La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
– Sí, sí… -murmuró Alejandro, ansioso por aceptar aquel consuelo.
No dije nada, pero no pude borrar de mis pensamientos la imagen del extraño enmascarado llamado Justicia.
Con Su Santidad más tranquilo, nos retiramos y nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones.
Algunas horas más tarde, me despertó un soldado armado y me llevó al Vaticano. El Papa no estaba sentado en el trono a la espera del tradicional saludo de un beso en la zapatilla; se paseaba, y miraba a través de la ventana la plaza iluminada por las antorchas. En aquel momento no lo sabía, pero eran las antorchas de los guardias españoles, que recorrían las calles en busca de su comandante desaparecido. Jofre estaba junto a Alejandro, e intentaba mantener un brazo sobre los hombros de su desesperado padre para consolarlo.
Solo más tarde caí en la cuenta de que Alejandro no había llamado a César para que lo consolara.
– ¿Qué ocurre, santidad? -pregunté; la situación no daba lugar a las formalidades-. ¿Qué ha pasado?
Alejandro volvió su rostro hacia mí, su ancha frente surcada por profundas arrugas. Las lágrimas no derramadas brillaban en sus ojos.
– Juan ha desaparecido. Me temo lo peor.
– Padre -dijo Jofre con voz serena-, no conseguís nada desesperándoos. Juan debe de estar con una mujer; como os dije. Ya lo veréis. Estará de regreso por la mañana.
– No. -Alejandro sacudió la cabeza-. Soy el culpable de esto. Ataqué al huésped de Ascanio Sforza; nunca tendría que haber mandado que lo ahorcasen. Dios me castiga arrebatándome a mi hijo favorito.
Meritoriamente, Jofre ni siquiera parpadeó al escuchar las últimas palabras de su padre.
Tuve una fría certidumbre. Juan estaba muerto, pero no por la razón que creía Alejandro.
Me esforcé para encontrar un poco de compasión en mí; Alejandro me había llamado para que lo consolase. Lucrecia ya no estaba allí para darle la suave y femenina presencia que tranquilizaba su espíritu; y Jofre era amable, a diferencia de César. ¿Cómo podía hacer aquello para lo que me habían llamado? Seguí el ejemplo de mi marido, y apoyé una mano en el otro hombro de Alejandro.
– Santidad, todo está ahora en las manos de Dios. Preocuparse es inútil; sabremos el destino de Juan cuando llegue el momento oportuno. Jofre tiene razón: no debemos preocuparnos hasta la mañana.
Alejandro se volvió hacia mí.
– Ah, Sancha. Me alegra haber mandado llamarte; eres muy sabia. -Me sujetó las manos entre las suyas. Las lágrimas que corrían por sus mejillas cayeron sobre mi piel.
– Quizá deberíamos rezar un rosario por Juan -propuso Jofre, con mucha seriedad-. Haya o no sufrido algún daño, solo hará bien a su alma.
Tanto el Papa como yo lo miramos con escepticismo; comprendí al mirar a Alejandro que no creía más que yo en la eficacia de la oración. No obstante, era tal su angustia que abrazó a su hijo.
– Tú reza por mí, Jofre. Mi corazón está demasiado preocupado. Pero me hará bien escucharte.
Jofre me interrogó con la mirada. Yo le respondí con otra que dejaba claro que no deseaba unirme al rezo. Incluso de haber sido una buena cristiana, habría sido incapaz de participar en la hipocresía de rezar por alguien como Juan; una parte de mí aún deseaba vengarse de ese hombre.
A la vista de que nadie más deseaba unirse a él, Jofre sacó un rosario de su túnica -algo que me sorprendió- y comenzó a rezar con gran fervor:
O Vergin benedetta, sempre tu
Ora per noi a Dio, che ci perdoni
E diaci ¿razia a viver si quaggiu
Che'l paradiso al nostro fin ci doni.
«Oh Virgen bendita, ruega siempre por nosotros, que Dios pueda perdonarnos y darnos la gracia para vivir y así quizá ser recompensados con el cielo después de nuestra muerte.»La situación era demasiado grave para que yo mostrase asombro, pero me sorprendió escuchar a mi marido repetir el Vergin benedetta preferido por la gente común en lugar de la versión latina, Ave María gratia plena, que había sido aprobada por su propio padre como la versión «correcta». A diferencia del Papa, Jofre al parecer creía en Dios; era obvio que la oración se la había enseñado algún sirviente beato, y la prefería a la que había tenido que aprender durante sus estudios de latín.
Si Alejandro advirtió la diferencia, no lo demostró.
Volvió a acercarse a las ventanas, y continúo con su paseo.
Una y otra vez, Jofre repitió la oración; se decía que santo Domingo recomendaba ciento cincuenta repeticiones al día, y ciertamente, Jofre debía de estar muy cerca de ese número antes de que fuese interrumpido. El sedante y monótono sonido de su rezo hizo que Alejandro y yo recuperásemos un poco de calma, porque al final Su Santidad fue a sentarse en su trono y se quedó en silencio.
Ese momento de paz fue roto por la aparición de uno de los guardias, con el uniforme manchado de sangre. Nos volvimos y lo observamos con horror.
– Santidad -dijo sin aliento, y se arrodilló para besar el pie del pontífice. Incapaz de hablar, Alejandro hizo un gesto frenético para que el hombre se alzase y diese su informe-, encontramos al criado del duque de Gandía -añadió el guardia-, en una callejuela cerca del Tíber. Lo han atravesado varias veces con una espada; agoniza, y no puede dar testimonio.
Alejandro apoyó la cabeza en las manos y se deslizó del trono hasta quedar de rodillas.
– Déjanos ahora -ordenó Jofre-. Vuelve cuando tengas noticias del duque.
El soldado saludó y se marchó, mientras nosotros íbamos hasta el lloroso Alejandro, que se balanceaba en su desdicha sobre los escalones, e intentamos abrazarlo. Hice lo que se esperaba de mí, como una buena nuera; no obstante, me sorprendió descubrir que, aunque lo despreciaba, no podía evitar un sentimiento de piedad por el sincero sufrimiento del viejo.
– Esto es obra mía, Dios mío -gimió, con una voz tan conmovedora, tan sincera que no dudé que llegaría al cielo-. ¡He matado a mi hijo, mi amado hijo! ¡Permíteme morir ahora, deja que muera en su estela!
Sus llantos continuaron durante una hora, hasta que un guardia papal entró en la habitación, acompañado por un campesino.
– Santidad -dijo el guardia-, tengo aquí a un testigo que dice haber visto una actividad sospechosa relacionada con la desaparición del duque.
Alejandro se recuperó con una voluntad admirable. Se levantó, y sin aceptar mi ayuda ni la de Jofre, subió con gran dignidad al trono y se sentó.
El testigo -un hombre de mediana edad con barba y cabellos oscuros, vestido con una sucia y rasgada túnica cuyo desagradable olor delataba su profesión de pescador- se quitó la gorra y, tembloroso, subió los escalones para besar la zapatilla papal. Luego bajó y, mientras retorcía la gorra en sus manos, dio un respingo cuando el Papa le ordenó:
– Dime lo que has visto y oído.
Su relato era sencillo. La noche de la desaparición de Juan, el pescador estaba en su barca en el Tíber, cerca de la orilla. Oculto en parte por la niebla, había visto que un hombre montado en un caballo blanco se acercaba al río por una de las callejuelas. Esto en sí no tenía nada de particular, pero lo que llamó la atención del pescador fue el cuerpo tumbado sobre la grupa del caballo, y sujetado por dos sirvientes. Cuando el jinete llegó a la orilla y puso al caballo de lado, los dos sirvientes cogieron el cuerpo y lo arrojaron al río.
– ¿Se ha hundido? -preguntó el caballero.
– Sí, mi señor -respondió uno de los criados.
Pero el muerto se negaba a cooperar; el sirviente apenas si había tenido tiempo de responder cuando la capa del cadáver se llenó de aire y arrastró el cuerpo de nuevo a la superficie.
– Haced lo que haga falta -ordenó el señor.
Los sirvientes arrojaron piedras contra el cadáver hasta que finalmente desapareció debajo de la negra superficie del Tíber.