuando estaba embarazada de Sylvie! Horrible. Aunque sólo dura unas cuantas semanas. Después se come ya de todo -se interrumpió-. Pero tú…

– Tal vez sea la medicina que me mandó el médico -la interrumpí-. A veces quedan restos en el organismo. Lo siento, pero no tengo hambre.

Mathilde hizo un gesto de asentimiento. Más tarde la sorprendí dedicándome una larga mirada evaluadora. Encajé en la vida de las dos con sorprendente facilidad. Le había dicho a Mathilde que me iría al día siguiente, pero no porque supiera adónde quería ir. Desestimó la idea con un gesto de la mano.

– No, te quedas con nosotras. Me encanta tenerte aquí. De ordinario no estamos más que Sylvie y yo, de manera que es bueno recibir visitas. ¡Con tal de que no te importe dormir en el sofá-cama!

Sylvie me hizo leerle un libro tras otro cuando le llegó el momento de acostarse; emocionada por la novedad, me corrigió la pronunciación sin contemplaciones y me explicó lo que significaban algunas de las frases. A la mañana siguiente le suplicó a Mathilde que le permitiera quedarse en casa en lugar de ir a la escuela de verano que frecuentaba.

– ¡Quiero jugar con Ella! -gritó-. Por favor, mamá, por favor.

Mathilde me miró de reojo. Hice un leve gesto de asentimiento.

– Tendrás que preguntarle a Ella -dijo mi amiga-. ¿Cómo sabes que quiere jugar contigo todo el día?

Una vez que Mathilde se fue a trabajar, lanzando instrucciones por encima del hombro hasta el último momento, la casa quedó repentinamente silenciosa. Miré a Sylvie; ella me miró. Yo sabía que las dos pensábamos en el bolso lleno de huesos y escondido en algún lugar de la casa.

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 69
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)