Los hermanos de la costa
- Автор: Bolea Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hermanos de la costa». Краткое содержание книги:
– Si desea proceder a su examen, doctor.
La subinspectora se acercó al juez.
– Quisiera informarle de lo sucedido.
– Podrá hacerlo mañana por la mañana.
– Tal vez entonces sea demasiado tarde -apuntó la subinspectora.
– ¿Por qué dice eso, Martina? -preguntó el sargento.
– Porque no descartaría que se produjese algún otro asesinato.
– ¿Más crímenes?-exclamó el juez-. ¿No basta con esta matanza?
– Imposible -aseveró Romero-. Hemos cazado al asesino. Lo tenemos ahí, con un disparo en la cabeza. Heliodoro Zuazo acabó con todos ellos.
– No vaya tan deprisa, sargento -le aconsejó Martina-. Ya le he dicho que hay cabos que no concuerdan.
– Por favor, subinspectora. Esa bestia asesinó el pasado domingo a Dimas Golbardo y a Santos Hernández, y, hace un rato, esta misma tarde, a punto estuvo de matarla a usted. Tenía antecedentes por conducta desordenada y violenta. El doctor Ancano podrá certificar que se trataba de un psicópata en potencia.
El médico, que seguía examinando las heridas de Mesías de Born, se giró para asentir.
– Las pruebas son abrumadoras -prosiguió Romero, dirigiéndose a Cambruno-. En el cubil de Heliodoro Zuazo mis hombres han encontrado un arpón, el collar de Santos Hernández y un alijo de cocaína de extrema pureza. A eso hay que añadir una importante cantidad de dinero de dudosa procedencia. Me apostaría la extraordinaria de Navidad a que El Quemao era el enlace de los narcos, y que las muertes de Dimas Golbardo y Santos Hernández, tal como yo le apunté, subinspectora, están relacionadas con el tráfico y distribución de estupefacientes. Por si no le bastase tal cúmulo de cargos, le recordaré que Mesías de Born, en su último acto consciente, justo antes de morir, pronunció con claridad el nombre de su asesino.
– El asunto está claro -apostilló el juez-. Caso cerrado.
– No tan rápido -discrepó Martina-. Usted mismo, sargento, afirmó que entre Dimas Golbardo y Heliodoro Zuazo no existían vínculos personales. ¿Y cuál era su conexión con Mesías de Born?
– Me será fácil indagarla, no se preocupe por esos extremos. Claro que hay cabos sueltos, subinspectora, pero se irán esclareciendo. El Quemao disponía de los instrumentos y de la fuerza física para cometer los crímenes. En cuanto tuvo oportunidad, los llevó a cabo.
– ¿También fue ese pobre diablo quien mató a su propio padre?
– ¿Otra vez va a empezar con esa cantinela, subinspectora? -El rostro del juez expresaba una contenida indignación-. ¿Deberé recordarle que no se encuentra usted al frente de la investigación?
– Heliodoro Zuazo era inocente -insistió Martina.
– Pues alguien se ha tomado muchas molestias para tratar de incriminarle -dijo Romero.
– Así es. Alguien amañó sus huellas en la cabaña, y ocultó en su casa la droga y el colgante de oro de Santos Hernández.
– Demasiado rebuscado -opinó el sargento.
– Creí haberla recusado una vez, señora De Santo -le recordó el juez-. Me temo que sus servicios han dejado de ser necesarios. Le aconsejo que se limite a comparecer mañana en el Juzgado y a prestar declaración. Después podrá regresar a la ciudad. Estoy convencido de que, después de un merecido descanso, y en cuanto haya asimilado los numerosos errores que ha cometido, podrá demostrar sus facultades en nuevos casos.
Despechada, Martina salió a fumar un cigarrillo. Una bruma amarilla envolvía el puerto.
Los faros de un coche cortaron la niebla. Un automóvil grande avanzaba con lentitud hacia la lonja. Martina supuso que debía tratarse del Land Rover de la Guardia Civil, que regresaba del domicilio de los De Born, pero de repente algo le resultó extrañamente familiar en la silueta del vehículo.
– No puede ser -murmuró, incrédula.
Era su propio coche, el Saab deportivo, con la capota puesta. Martina no pudo distinguir a sus ocupantes hasta que se detuvo el motor y las portezuelas se hubieron abierto.
36
– Buenas noches, querida -dijo Berta, con naturalidad, como si estuviera saludándola en el porche de su casa.
La subinspectora se la quedó mirando, atónita.
– ¿Qué estás haciendo aquí?
– Antes que nada déjame que te dé un beso. -Al ver las heridas que afeaban el rostro de la subinspectora, emitió un grito de horror-. ¿Qué te ha pasado?
– No me he dedicado precisamente a tomar el sol. Todavía no me has respondido qué haces aquí.
– He venido con Daniel.
La voz de Martina tembló.
– ¿Fosco? ¿Es él quien conduce mi coche?
– Lo decidimos de pronto -dijo Berta-. Cogimos el barco en el último momento. Metimos el Saab en el ferry y ocupamos nuestros camarotes. Pero nadie se acostó. Hubo juerga toda la noche. Fue divertidísimo, no te imaginas. Un viaje de locos y ya estábamos los tres en este pueblecito encantador.
– ¿Los tres?
– Elifaz ha venido con nosotros. Está en el asiento de atrás, dormido. Con una cogorza monumental. De absenta, nada menos.
– ¿Tú también has bebido?
– He fumado un poco. Tendrías que probar la hierba de Fosco.
Martina se dirigió al Saab.
– Salga de mi coche.
Daniel Fosco apagó en el cenicero el canuto que estaba fumando y le dedicó una de sus viciosas sonrisas. Iba vestido completamente de rojo, salvo las botas, que eran de cuero, puntiagudas.
– Estoy encantado de volver a verla, subinspectora.
– Lamento no poder decir lo mismo. Indíquele a su amigo que salga. Ahora.
– Como usted mande. Espabila, Elifaz. ¡Despierta! Es inútil, ya ve. Duerme como un tronco.
Martina abrió la puerta de atrás y tiró de las ropas del autor de La herida celeste, hasta que un inconsciente Elifaz rodó por el mojado alquitrán. Después, la subinspectora se encaró con Fosco, que estaba ocupado en atusarse el pelo.
– Las llaves.
– Están puestas. Oiga, ¿no pensará que hemos hecho algo malo? Nos hemos limitado a vagar un poco por ahí. A enseñarle el pueblo a Berta.
La subinspectora preguntó a su amiga:
– ¿Es eso cierto?
– Claro. ¿Qué te sucede? ¿Por qué te pones así? Estuvimos buscándote. Un amigo de Fosco, Teo…
– Golbardo -la ayudó el pintor.
– Sí -rió Berta; Martina se dio cuenta de que estaba muy pasada-. Qué nombres tan cachondos tiene esta gente. Teo Golbardo nos dijo que te alojabas en la posada del Pájaro Amarillo, pero que habías partido hacia una playa ballenera. Sonaba emocionante. Se asustó un poco cuando le dijimos que eras policía.
Martina hizo un gesto de exasperación.
– ¿Hice mal?
– Todo lo contrario, Berta. Tu presencia me está resultando de gran ayuda. ¿Puedo saber qué más habéis estado contando? ¿Puedo saber dónde te hospedas?
– En casa de Daniel. Es fantástica, no te haces una idea. Tan gótica…Tienes que ver el estudio, con esos increíbles cuadros…
– Usted sigue estando invitada, por supuesto -dijo el artista, con amabilidad-. Tenemos habitaciones de sobra.
– ¿Me va a ofrecer la de su difunto padre? -Estalló Martina-. Creo que seguiré en la posada. Ahora que medio pueblo conoce mi identidad, ya no necesitaré protegerme.
– ¿Se ha sentido amenazada? -preguntó Fosco, un tanto alterado; evidentemente, no le había gustado la referencia familiar-. No me extraña. En el pueblo no se habla de otra cosa que de esos horribles crímenes. ¿Ha conseguido descubrir quién los cometió?
Elifaz comenzaba a despertarse. Se había arrodillado y se limpiaba la cara de un resto de barro. Tenía los ojos enrojecidos y el semblante lívido. La subinspectora repuso:
– Tal vez ustedes me ayuden a solucionar los casos. Para ello, cuento con su declaración.