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Una muerte extasiada

Электронная книга - «Una muerte extasiada». Краткое содержание книги:

Tres hombres aparecen muertos con una sonrisa en los labios. Los presuntos suicidas no tienen nada en com?n, ni aparentes motivos para querer quitarse la vida, La teniente Eve Dallas pone en tela de juicio la tesis del suicidio y las autopsias le dan la raz?n. En los cerebros de las tres v?ctimas se detectan peque?as quemaduras. En su investigaci?n, Eve se adentra en el inquietante mundo de la realidad virtual donde los mismos mecanismos concebidos para despertar el deseo pueden inducir a la mente a su propia destrucci?n.
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– Oh, Dios mío -exclamó Eve.

Se levantó tambaleante mientras el cuerpo de Reeanna seguía experimentando estertores, se acercó a William y le sacó del bolsillo el telenexo. Respiraba, pero le traía sin cuidado en ese momento.

Echó a correr.

– ¡Respóndeme, respóndeme! -gritó al telenexo encendiéndolo a tientas-. Roarke, oficina principal -ordenó-. Responde, maldita sea. -Y contuvo un grito cuando le fue negada la transmisión.

LÍNEA EN USO EN ESTOS MOMENTOS. POR FAVOR, ESPERE O VUELVA A INTENTARLO.

– Desbloquéate, hijo de perra. ¿Cómo se desbloquea este trasto? -Apretó el paso y corrió cojeando sin darse cuenta de que estaba llorando.

Oyó el eco de unos pasos que se aproximaban por el pasillo, pero no se detuvo.

– ¡Santo cielo, Dallas!

– Por aquí. -Pasó corriendo por el lado de Feeney y apenas oyó las preguntas de éste, presa del terror-. Peabody, ven conmigo. Deprisa.

Llegó al ascensor y aporreó los botones de llamada. -Deprisa, deprisa.

– Dallas, ¿qué ha ocurrido? -Peabody le tocó el hombro, pero se vio rechazada-. Estás sangrando. ¿Qué está ocurriendo aquí, teniente?

– Es Roarke. ¡Oh, Dios, por favor! -Las lágrimas le corrían por las mejillas, abrasándola, cegándola. Sudaba de pánico por todos los poros del cuerpo-. Lo va a matar. ¡Lo va a matar!

Peabody reaccionó y sacó el arma al entrar corriendo en el ascensor.

– Piso superior, ala este -gritó Eve-. ¡Vamos, vamos! -Lanzó el telenexo a Peabody y ordenó-: Desbloquéalo.

– Está estropeado. Se ha caído al suelo o algo así. ¿Quién tiene a Roarke?

– Reeanna. Está muerta. Muerta como Moisés. Pero va a matarlo. -Eve casi no podía respirar-. Lo detendremos. No importa lo que le haya dicho que haga, lo detendremos. -Volvió su mirada extraviada hacia Peabody-. No lo matará.

– Lo detendremos -respondió Peabody.

Ya habían cruzado las puertas antes de que estás se abrieran del todo. Eve fue aún más rápida pese a estar herida, pues el pánico le dio impulso. Tiró de la puerta, maldijo los dispositivos de seguridad y colocó bruscamente la mano en el lector de palmas. Chocó con Roarke cuando éste apareció en el umbral.

– Roarke. -Se arrojó a sus brazos y se habría fundido en él de haber podido-. Oh, Dios mío. Estás bien. Estás vivo.

– ¿Qué ha ocurrido? -Él la estrechó entre sus brazos mientras ella temblaba.

Pero Eve deshizo el abrazo con brusquedad, le sujetó el rostro entre sus manos y lo miró a los ojos.

– Mírame. ¿La has probado? ¿Has probado la unidad de realidad virtual?

– No. Eve…

– Peabody, túmbalo si da un paso en falso. Y llama a los asistentes sanitarios. Hemos de hacerle un escáner cerebral.

– Y un cuerno. Pero adelante, Peabody, llámalos. Esta vez sí va a ir al centro médico, aunque tenga que dejarla inconsciente.

Eve retrocedió un paso, luchando por respirar mientras lo medía con la mirada. No sentía las piernas y se preguntó cómo podía seguir de pie.

– No lo has probado.

– Ya te he dicho que no. -Roarke se mesó los cabellos-. Esta vez me apuntaba a mí, ¿verdad? Debí imaginarlo. -Le volvió la espalda y vio por encima del hombro a Eve levantar el arma-. Vamos, baja esa maldita arma. No voy a suicidarme. Sólo estoy cabreado. Me he salvado por los pelos. La he encendido hace cinco minutos. «Docmente.» Doctora Mente. Ése es el nombre que utilizaba para jugar. Y sigue haciéndolo. Mathias se puso en contacto con ella docenas de veces el año pasado. Y he estudiado el informe de datos sobre la unidad, la que ella acababa de darme, y las estadísticas de los archivos. No las habían ocultado lo bastante.

– Ella sabía que lo averiguarías. Por eso… -Eve se interrumpió y respiró hondo. La cabeza le daba vueltas-. Por eso preparó una unidad expresamente para ti.

– La habría probado si no me hubieran interrumpido. -Pensó en Mavis y casi sonrió-. Dudo que Ree se esforzara mucho en alterar los datos. Sabía que yo confiaba en ella y en William.

– William no ha hecho nada, al menos de forma voluntaria.

Él se limitó a asentir. Observó la camisa hecha jirones y manchada de sangre de Eve, y preguntó:

– ¿Te ha herido?

– Casi toda la sangre es suya. -O eso creía-. No quería que la encerraran. -Resopló-. Está muerta, Roarke. Se ha suicidado. No pude detenerla. O tal vez no quise hacerlo. Me explicó… lo de la unidad, tu unidad. -Volvió a jadear-. Pensé que no llegaría a tiempo. No conseguía hacer funcionar el telenexo y no podía llegar aquí.

No oyó a Peabody cerrar la puerta para dejarlos a solas. En esos momentos le traía sin cuidado la intimidad. Siguió mirando al vacío y se estremeció.

– No podía -volvió a decir-. La entretuve todo este rato para ganar tiempo y atar cabos, mientras tú podrías haber…

– Eve, no lo he hecho. -Se acercó a ella y la abrazó-. Y has llegado hasta aquí. No voy a dejarte. -Le besó el cabello cuando ella ocultó el rostro en su hombro-. Ya ha pasado todo.

Ella sabía que volvería a revivir un millar de veces en sus sueños esa interminable carrera, el pánico, la sensación de impotencia.

– No; habrá una investigación completa, y no sólo de Reeanna, sino de toda tu compañía, de la gente que colaboró con ella en el proyecto.

– Podré soportarlo. La compañía está limpia, te lo prometo. No te haré avergonzar teniéndome que arrestar, teniente.

Ella aceptó el pañuelo que él le entregó y se sonó.

– Qué desastre para mi carrera, casarme con un estafador.

– No tienes que preocuparte. ¿Por qué lo hizo?

– Porque podía. Eso es lo que dijo. Disfrutaba teniendo el poder, el control. -Se frotó bruscamente las mejillas-. Tenía grandes planes para mí. -Se estremeció brevemente-. Quería convertirme en una especie de animalillo doméstico, supongo. Como William. Su perrito amaestrado. Una vez muerto tú, se figuraba que yo heredaría todas tus propiedades. No vas a hacerme eso, ¿verdad?

– ¿Qué, morir?

– Dejarme todo esto.

Él rió y la besó.

– Sólo tú te enfadarías por eso. -Le apartó el cabello de la cara-. ¿Tenía una unidad preparada para ti?

– Sí, pero no tuvimos tiempo de probarla. Feeney está allí abajo. Será mejor que le explique lo ocurrido.

– Tendremos que bajar entonces. Ella desconectó el telenexo, por eso me disponía a bajar cuando te echaste encima de mí. Me inquieté al no poder hablar contigo. -Eve le acarició el rostro.

– Es duro querer a alguien.

– Me veo capaz de sobrellevarlo. Supongo que querrás ir a la comisaría para aclarar todo el asunto esta misma noche.

– Es lo que procede. Tengo un cadáver… y cuatro casos de asesinato que cerrar.

– Te llevaré después de pasar por el centro médico.

– No pienso ir.

– Desde luego que irás.

Peabody llamó a la puerta y se asomó.

– Disculpad, pero los asistentes sanitarios están aquí. Necesitan autorización para entrar.

– Me encargaré de ello. Haz que se reúnan con nosotros en la oficina de la doctora Ott, ¿quieres, Peabody? Pueden examinar a Eve antes de llevársela al centro para un tratamiento completo.

– He dicho que no voy a someterme a un tratamiento.

– Te he oído. -Roarke apretó un botón de su escritorio-. Autorizar la entrada de los médicos. Peabody, ¿llevas encima las esposas?

– Es la norma.

– ¿Me las prestarías para ver si puedo dominar a tu teniente hasta dejarla en el centro médico más próximo?

– Inténtalo, amigo, y verás quién necesita un médico. -Peabody hizo un esfuerzo por controlarse. Una risita en ese momento no sentaría nada bien a su teniente.

– Comprendo tu problema, Roarke, pero no puedo complacerte. Necesito el empleo.

– No importa, Peabody. -Roarke rodeó a Eve por la cintura y dejó que se apoyara en él mientras se dirigía cojeando a la puerta-. Estoy seguro de que puedo encontrar un sustituto.

– Tengo que presentar un informe y trabajo que terminar, además de un cadáver que trasladar. -Eve lo miró disgustada mientras él llamaba el ascensor-. No tengo tiempo para una revisión.

– Ya te he oído -repitió él, y se limitó a cogerla en brazos e introducirla en el ascensor-. Peabody, dile a los sanitarios que vengan armados. Es muy probable que trate de escapar.

– Déjame en el suelo, idiota. No pienso ir. -Pero Eve se reía cuando las puertas se cerraron.

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