Segunda Oportunidad
- Автор: Джоансен Айрис
- Язык: испанский
- Жанр: Остросюжетные любовные романы
Электронная книга - «Segunda Oportunidad». Краткое содержание книги:
¿Quién iba a querer hacerle daño?
Pero ocurrió una tragedia: una noche, en una exótica isla del mar Egeo durante una elegante reunión en la que su marido esperaba culminar su fulgurante carrera en el mundo de las finanzas, y que fue interrumpida por el estruendo de los disparos y la afilada hoja de un cuchillo.
El ataque fue despiadado. La niña murió, y ella quedó terriblemente desfigurada.
Sin embargo, la pesadilla convierte a Nell en una mujer distinta. La mejor cirugía le de un rostro de exquisita hermosura; la posterior rehabilitación, un cuerpo ágil y esbelto. Y Nicholas Tanek, el misterioso desconocido que suscita en ella temor y fascinación, le da una razón para seguir viviendo: la venganza.
Preparar su venganza s lo único que la mantiene viva. El asesino de su hija no puede seguir viviendo. Ella le dará muerte… con sus propias manos.
– ¿Qué te resulta tan divertido?
– No sé si podré volver a mirar las colchonetas como an-tes. Cada vez que te derribe, desearé arrancarte la ropa. -La besó-. Te dije que era una mala costumbre. -Intentó ayudarla a ponerse de pie.
– Ven, vamos a enfrentarnos a la ducha.
– No puedo moverme.
Se echó sobre él, con los brazos alrededor de su cintura. Nicholas se sintió a gusto consigo mismo. Ágil, fuerte y ma-ravilloso.
– Ser recompensada me hace perder toda la fuerza. Creo que me voy a fundir.
– No puede ser. Michaela nunca aceptaría tener que pa-sar la fregona sobre ti.
La levantó, la llevó del gimnasio al baño y después le ajustó la temperatura de la ducha. La colocó bajo el agua ca-liente, justo delante de él, y le frotó dulcemente el vientre. Aquellas maravillosas manos… Nell nunca se cansaba de mirarlas o de sentirlas sobre su cuerpo. Había descubierto que Nicholas era una persona muy táctil. Incluso cuando no se trataba de sexo, le encantaba tocarla, acariciarla.
Estar así era maravillosamente reconfortante, pensó, so-ñadora. Se sentía mimada, consolada, segura.
– Te oí ayer noche -le susurró en el oído-. ¿Otra vez pe-sadillas?
Un pequeño escalofrío perturbó aquella serenidad que estaba experimentando.
– Sí.
– Hacía tiempo que no te sucedía. -Le estiró el lóbulo de su oreja con los dientes-. Tenía la esperanza de que se hu-bieran acabado. -Nell negó con la cabeza-. Quiero que te instales en mi habitación.
– ¿Qué?
Cogió el jabón y le empezó a frotar los hombros.
– Quiero que duermas en mi cama. Quiero despertarte por la noche, poder abrazarte y acariciarte.
Lo había entendido a la primera.
– Quieres tener la posibilidad de despertarme cuando tenga una pesadilla.
– Además de otras cosas. -Le enjabonó los pechos-. ¿Te molesta? De todas formas, pasas gran parte de la noche con-migo.
No sabía por qué aquella idea la intranquilizaba. Aun-que tenerlo junto a ella para que la sacara de aquel horror podía significar un alivio increíble.
Demasiado alivio, comprendió. Nicholas la estaba envolviendo en una tela de placer y serenidad con momentos como éste. Estaba convirtiéndose en algo demasiado cómo-do. Las pesadillas eran una agonía, pero también un recor-datorio de lo que aún debía hacer.
– No.
Seguía a su lado, su mano reanudó el tierno recorrido por el cuerpo de Nell.
– Como quieras. Estaré aquí si cambias de opinión.
Sin discutir. Sin presionar. Todo era fácil y sin esfuerzo. ¿Acaso no entendía que con su condescendencia la sumergía más y más en aquella telaraña? Probablemente, sí. Era muy listo.
– Aún estás intentando convencerme de que no persiga a Maritz, ¿verdad?
– Claro -se rió-. Incluso he sacrificado mi cuerpo a tu lujuria. ¿Crees que disfruto?
Nell se recostó contra él. Honestidad. Era tan agradable tener humor, sexo y honestidad en un solo paquete. Y nin-guna necesidad de ser cauta con él.
– Sospecho que sí.
Sus manos fueron subiendo hasta frotarle la nuca. Nell podría incluso haber empezado a ronronear, de tan relajada como se sentía en ese momento.
– Tienes toda la razón -dijo Nicholas alegremente-. Me alegra que, a pesar de lo que hemos abusado últimamente, tu cerebro no haya quedado lesionado del todo.
– Ni rastro de Maritz -dijo Jamie-. Me he convertido en la sombra de Tania y ni siquiera he podido intuirle.
– Pero esto no significa que no vaya tras ella -dijo Nicholas.
– Demonios, no. Es bueno y le encanta su trabajo. Con-tinúo vigilando de cerca. Incluso le he pedido a Phil que in-troduzca la clave del número de alarma de seguridad de Lieber en mi busca. Eso es todo lo que podemos hacer por ahora. -Hizo una pausa-. Pero he recibido una llamada de Conner desde Atenas. Bingo.
Nicholas se puso alerta.
– ¿Lo has conseguido?
– Confirmado y muy detallado. Te mando por fax un in-forme completo.
– Bien.
– ¿Todavía no se lo has contado a Nell? Te estás metien-do en un serio problema.
– Mantenme informado. Estaré esperando tu fax. -Nicholas colgó el teléfono.
– Viene un hombre. Está esperando en el tercer portón. ¿Quieres que lo deje pasar? -Michaela estaba en la puerta del gimnasio, mirando desaprobadoramente a Nell, boca abajo sobre una colchoneta, y a Tanek, encima de ella-. No me gustan estos juegos tan brutos. Deberíais tener cosas mejores que hacer que andar rodando por el suelo.
– ¿Qué hombre? -Tanek dejó a Nell y se puso de pie.
– Es ese Kabler. Aquel que vino antes.
Nell se puso en tensión, con la mirada fija en Tanek.
– ¿Viene solo? -preguntó.
– Eso ha dicho -contestó Michaela-. Decídete. Tengo trabajo que hacer.
– Déjale pasar. -Tanek se dirigió hacia la puerta-. Se ha acabado la sesión, Nell. Ve a darte una ducha mientras ave-riguo qué quiere.
– No.
La miró por encima del hombro.
– No quiero estar al margen de esto. Te dije cuando vine aquí que no te permitiría tener secretos conmigo.
– Difícilmente te puedo estar escondiendo algo si aún no sé por qué ha venido aquí -respondió con sequedad.
Nell se fue a su habitación, se lavó la cara, se quitó el jer-sey sudado y se puso una blusa limpia.
Kabler ya estaba entrando en el patio cuando ella llegó junto a Tanek, en el porche.
El aire era terriblemente gélido, y pesados copos de nie-ve empezaban a amontonarse poco a poco sobre el suelo.
– No te has puesto el abrigo -le dijo Tanek sin mirarla-¿Me considerarías maquiavélico si te sugiero que esperes dentro?
– Estoy bien.
Kabler estaba saliendo del coche.
– Devolverte una visita aquí es como meterse en Fort Knox. -Se quejó. Su mirada se dirigió hacia Nell-. Hola, se-ñora Calder. ¿Es usted el diamante que el señor Tanek está intentando salvaguardar para él solo?
Hizo una inclinación de cabeza.
– Señor Kabler.
– Entre, señor Kabler. Vamos a acabar con esto. -Tanek entró en la casa.
– ¿Cómo está usted? -preguntó Kabler en voz baja al cruzarse con ella.
– Bien. ¿No tengo buen aspecto?
– Tiene un aspecto inmejorable.
Nell sintió una pequeña conmoción. Desde que había llegado a Idaho, casi había olvidado su cambio de físico.
– Estoy bien: más sana y fuerte. Ya ve que Nicholas no me tiene encerrada en una mazmorra. ¿Es por eso por lo que está usted aquí?
– En parte.
– Kabler -dijo Tanek.
– Es un bastardo impaciente, ¿verdad? -murmuró Ka-bler mientras entraba en la casa.
Nell lo siguió y cerró la puerta al frío exterior.
– Bonita casa -dijo Kabler mientras deambulaba por la habitación-. Lujosa pero confortable. Me gusta. -Se detuvo frente al Delacroix-. ¿Es nuevo?
– No, ya lo vio la última vez que estuvo aquí. -Hizo una pausa-. También comentó algo al respecto.
– ¿Lo hice? -Sonrió de soslayo-. Para ser exactos, des-pués de irme, me cercioré de que lo había obtenido legalmente.
– ¿Por qué? El arte no entra dentro de sus atribuciones.
– Tenía la esperanza de conseguir alguna prueba delictiva contra ti. Aunque no sabía cuándo podría necesitarla. -Movió la cabeza, resignado-. Por desgracia, descubrí que tenías las manos limpias. Y no es fácil echarte el guante, Tanek.
– ¿Para qué ha venido?
– La señora Calder desapareció después de salir del hospital. Como dudaba que se la hubiera tragado la tierra, pen-sé que quizá te la habías llevado tú. -Sus miradas se cruzaron-. ¿Por qué está aquí? ¿La estás preparando para que te sirva de cebo?
– Usted dijo que me atacaron por equivocación -intervi-no Nell con rapidez-. Si fue así, entonces no habría ningún motivo para que Tanek crea que soy un buen cebo.