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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
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El caso de Dora Ciccone, la primera víctima de Andrew Capra, no le parecía una lectura agradable. Conocía de antemano los detalles generales; habían sido resumidos en el informe final de Singer. Pero Moore no había leído los informes concretos de Atlanta, y ahora retrocedía en el tiempo, examinando las primeras obras de Andrew Capra. Allí era donde todo había comenzado. En Atlanta.

Leyó el informe inicial del crimen, luego avanzó a lo largo de las carpetas de interrogatorios. Leyó las declaraciones de los vecinos de Ciccone, desde el empleado del bar local donde fuera vista con vida por última vez, hasta la amiga que descubrió el cadáver. Había también una carpeta con una lista de sospechosos y sus fotografías; Capra no se contaba entre ellos.

Dora Ciccone era una estudiante graduada en Emory, de veintidós años. La noche de su muerte había sido vista en los alrededores cerca de la medianoche, bebiendo un margarita en la cantina. Cuarenta horas más tarde, su cuerpo había sido encontrado en su domicilio, desnudo y atado a la cama con cuerdas de nailon. El útero había sido extirpado, y le habían cortado la garganta.

Encontró la cronología establecida por la policía. Se trataba de un esbozo superficial en una escritura apenas legible, como si el detective de Atlanta lo hubiera hecho sólo para satisfacer un trámite burocrático. Casi podía oler la falla en esas páginas, podía leerla en los lazos achatados de la caligrafía del detective. Él mismo había experimentado esa pesada sensación que se genera en el pecho mientras se pasa la marca de las veinticuatro horas, luego la semana, luego el mes, sin que aparezcan pistas tangibles.

Eso era lo que tenía el detective de Atlanta: nada. El asesino de Dora Ciccone seguía siendo un individuo desconocido.

Abrió el informe de la autopsia.

La carnicería efectuada a Dora Ciccone no fue tan rápida ni tan habilidosa como el resto de los asesinatos de Capra. Los cortes desparejos indicaban que Capra carecía de la confianza para hacer un único corte limpio que atravesara el bajo vientre. En cambio había vacilado, su hoja había retrocedido, lacerando la piel. Una vez atravesada la capa de la piel, el procedimiento había degenerado en una serie de tajos de aficionado, y el filo se había desviado cortando tanto la vejiga como los intestinos mientras excavaba en busca de su premio. Allí, con su primera víctima, no se había utilizado sutura para ninguna de las arterias. La hemorragia era abundante, y Capra debía de haber trabajado a ciegas, con sus referencias anatómicas sumergidas en un charco carmesí cada vez más profundo.

Sólo el coup de grace fue ejecutado con maestría. Lo realizó con un único corte limpio, de izquierda a derecha, como si, con el hambre ahora saciada y el frenesí desvaneciéndose, hubiera finalmente recuperado el control para terminar el trabajo con fría eficacia.

Moore dejó a un lado el informe de la autopsia y confrontó los restos de su cena, sobre la bandeja corrida a un costado. De repente sintió una náusea, y llevó la bandeja hasta la puerta dejándola fuera, en el pasillo. Luego volvió al escritorio y abrió la siguiente carpeta, que contenía los informes de laboratorio.

La primera hoja era una imagen de microscopio: «Espermatozoides identificados en el examen vaginal de la víctima». Sabía que el análisis de ADN de este esperma había sido confirmado más tarde corno el de Capra. Antes de matar a Dora Ciccone, la había violado.

Moore pasó a la página siguiente, y encontró un conjunto de informes de Pelos y Fibras. La zona púbica de la víctima había sido peinada y los pelos examinados. Entre las muestras aparecía un vello púbico castaño rojizo que concordaba con el de Capra. Hojeó las demás páginas del informe de Pelos y Fibras, que examinaban diversos cabellos encontrados en la escena del crimen. La mayoría de las muestras eran de la propia víctima, tanto los vellos púbicos como los pelos rojizos. Había también un pelo corto y rubio en la frazada, identificado más tarde como no humano, según el complejo patrón estructural de la médula. Un agregado manuscrito indicaba: «La madre de la víctima posee un labrador. Pelos similares fueron encontrados en el asiento trasero del auto de la víctima».

Llegó a la última página de Pelos y Fibras y allí se detuvo. Era un análisis de otro pelo, esta vez humano pero nunca identificado. Había sido encontrado en la almohada. En cualquier casa podía encontrarse toda una variedad de pelos. Los humanos perdían docenas de pelos por día. Según lo fastidioso que fuera el dueño de casa, y de las veces que pasara la aspiradora, las frazadas y los sillones acumulaban un registro microscópico de cada visitante que hubiera pasado el tiempo más insignificante en la casa. Este único pelo, encontrado en la almohada, podría provenir de un amante, de un invitado o de un pariente. Pero no era de Andrew Capra.

– Un solo cabello humano de la cabeza, castaño claro, AO (curvado). Longitud: cinco centímetros. Fase telógena. Trichorrhexis invaginata visible. Origen no identificado.

Trichorrhexis invaginata. Pelo de bambú.

El Cirujano estaba allí.

Se recostó contra el respaldo, perplejo. Ese mismo día había leído el informe de laboratorio de Savannah sobre Fox, Voorhees, Torregrossa y Cordell. En ninguna de esas escenas del crimen se habían encontrado pelos con Trichorrhexis invaginata.

Pero el socio de Capra había estado allí todo el tiempo. Había permanecido invisible, sin dejar semen ni ADN a sus espaldas. La única evidencia de su presencia era este único cabello, y el recuerdo enterrado de su voz que conservaba Catherine.

«Su sociedad comenzó con el primer asesinato. En Atlanta».

Veinte

Peter Falco tenía sangre hasta los codos. Levantó la vista de la mesa mientras Catherine entraba precipitadamente en la sala de traumatismos. Al margen de las tensiones que se habían generado entre ellos, y a pesar de la incomodidad que sentía en presencia de Peter, todo recelo quedó de lado en forma instantánea. Acababan de asumir su papel de profesionales trabajando en equipo durante el fragor de la batalla.

– ¡Está entrando uno más! -dijo Peter-. Ya van cuatro. Todavía lo están atendiendo en la ambulancia.

La sangre brotó de la incisión. Él tomó unas pinzas de la bandeja y las encajó dentro del abdomen abierto.

– Te asistiré -dijo Catherine, y rompió el sello plástico de una caja de gasa esterilizada.

– No, puedo manejar esto. Kimball te necesita en la sala dos.

Como para subrayar su enunciado, el lamento de una ambulancia se impuso sobre el bullicio de la sala.

– Ése es tuyo -dijo Falco-. Que te diviertas.

Catherine corrió hacia el estacionamiento de las ambulancias. El doctor Kimball y dos enfermeras ya esperaban fuera mientras el vehículo retrocedía con un sonido de aviso. Antes incluso de que Kimball abriera bruscamente la puerta de la ambulancia pudieron escuchar los gritos de un paciente.

Era un hombre joven, con un mapa de tatuajes dibujados en sus brazos y hombros. Lanzaba patadas y maldiciones mientras el equipo bajaba la camilla. Catherine echó una ojeada a la sábana empapada en sangre que cubría sus extremidades inferiores, y supo por qué estaba gritando.

– Le dimos una tonelada de morfina en la escena -dijo el paramédico mientras lo llevaban a Traumatismo Dos-. ¡Es como si no le hubiera hecho nada!

– ¿Cuánto? -dijo Catherine.

– Cuarenta, cuarenta y cinco miligramos por vía endovenosa. Nos detuvimos cuando su presión sanguínea comenzó a bajar de golpe.

– ¡Voy a traspasarlo! -dijo una enfermera-. ¡Uno, dos, tres!

– ¡Por todos los demonios! ¡Eso duele!

– Lo sé, cariño, lo sé.

– ¡No sabes una mierda!

– Te sentirás mejor en un minuto. ¿Cómo te llamas, hijo?

– Rick… Oh, Dios, mi pierna…

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